• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

Al instante

¿Con qué derecho?

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Lo de la reanudación de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos me recuerda una caricatura de Mafalda publicada inmediatamente después que en los años 70, el férreo anticomunista presidente norteamericano Richard Nixon visitara China, con miras a un pronto acercamiento con la nación asiática.

¿Qué derecho tienen de quitarnos el miedo al peligro amarillo?, preguntaba entonces el simpático personaje de Quino.   

Y es que el bombardeo ideológico recibido por todos los medios durante la Guerra Fría era bárbaro, de parte y parte. En el mundo occidental, la propaganda norteamericana anticomunista, naturalmente, era mucho mayor que la anticapitalista soviética (los rusos tenían hasta su versión de la revistica aquella Selecciones, del Reader’s Digest).

No es cuento, los organismos de inteligencia y otros más de Estados Unidos financiaban libros, películas, apoyaban periódicos y revistas, cualquier buen vehículo de propaganda contra el comunismo y sus aliados. La impresión y distribución del libro Doctor Zhivago, y después la película, contaron con fondos provenientes de la CIA. El otro día escuché en NPR (la radio pública no comercial estadounidense) las historias de participantes en esta operación. El libro del gran escritor ruso Boris Pasternak no lo querían publicar en Rusia, porque presentaba una versión crítica del realismo socialista. Fue publicado por primera vez en Italia, en italiano, en 1957, por gestión de un editor comunista, Giangiacomo Feltrinelli. Y al año siguiente se publicó en Francia en ruso, con dineros de la CIA, que encontró en la obra un gran valor propagandístico.

El verdadero valor literario de Doctor Zhivago fue demostrado luego, cuando Pasternak se ganó el Nobel de Literatura y el libro lo llevaron al cine, con una película que ganó varios premios Oscar.

La cosa es que en esa guerra propagandística, a uno se le fijaban ciertas ideas. Nuestros propios medios de comunicación no publicaban siquiera una foto de Fidel Castro. Cuba se nos hacía en blanco y negro. Los países del este europeo estaban detrás de la Cortina de Hierro. La belleza de una ciudad como Praga, para algunos la más bella de Europa, era inimaginable detrás de esa cortina. Igual ocurría con China, que en tono racista nos la inculcaban, como dijo Mafalda, como “el peligro amarillo”.

Y digo que la decisión de Cuba y Estados Unidos de reanudar relaciones me recordó la creación de Quino, porque al enterarme, inmediatamente se me vino a la cabeza cuál podía ser la reacción de los seguidores ideológicos del chavismo -que todavía quedan algunos-. ¿Se habrán preguntado con qué derecho le van a quitar su rabia contra los gringos? ¿Por qué será tan bueno para los cubanos que se abra una embajada gringa en La Habana?

Vaya, lo que ocurre es que los cubanos no creen en pajaritos preñados. La economía venezolana va palo abajo, mi sangre. Ni el petróleo es de fiar, porque la pésima administración de la industria de los hidrocarburos trajo como consecuencia que Venezuela ahora hasta importa petróleo para poner a funcionar algunas refinerías y mejorar el crudo extra pesado de la Faja.

La racionalidad de los cubanos los obliga a mirar hacia el “imperio”, no sea que con el desplome de Venezuela se repita lo que les ocurrió cuando los rusos los abandonaron al caer el muro de Berlín: la economía cubana se fue por debajo del piso, hasta que llegó el salvavidas que le tiró Chávez.

Pero ese salvavidas se está desinflando. La situación venezolana es insostenible, con niveles altísimos de escasez de productos de primera necesidad y de inflación; con una economía improductiva, por el cerco que se le tendió y sigue tendiendo al sector productivo privado, la ruina de las empresas del Estado y una dependencia casi exclusiva de los ingresos petroleros, que por cierto, provienen del imperio mismo, el único cliente de la industria petrolera venezolana que paga rápido y en efectivo. Es decir, Venezuela depende hoy más que nunca de los desgraciados gringos.

Los cubanos saben que la teta venezolana de la que se están nutriendo hoy se está secando y están dispuestos a que antes de que sea demasiado tarde hasta la gusanera que se fue a Miami se convierta en mariposas que regresan capitales e inversiones a su país.

El mar de la felicidad parece tener una extensión de apenas 90 millas. ¿Con qué derecho me cambiaron las reglas del juego?