• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

Al instante

La conversa sobre el diálogo

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Parto de que el diálogo es necesario. A la oposición le conviene que se dé. A la oposición le conviene aceptarlo y hasta proponerlo. Es congruente con su posición de buscar un camino pacífico, constitucional y democrático a la crisis que vive el país.

Una propuesta de paz la hace quien no tiene el monopolio de las armas, o quien tiene las de perder en el conflicto si este se torna violento. Esa fue la idea que vendió por bastante tiempo el comunismo internacional, cuando Estados Unidos tenía una evidente superioridad nuclear frente a rusos y chinos. Es la razón por la cual Tarek Williams Saab se vendía antes de llegar al poder con Chávez como un santico defensor de los derechos humanos, aunque también estaba jugando a la subversión del orden establecido.

Más pacifista que Gandhi no ha habido. Pero cuando el Mahatma salía a la calle a manifestar contra los ingleses por la independencia india se formaban aquellas trifulcas. Lo mismo ocurrió con Martin Luther King. El pacifismo consistía, si se quiere, en dejarse caer a palos sin respuesta violenta y tratar de evitar ser mordidos por aquellos enormes perros pastores alemanes que sacaban los policías sureños. Por supuesto, el sufrimiento no era lo deseado, pero se sabía que el pacifismo igualmente podía generar violencia. Un país que promovía la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos en el mundo no podía darse el lujo de que esas imágenes horriblemente represivas le siguieran dando la vuelta al planeta. En todo conflicto político la audiencia cuenta.

No se trata de salir ahora a llenar de mártires las calles de Venezuela. Qué más que el toque de queda decretado por el hampa impune o el hambre impuesta al país por la terquedad política del régimen. No queremos más muertos. Pero el diálogo hay que proponerlo como un camino más para encontrarle salida a los problemas que son comunes a todos los venezolanos, construir espacio para el entendimiento, ver si es posible construir juntos un futuro. Hablar con alguien del otro lado. Sin abandonar la calle ni la protesta, sin abandonar la lucha en otros frentes.

La propuesta no es ingenua, ni blandengue, ni claudicante. Cabe dentro de una estrategia de la oposición democrática al régimen, entendiendo por estrategia el ejercicio de un plan que tiene una variedad de elementos tácticos. El diálogo es uno de ellos. Como lo es la defensa de la Constitución vigente, como lo es la defensa de la institucionalidad democrática, como lo es la lucha en la calle, como lo es la generación de propuestas acordes con las aspiraciones de la población, como lo es el desarrollo de una política internacional opositora coherente, como es el contacto civilista con las Fuerzas Armadas. Sin abandonar principios y sin desconocer avances. Sin dejar de lado la combatividad, más bien ampliarla y buscar respaldo en los diversos sectores organizados de la sociedad. El diálogo es otro elemento que bien planteado también abre juego. Hay que hablar con alguien del otro lado. Hay que proponerlo.

En lo que llevamos de chavismo, el régimen se ha abierto al diálogo en tres momentos sobresalientes, obligado por las circunstancias. Primero, después del famoso 11 de abril, cuando Chávez, quien nadie puede negar que era un político hábil, con sentido táctico, se ablandó por unos días al reconquistar la presidencia. Aceptó comisiones para el entendimiento. La Asamblea Nacional interpeló a protagonistas del levantamiento militar. La Corte absolvió a unos cuantos. Hasta que el ahora difunto se sintió nuevamente cómodo en el poder y empezó a minar aún más las fuerzas institucionales que lo restringían, como con el zarpazo que dio en el Parlamento al modificar sin las dos terceras partes necesarias la ley vigente que regía el Poder Judicial y creó un Tribunal Supremo a su imagen y semejanza.

Maduro también aceptó el diálogo en 2014, cuando la calle se le alborotó de tal manera que se vio obligado a debatir con la dirigencia política opositora democrática en vivo por televisión, al tiempo que tomaba medidas para ir descabezando el liderazgo promotor de las protestas callejeras, poniendo preso a Leopoldo López, despojando de su investidura parlamentaria a María Corina Machado y posteriormente encarcelando al alcalde Antonio Ledezma.

