• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

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Nadie quiere una guerra en el espacio

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Ocho personas manejan el control maestro del sistema satelital de todos los GPS que existen en el mundo. Los cajeros automáticos, los GPS de los teléfonos inteligentes, las comunicaciones del sistema financiero internacional, de los bancos en general, la distribución de los paquetes de Amazon y muchas cosas más dependen en mucho de estas ocho personas. Algunas de ellas tienen apenas 19 años de edad. Son ocho expertos en tecnología satelital que trabajan bajo el comando de la Fuerza Área de Estados Unidos, en el estado de Colorado.

El llamado Global Positioning System (Sistema de Posicionamiento Global, mejor conocido por las siglas en inglés, GPS) es un servicio gratuito ofrecido al mundo por la Fuerza Aérea norteamericana, compuesto por tres segmentos: el espacial, el de control y el del usuario. La Fuerza Aérea de Estados Unidos desarrolla, mantiene y opera los dos primeros.

Los satélites artificiales que circulan alrededor de la Tierra se clasifican tanto por su función como por la órbita o distancia en que se encuentran. De acuerdo con su función, los hay de estudios astronómicos, de estudios atmosféricos, de comunicación, de reconocimiento, de exploración espacial, de predicción del tiempo, de investigación y rescate, de sensibilidad remota, y de navegación –que es la categoría de los satélites de GPS.

Un satélite de sensibilidad remota, por ejemplo, sirve para hacer seguimiento a la migración de animales, para ubicar depósitos minerales, o para calcular la extensión de una deforestación. Uno de reconocimiento es esencialmente de uso militar, para estudiar imágenes como las que se obtuvieron durante la crisis de los cohetes de los años sesenta entre Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética.

El satélite venezolano Francisco de Miranda, lanzado por China en 2012 y utilizado bajo contrato con ese país, es de sensibilidad remota. El otro satélite venezolano, el Simón Bolívar, lanzado también por los chinos en 2008 y operado bajo contrato por el Ministerio de Ciencia y Tecnología, es un satélite de comunicaciones.

Más de 60 países tienen satélites en órbita, pero apenas 9 están en capacidad de lanzarlos y mantenerlos en órbita–Rusia, Estados Unidos, Francia, Japón, China, India, Israel, Irán y Corea del Norte–. Algunos países tienen tecnología para realizar vuelos orbitales, como Ucrania y Corea del Sur, y otros europeos tienen acceso al mundo satelital a través de la Agencia Espacial Europea y de Arianespace, una multinacional con sede en Francia.

Estados Unidos es la nación con más satélites en el espacio, más de 500. Algunos de estos satélites proveen las señales de GPS que guían las bombas inteligentes que en estos días se utilizan para atacar al Ejército Islámico (EI), en Iraq y Siria. Y son los mismos que envían las señales que usan los teléfonos inteligentes, las torres de transmisión para los celulares, los sistemas de distribución de electricidad, o los agricultores que quieren trabajar más eficientemente sus cosechas.

La necesidad del control militar es obvia. El uso de los GPS está integrado a casi todas las facetas actuales de las operaciones militares norteamericanas. Casi todos los vehículos militares, así como las municiones, vienen equipados ahora con GPS.

“Aeronaves piloteadas remotamente y municiones guiadas de precisión en todo tipo de clima no existían antes de esta era espacial. Ahora podemos atacar cualquier blanco en el planeta, en cualquier momento, donde sea, en cualquier clima”, dijo hace unos días en un programa de televisión el general John Hyten, jefe del Comando Espacial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Estados Unidos se ha comprometido a mantener la disponibilidad de al menos 24 satélites de GPS operativos 95% del tiempo. Las 8 personas que trabajan en el control maestro de la Fuerza Aérea en Colorado coordinan las labores de 16 estaciones de monitoreo en tierra de los satélites de GPS, 12 antenas de control y comando, y cuentan con una estación alterna de control maestro ubicada en la Base Vanderburg de California. La estación de control maestro genera y sube mensajes de navegación, a la vez que asegura el buen estado y precisión de los 31 satélites que tiene actualmente operando.

