• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

Al instante

Siempre por ahora

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La esperanza es lo último que se pierde. Este es uno de esos dichos populares que me parecen pavosísimos. Como aquel otro de que dios aprieta pero no ahoga. Está bien, pueden dar aliento en un momento dado, quizás para alguien que se siente derrotado. Pero una persona luchadora no necesita de este tipo de consejo. El luchador es optimista, o al menos realista, en la peor circunstancia. Nunca se rinde. Sigue hacia delante.

Esa es precisamente una característica de la cultura norteamericana, además muy competitiva. Never give up, es la consigna. No te rindas nunca. Es como ver esos juegos de fútbol cuando el conjunto gringo se faja con un europeo o latinoamericano. Los tipos nunca saben rematar ni bailar tan bien como sus contrincantes, pero nunca se rinden, y con esa actitud, siguen atacando, y por eso son un equipo que gana juegos, y los respetan.

En ese sentido, digamos que ante el panorama que hoy se le presenta a Hillary Clinton, cuando las encuestas la ponen cabeza a cabeza con Donald Trump en el plano nacional y Bernie Sanders le hace daño por el costado, la mujer no va a tirar la toalla; irá hasta el último “round”, pero va a tener que hacerlo con la cabeza fría de un Muhammad Alí/Cassius Clay, para derrotar a su oponente; no caer en provocaciones y mantenerse en su propia estrategia.

Como ya hemos dicho aquí, Sanders sí aventaja a Trump en las encuestas y por márgenes considerables. El senador de Vermont le gana al milmillonario neoyorquino con un promedio de 50,2 contra 39,5 en las encuestas hechas por los principales medios de comunicación. Pero los números no ayudan a Sanders en su competencia interna con Clinton. A la ex primera dama y ex secretaria de Estado le faltan apenas unos 100 delegados, o menos, para obtener el total de 2.383 que necesita para ganar la nominación del Partido Demócrata. Cuenta, además, con el respaldo de los llamados superdelegados, los delegados natos de la convención partidista, que representan 15% de los votantes en esa asamblea y le garantizan el triunfo. Aun sacando una baja votación en los estados que quedan pendientes de primarias, Clinton gana numéricamente con los delegados natos la elección interna.

Con este cuadro, lo que está ocurriendo en la práctica es que hasta que no culmine la elección interna de los demócratas, en la campaña general, con Trump corriendo por fuera y Sanders con una corrida nada despreciable, Clinton sufre un desgaste. Pero las cosas se pueden ver también de otra manera.

Antes de que se definiera la candidatura republicana alrededor de Donald Trump, todas las encuestas ubicaban a Clinton por delante del aspirante republicano. Hay muchos en su partido que todavía le tienen animadversión al empresario, al punto de que se esperaba para esta semana el anuncio de una candidatura alterna a la suya, conservadora, lanzada desde fuera del partido. No obstante, 64% de los republicanos ya han manifestado que aprueban a Trump. Y ello se atribuye simplemente a que él es hoy el abanderado de la organización.

Lo mismo pudiera ocurrir con Clinton, una vez que se defina su candidatura. Si los partidarios de Sanders se deciden a apoyar a Clinton, su enfrentamiento con Trump adquiere otro carácter. Al echar los números de las últimas encuestas, bien sea dejando fijo el número de los que favorecen a Trump frente a Sanders y dándole 60% de quienes están con Sanders a Clinton; o bien sea sacando el promedio de los que favorecen a Trump contra Sanders y contra Clinton, y sacando un promedio de quienes favorecen a Clinton o a Sanders frente a Trump, Clinton siempre sale ganando, con un mínimo de 6 puntos de ventaja, por encima del margen de error.

Esa es la parte fría, en el papel. Faltaría la parte emocional, de lo que la gente desea de los candidatos y de la disposición de los partidarios actuales de Sanders de salir a votar y hasta a hacer campaña por la candidata.

A Bernie Sanders, como a cualquier candidato, lo siguen por lo que ha planteado en su campaña. Clinton ha procurado acercarse a esos planteamientos. Y muy probablemente incluya en su plataforma electoral algunas de las banderas del senador socialista, como los 15 dólares/hora para el salario mínimo, un plan de salud universal y más regulaciones para el funcionamiento de Wall Street. A ambos les interesa que eso ocurra. A ella para ganar su apoyo y a él para avanzar en sus banderas, que empezaron tan solo con 4% de respaldo al iniciar su campaña.

