• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

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Fermín Lares

La Madre Teresa

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No culpo a los cubanos por la presencia de sus asesores y médicos en Venezuela. Tampoco los culpo por el acceso a las organizaciones militares y de inteligencia en el país. No los culpo por manejar todos los documentos de identidad de los venezolanos, desde las cédulas y pasaportes, hasta el nombre, accionistas y administración de empresas y otras instituciones. La mentalidad colonial es la venezolana, o mejor dicho, del régimen instaurado en el país, en un ejercicio de colonialismo al revés.

El tema no es el mismo, pero la situación me recuerda una declaración del entonces ministro de Cordiplan de CAP II, Miguel Rodríguez, en la que aseguraba que si a la Madre Teresa la hubieran puesto a la cabeza de Recadi (el Régimen de Cambios Diferenciales heredado del gobierno de Herrera y Lusinchi, no muy diferente a los controles de cambio impuestos por el chavismo), la santa también se hubiera cogido los reales. Era demasiado fácil y tentador.

Así se la ha puesto el régimen a los cubanos. Por un lado, Chávez sacó a la misión norteamericana de Fuerte Tiuna, pero por la puerta de atrás, metió a la misión cubana. Esta es la razón principal por la cual el general Antonio Rivero, quien hasta 2009 fue jefe del Estado Mayor de la V División de Infantería de Selva de la Fuerza Armada y quizás se le recuerde más como director de Defensa Civil, está escapado de Venezuela. Maduro lo mandó a meter preso hace dos años, supuestamente por organizar “acciones de sabotaje con guarimbas”, pero el telón de fondo es que Rivero había pedido a la Fiscalía, en 2012, investigar la actuación de oficiales cubanos en tareas militares consideradas secretos de Estado. A Rivero le preocupaba que la ubicación del armamento y la organización de los sistemas de comunicación de los diversos componentes de la FAN pudieran estar en mano de extranjeros, de los cubanos.

En mi libro El expediente del chavismo (La Hoja del Norte, Caracas, 2014) dedico buena parte de un capítulo al tema de la infiltración cubana en instituciones clave de Venezuela, con datos aportados por Juan Antonio Müller, un profesor universitario cubano-venezolano que lo ha investigado hasta el cansancio.

Allí expongo las denuncias de Rivero, en lo militar, a las que se agrega la intervención cubana en la aprobación de adquisición de armamento, en los programas de formación de oficiales y en las guías de planeamiento que utilizan los componentes militares.

“Los vínculos no son solo militares sino también policiales”, afirma el profesor Müller. “En mayo de 2008, una misión de expertos policiales cubanos, presidida por Ramón Rodríguez Curbelo, jefe de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), llega a Caracas para participar en la formación y entrenamiento de la nueva Policía Nacional de Venezuela”.

Los cubanos han asesorado (¿todavía asesoran?) tanto a la Dirección de Inteligencia Militar como a la policía política, el Sebin. El régimen, apunto en el libro, apoyado en los informes de Müller, “ha contratado los servicios de una empresa cubana, Albet Ingeniería y Sistemas, para desarrollar aplicaciones en el Sistema Integral de Gestión de Emergencias y Seguridad Ciudadana y el Sistema de Gestión Policial (Sigepol), dependientes del Ministerio del Interior.”

Tan delicado como lo militar, policial y de seguridad, es lo relativo a la identidad de personas naturales y jurídicas. La misma empresa cubana de ingeniería y sistemas intervino en la “modernización” del Saime, el servicio venezolano de identificación, migración y extranjería, que emite cédulas y pasaportes, al igual que en la plataforma del Servicio Autónomo de Registros y Notaría (Saren).

La propia empresa habla en su página web de haber incluido en la plataforma del Saren “la instalación de equipamiento ofimático en oficinas regionales, [y] la consecuente interconexión y almacenamiento de información en un moderno centro de datos”.

Es decir, los cubanos conocen al pelo la estrategia militar venezolana en cualquier circunstancia (quizás por eso dijo Fidel recientemente que la Fuerza Armada venezolana es la mejor preparada de América Latina), han aconsejado el accionar de la Policía Nacional Bolivariana, de la DIM y el Sebin; saben quiénes somos venezolanos y quiénes no, nuestros padres, madres, hermanos. Cuando uno lee en la prensa internacional que agarraron en un aeropuerto europeo a un narco –o a un iraní con dudosas intenciones– con pasaporte venezolano, salta la interrogante sobre la benevolencia de estas asesorías y contrataciones con los hermanos caribeños.

Los cubanos no tienen necesidad de trasladarse a Venezuela para ir a un registro público y saber quién compra qué empresa, quién vende, cómo son las asambleas de accionistas de las compañías, por qué monto compran, por qué monto venden; quién vendió un apartamento y a quién, o un terreno no invadido. Lo tienen en sus propios sistemas. Tienen acceso y, teóricamente al menos, capacidad de manipular esa información.

Esta injerencia es buena, porque el régimen así lo ha determinado. Es pura. Revolucionaria. Bienvenida. Permitida. Alentada. Si así me la ponen –diría cualquier líder, sea cubano, colombiano, norteamericano o chino–, por qué la voy a rechazar. Al fin y al cabo, no soy la Madre Teresa.