Lo sorprendente de todo esto es la vulnerabilidad de estos satélites. Lo que usted vio en la película Gravity (Gravedad), con Sandra Bullock y George Clooney, es correcto. Los pedazos de desechos en el espacio pueden crear graves daños a las estaciones y satélites artificiales. Y no parece haber una manera efectiva de protegerlos, ni de esconder su ubicación. Ese es precisamente el reto que tiene el Comando Espacial de la Fuerza Aérea norteamericana, que tiene una red global de radares, telescopios y antenas satelitales de comunicación para detectar posibles amenazas. La preocupación no se limita a las armas que los pudieran destruir –sobre lo cual trabajan rusos y chinos–, sino también los 2.000 objetos que circulan hoy en el espacio cercano a la Tierra, de los cuales solo 1.300 son satélites en funcionamiento. Todo lo demás son desechos, pedazos de cosas.

El año pasado, la Estación Espacial Internacional tuvo que maniobrar 3 veces para evitar el choque de pedazos de desechos, como en la película. Muchos de estos desechos provienen de una prueba que hicieron los chinos en 2007, cuando dispararon desde una base terrestre contra uno de sus satélites viejos, despedazado a 530 millas por encima de la Tierra. Fueron 3.000 piezas de desechos resultantes de esta sola prueba, según se informó recientemente por televisión. Y los chinos no han explotado más satélites, pero han continuado sus pruebas mediante el lanzamiento cada vez más lejos de sus municiones, a profundidades espaciales a las cuales hasta no hace mucho solo Estados Unidos podía alcanzar.

La Estación Espacial Internacional se encuentra a 200 millas por encima de la Tierra, los satélites de GPS están a 12.000 millas. Y los chinos aparentemente alcanzaron hace 2 años las 18.600 millas, según declaró hace poco un ex oficial del comando aeroespacial estadounidense. Eso está bien cerca de donde los norteamericanos ubicaron durante la Guerra Fría algunos de sus más valiosos sensores de alarma de misiles y los equipos ultrasecretos de comunicaciones que les sirven de ojos y oídos en tiempos de guerra: unas 20.000 millas de distancia. Es lo que se conoce como la zona de órbita geoestacionaria.

El general John Hyten, el jefe del comando aeroespacial norteamericano, dijo en el programa de TV 60 Minutes que Estados Unidos está haciendo que sus satélites sean más maniobrables para evadir ataques y más resistentes a las interferencias. Están construyendo un nuevo sistema de radares que permitirá seguir en el espacio a objetos tan pequeños como una pelota de softbol; satélites observando otros satélites.

Dada la exposición física en la que se encuentran los satélites, no luce bueno para nadie que se desarrolle una guerra espacial en la que se intente destruir estos equipos, porque los pedazos circulando en el espacio podrían imposibilitar a futuro el lanzamiento de nuevos satélites, o de astronautas en órbita. Los riesgos pasan a ser entonces los de la inhabilitación de los satélites por interferencia en sus comunicaciones, o por la cercanía de otros que pueden destruir sus paneles solares de energía o pintando sus lentes de observación.

Estados Unidos está desarrollando armamentos que no crean desechos físicos, como generadores móviles de interferencias. Estados Unidos, según el general Hyten, es actualmente capaz de impedir en tierra las comunicaciones de sus adversarios en un momento dado, sin crear desechos en el espacio.

También están desarrollando un avión espacial tripulado desde tierra, que pueda volar durante 20 meses en el espacio, ir y venir, aunque no se ha divulgado el uso que se le pueda dar a este experimento, desde un punto de vista defensivo.

Los escenarios de la guerra de hoy día son lo que hace unos dos o tres décadas podía considerarse como fantasía. Por un lado están todos estos vehículos de comunicación, que también tienen utilidad en el ámbito civil, en lo económico, en lo financiero, en la mejora de la productividad, en el entretenimiento. Y por el otro, junto con ello, la libertad del mundo cibernético, de las redes de Internet, del uso del espacio virtual que interviene igualmente en el mundo de las transacciones comerciales, de las comunicaciones personales, del funcionamiento de empresas y sistemas, de plantas eléctricas, nucleares o fábricas enteras que se pueden paralizar o inactivar con el uso remoto de computadoras.

La brecha de la guerra asimétrica es enorme, si alguien quiere realmente planteársela. Es en lo que deberían pensar gobernantes como quienes tienen el poder en Venezuela. Dejar de pensar en tanto pajarito preñado que les aparece por ahí y ponerse a producir, sobre todo a dejar producir, a ver si se llega aunque sea a una órbita de 10 millas.