A ambos les interesa también que “crazy” Bernie, como lo llama Trump (a Clinton Trump la llama la “torcida”, para implicar que es deshonesta), hable en la convención de julio y apoye públicamente a la candidata, como ella hizo con Obama y le facilitó el triunfo al primer presidente de raza negra.

Clinton querrá que Bernie hable porque necesita que sus partidarios se comprometan con ella a partir de allí. Los jóvenes del milenio que respaldan a Sanders no solo votan sino que también son una fuerza organizativa importante en la campaña, dispuestos a dormir en un colchón y a trabajar por poca remuneración. Van a aportar energía y pasión, pero siempre y cuando Sanders bendiga ese aporte. A Sanders le interesa hablar porque ideológicamente Trump representa todo lo contrario a lo que él desea cambiar. Sanders está siempre jugando al largo plazo y sabe que hablar en la convención lo ayuda a que sus banderas sobrevivan la campaña electoral, afianzando esas ideas en uno de los dos partidos que gobiernan el país, con todos sus reales, maquinaria y tradición.

Frente a Trump, en la elección general, Clinton como tal tiene sus propias ventajas. Su partido tiene mejor percepción en el electorado que el Partido Republicano; el electorado prefiere más un candidato genérico demócrata (47%) que uno republicano (43%). Obama tiene un nivel de aprobación de 51% y ella ha buscado aprovechar esta actitud identificándose con los logros del gobierno. Trump le gana a Clinton entre las mujeres blancas, 46% contra 42%, pero ha perdido el apoyo en este sector si se compara con Romney contra Obama, donde el republicano le ganaba al moreno 56 contra 42. En las poblaciones de clase media y alta que forman parte del área metropolitana de las grandes ciudades, los llamados suburbios, que han sido crecientemente importantes en el cambio de actitudes electorales de ciertos estados, Clinton le gana a Trump 57% contra 32%.

De los diferentes segmentos en que se divide el electorado, que en Estados Unidos pueden ser bien marcados desde el punto de vista racial, religioso, de género, cultural, de origen nacional y social, hay otras teorías que, sin embargo, dan mayores posibilidades a Trump.

Por ejemplo, de acuerdo con los resultados de las últimas 4 campañas presidenciales, nadie niega que el electorado latino tiene una importancia creciente. En ese segmento, Clinton aventaja a Trump 62% contra 23%. Pero si seguimos la lógica anterior, hay que observar que Obama tuvo una ventaja de 44 puntos por encima de Mitt Romney entre los hispanos cuando ganó la presidencia. Los jóvenes del milenio, por su parte, muy probablemente prefieran a Clinton frente a Trump, pero cuando votaron por Obama en las elecciones anteriores, el porcentaje de los que salieron a votar entre una elección y otra se redujo en aproximadamente 1,8 millones de votos. Claro, el entusiasmo de los milenio por Sanders es también inmenso.

Hay un imponderable tanto para Trump como para Clinton con la posible aparición de una tercera candidatura, o hasta de una cuarta. Republicanos descontentos con la selección de Trump están tratando de conseguir una tercera opción. Y los llamados libertarios, que son una corriente que mezcla el conservadurismo con el ensalzamiento al máximo de la libertad individual, también han hecho reuniones con intenciones de lanzar una candidatura que creen que hoy tendría fuerza, dados los altos niveles de rechazo que tienen tanto Clinton como Trump.

Hay republicanos que no votarían por Trump, pero tampoco por Clinton. Mitt Romney es un ejemplo de incluso líderes que se ubican en esta corriente. Del lado de Sanders hay quienes alegan que no piensan votar por “el mal menor”. De allí la importancia del apoyo claro de Sanders a la candidata.

Aparte de todo lo mencionado, una vez que los dos partidos dominantes del sistema político norteamericano elijan formalmente a sus candidatos presidenciales en sus convenciones del próximo mes de julio, van a competir por ganarse la voluntad del electorado en general, pero les queda sacar cuentas respecto a cuáles son los estados de la unión que pueden llevarlos realmente a la presidencia, en función del número de votos que dichos estados tienen en los colegios electorales, que al final, como se vio en la elección entre George W. Bush y Al Gore, son los que deciden quién será el presidente. Bush perdió en el voto popular, pero ganó en los colegios electorales con la victoria que le consiguieron los electores de Florida. Es un tema que dejamos en el tintero, por ahora.

Les adelanto que allí Clinton tiene, por ahora, una buena ventaja.