El tercer momento es ahora, cuando el régimen promociona un supuesto diálogo utilizando a ex presidentes simpatizantes de su causa, intentando bajar el nivel de ruido que ha alcanzado su creciente desprestigio internacional, tanto por la inocultable crisis económica y social interna como por el trato “diplomático” que otorga a sus críticos y adversarios foráneos. El régimen quiere aparentar un deseo de diálogo, no tanto para posponer la amenaza de su remoción antes de fin de año con un referendo revocatorio, sino más bien, para tratar de legitimar su ya decidida posposición ante la comunidad internacional; de allí que haya tratado de instrumentar el supuesto diálogo a través de sus amigos externos. La audiencia juega en todo conflicto político.

¿Es posible el diálogo? El diálogo es posible si las partes en cuestión tienen por lo menos interés en dialogar, aun cuando no estén en capacidad para ello. Si las partes no tienen esa capacidad de construir por sí mismas el diálogo, pueden recurrir a un intermediario, que no es lo mismo que un mediador. El diálogo puede incluir negociaciones, pero también puede iniciarse sin ellas, sin ninguna condición, simplemente buscando que el diálogo se produzca.

El intermediario, como facilitador, hasta para ayudar a crear la capacidad de diálogo entre las partes, no puede ser neutral. No debe ser neutral en cuanto a los resultados que se esperan de ese diálogo. Debe compartir valores generales con las partes, como el respeto a la dignidad humana, por ejemplo, o el respeto a ciertas normas de conducta. Lo que no debe compartir son intereses. Va a compartir resultados que las partes pueden aceptar, pero no puede identificarse con ninguna de ellas.

¿Para qué un diálogo? El objeto de un diálogo es hacer manejable el o los conflictos entre las partes. Más que resolver los conflictos, que nunca van a desaparecer, es hacerlos manejables, dado que en una sociedad siempre habrá conflictos de distinta naturaleza, siempre habrá algún tipo de competencia para la consecución de recursos, de oportunidades, de espacio, de prestigio, competencia por el poder mismo. Es algo normal en democracia.

Teniendo presente lo anterior, si el liderazgo democrático estimara que el diálogo es uno de esos varios elementos tácticos de un plan, y viendo que el régimen busca el diálogo cuando siente que de algún modo corre el riesgo de que lo pongan contra las cuerdas, ¿de qué manera puede aprovechar esa oportunidad? ¿A quién prefiere a Zapatero o a Almagro? ¿O a los dos?

¿Va a abandonar la presión por la realización del referéndum, la bandera insignia de su planteamiento del cambio de régimen por la vía pacífica, constitucional y democrática? ¿Va a olvidar la exigencia de que las elecciones de gobernadores se hagan en el lapso correspondiente? ¿Va ese liderazgo a abandonar la calle? ¿Van a seguir sin un plan estratégico verdaderamente unitario que el país y sus circunstancias les exigen para que de una vez por todas se muestren como una opción sólida, respetable y creíble ante el país y ante la comunidad internacional, para que cierta y seriamente logren el objetivo que todos deseamos? ¿Será que los líderes democráticos venezolanos no pueden mascar chicle y caminar al mismo tiempo?

El diálogo es bueno y necesario, pero como parte de un plan general, de una estrategia diseñada para vencer a un adversario que no da lugar real a la negociación y a los acuerdos, porque en su concepto el adversario es más bien un enemigo que hay que eliminar. Este régimen no admite la disidencia ni diferentes criterios, no cree en la convivencia sino en la aniquilación, y eso también hay que desenmascararlo. No sé si me entienden. Sí, hay que también buscar el diálogo. Hay que hablar con alguien. En todo conflicto político, la audiencia de los combatientes influye en el resultado.