• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

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La competencia dinástica en EEUU

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Jeb Bush lanzó oficialmente este lunes su precandidatura presidencial para la nominación republicana de 2016. Hace días lo había hecho Hillary Clinton, quien este sábado dio su primer gran discurso como precandidata del Partido Demócrata.

Lo común que tienen ambos líderes es que aspiran al puesto ocupado antes por miembros de su familia; Bill Clinton, en el caso de Hillary, y George H. W. Bush y George W. Bush, en el caso de Jeb.

La televisión norteamericana se ha movido con cierta superficialidad en lo que concierne a críticas y comentarios sobre ambos candidatos. De Bush se destacó insistentemente en varios canales, este domingo, lo notoria que fue la omisión de su apellido en el logo que escogió para su campaña, Jeb! Querían resaltar su intención de separarse de la imagen de su hermano y de su papá. The Washington Post, no obstante, demostró este lunes que es el mismo logo que el aspirante republicano utilizó en sus anteriores campañas para gobernador de Florida. Pero, además, hay una sutileza, Jeb es un sobrenombre, él no se llama así. Su nombre es John Ellis Bush, es decir, J. E. B., que es como le gusta que le llamen. La “B” no es de Bolívar, precisamente. Y el electorado tampoco es idiota, además de que la plata recogida y por recoger, más su posición favorable en las encuestas, se deben en mucho a esa B.

Con Hillary, los medios la tienen agarrada en ciertas cosas que repiten con todo placer sus contrincantes, incluidos sus propios contendores demócratas. Que si no da declaraciones a la prensa, que si ha cambiado de posición respecto a temas sociales álgidos, como el matrimonio homosexual. En esto último, por cierto, la explicación de sus propios jefes de campaña es débil, algo así como que 2015 y 2016 no son lo mismo que 2008.

Mucho mejor se defendió este domingo, en los programas habituales matutinos de la TV, el gobernador de Nueva Jersey, a quien le preguntaron sobre su cambio de posición respecto al camino hacia la ciudadanía que podrían tener los inmigrantes indocumentados, especialmente los latinos. El gordo Chris Christie, precandidato no oficial republicano, había dicho hace como un año que los indocumentados debían tener la posibilidad de acceder a la ciudadanía, una vez iniciado el proceso de legalización de su estatus, y ahora dice que no. Cuando lo increparon el domingo, Christie simplemente dijo que un líder tiene que ajustarse también al cambio de las circunstancias, y que estas han cambiado. Tuvo la suerte de que no le repreguntaron cómo ni por qué.

Clinton y sus asesores deberían apelar al enorme cambio experimentado en la opinión pública norteamericana respecto a la homosexualidad y el matrimonio homosexual, tan influenciado por la llamada generación del milenio. Su evolución en este aspecto se da al mismo tiempo que la del resto del país, con Barack Obama incluido, quien también decía que el matrimonio debe ser solo entre un hombre y una mujer.

Ahora, lo de no dar declaraciones a la prensa era ya como una exigencia a que la mujer entrara en campaña obligadamente, quizás por la cantidad de potros de ambos partidos que ya habían dado la largada. Pero Hillary ha estado siempre muy bien colocada, no solo frente a los competidores demócratas, sino también por delante de todos los republicanos. Por lo tanto, no tenía por qué estar expuesta a pisar ningún peine en innecesarias exposiciones públicas.

Este sábado, sin embargo, la mujer habló extensamente desde Brooklyn, que es donde ella tiene su comando central. Y es que habían aflorado resultados de otro tipo en las encuestas; en especial una del Post y la cadena ABC, revelada dos semanas atrás. Hillary tuvo allí 41% de personas encuestadas que la ven honesta y creen en ella, pero esto fue un bajón desde 46% que tenía la misma opinión en marzo. Es decir, más de 50% de los estadounidenses piensa hoy que ella no es honesta, con una tendencia a seguir subiendo. Esto, después de una campaña de medios pidiéndole que contestara preguntas sobre la cuenta personal de correos electrónicos que mantuvo cuando fue secretaria de Estado y donde trató asuntos de gobierno, y sobre donaciones hechas a la Fundación Clinton por parte de entes, sobre todo foráneos, potencialmente interesados en negocios con el Estado norteamericano.

No obstante, cuando en la misma encuesta preguntaron si ella entendía mejor los problemas de la gente, entre 46% y 49% dijo que sí, que ella los entendía mejor. Y aquí los números de Jeb fueron completamente distintos. Entre 40% y 45% dijo que él es honesto y se puede creer en él, pero entre 35% y 55% indicó parecerle que Jeb no entiende sus problemas. Los republicanos siguen con una imagen de poca empatía.

El asunto es que la política es absolutamente dinámica y como se trata en mucho de un problema de percepciones, hay que estar pendiente de ellas y actuar en consecuencia. De hecho, no es la primera vez que Hillary Clinton arranca con una gran ventaja en las preferencias electorales frente a otros precandidatos presidenciales. Salió bien aventajada en la largada de 2008, cuando Barack Obama la fue superando poco a poco hasta que los llamados superdelegados, los delegados natos a la convención del partido, tuvieron que decidir la elección del candidato presidencial favoreciendo al moreno. Ahora, con el precandidato socialista demócrata Bernie Sanders abordando los temas que verdaderamente están en el ambiente –como el rezago de los ingresos en la mayoría de la población, a pesar de los consistentes logros macroeconómicos–, y todos los precandidatos poniendo la brasa en esa misma candela, Hillary tendrá que ir ajustando su mensaje sin aparecer falsa, y recordando su condición de mujer –algo que no explotó en 2008– para venderse como una opción histórica.

Bush, por su parte, figuraba en posición delantera desde que anunció seriamente que pensaba ser candidato. Sin embargo, un par de situaciones lo afectaron luego. La primera fue cuando le costó mucho contestar una pregunta para la cual debió estar preparado desde que empezó su campaña exploratoria: ¿sabiendo lo que sabemos ahora, usted hubiera decidido invadir Irak? El hombre varió su respuesta 4 veces en tan solo 72 horas. Primero dijo que él habría ordenado la invasión, basado en la inteligencia presentada en el momento; después dijo que había malentendido la pregunta; más adelante reconoció que habría hecho algo distinto, pero no aclaró qué, hasta que finalmente se vio obligado a contestar esa pregunta hipotética, y dijo: No me hubiera metido en Irak.

Alos pocos días de esta pifia renovó los líderes de su equipo de campaña, y ambas situaciones empezaron a crear desconfianza entre dirigentes de su partido, donantes, estrategas y seguidores en general. Ahora Jeb está entre los primeros precandidatos, pero no es quien lleva la delantera.

Los medios norteamericanos no dejan de prestar atención a los dos precandidatos “dinásticos”, y no es solamente por la posición que ocupan en las encuestas. Los medios proyectan una contradicción de la propia sociedad gringa, a la que le cuesta aceptar la “realeza” en el manejo del alto gobierno, por una filosofía política enraizada desde los orígenes del país, cuando se cambió la sumisión al monarca inglés por una república. Esto se enfrenta ala realidad del elemento práctico de una campaña, que es que Clinton y Bush, con sus defectos y virtudes, son los precandidatos más reconocidos por la población, precisamente por sus apellidos y la vinculación familiar con los expresidentes.

A fin de cuentas, Bush ha dicho que ama a su papá, a su hermano y, por qué no, a su mamá también, pero que él es él mismo y más nadie. “I am my own man”. Y Hillary se ha estado mostrando en el podio de sus presentaciones públicas abrazada con su marido.