• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

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Luto

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“Fidel Castro, más de medio siglo de influencia en la política americana”, fue la frase de transición que usó el ancla del programa político dominical de la cadena NBC cuando anunciaba este fin de semana lo que vendría después de los comerciales. Ya de nuevo en pantalla, el conductor de Meet the Press introdujo el nuevo segmento diciendo que había muerto no solo una figura internacional sino también alguien que había tenido influencia desde fuera en la política interna norteamericana.

Cuando a mediados de los ochenta hacía mi maestría en Ciencias Políticas en NYU, mi profesor de Relaciones Interamericanas calificaba a Cuba como el enemigo Nº 1 de Estados Unidos, después de la Unión Soviética. Me impresionaba que una isla con menos de 10 millones de habitantes en ese momento, sin armas atómicas y con un sistema económico y un embargo comercial que ya la empobrecían más de la cuenta, pudiera ser vista así por los norteamericanos.

Fidel Castro, en realidad, les dio en la madre varias veces a los gringos. Llegó al poder empezando enero de 1959 y en poco más de 3 años, expropió casi 2 millardos de dólares en bienes estadounidenses, sin compensaciones; estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, un pecado mortal para la época (Venezuela lo hizo durante el primer gobierno de Caldera, unos cuantos años después); derrotó una invasión de exilados cubanos patrocinada por la CIA, y permitió la instalación de cohetes rusos capaces de llevar en pocos minutos bombas atómicas hasta Nueva York y Washington, lo cual generó la única crisis que ha habido en el mundo con la posibilidad real de que se desatara una guerra nuclear que podía acabar con la humanidad.

La crisis de los cohetes de 1962 condujo al compromiso entre Estados Unidos y la URSS de que los primeros no invadían Cuba y retiraban unos cohetes con armamento nuclear que apuntaban hacia Rusia desde Turquía, mientras que los segundos retiraban sus misiles en suelo cubano.

A partir de allí, Cuba siguió afectando la política norteamericana ahora más hacia lo interno, no solo porque la isla continuaba fomentando revoluciones en el patio trasero gringo, en América Latina, sino también por la permanente tensión entre los dos países creada por la inmigración cubana a Florida, que fue integrándose social y políticamente cada vez más a la vida normal estadounidense hasta crear un bloque político muy influyente electoralmente en Miami.

Por las batallas ganadas en esa pelea desigual, Fidel Castro se convirtió en una leyenda para la izquierda de América Latina. En el resto de los latinoamericanos, hubo sentimientos encontrados de admiración y odio, de admitir el liderazgo y carisma de Fidel Castro mientras se rechazaba su sistema de gobierno. En Venezuela, debido a los lazos que estableció Chávez con Fidel Castro y en general con el régimen cubano, la minoría gobernante chavista pasó de la admiración por Castro al servilismo, de la hermandad ideológica a la entrega de soberanía, mientras que la mayoría del país pensante, después de ver los resultados del socialismo de siglo XXI, ahora valora in extremis su libertad, tanto política como económica, no quiere ver ni en pintura nada que se parezca a socialismo y hasta miró con agrado la muerte de Fidel Castro, incluida gente tradicionalmente de izquierda.

Nada parece que va a cambiar en Cuba con la muerte de Fidel Castro, al menos en el corto plazo. Su hermano ha venido gobernando desde hace diez años y no hay indicios de que quiera abandonar sus políticas de asfixia a la libertad de expresión y de asociación, ni las limitaciones a la iniciativa privada en la producción de bienes y servicios.

No obstante, la realidad es la que impone las condiciones para que las cosas se muevan hacia uno u otro lado. Cuba sobrevivió económicamente hasta finales de la década de los ochenta por la ayuda de la Unión Soviética. Después vino Chávez y le dio una mejor bomba de oxígeno, que se empezó a agotar hará ya unos cinco años. Obama decidió reanudar relaciones recientemente y abrió un entresijo en la compuerta del embargo económico, con el permiso a las aerolíneas norteamericanas para que reinicien vuelos a Cuba, convenios bancarios para que los turistas gringos puedan gastar en la isla, la posibilidad de que tabacos y licores cubanos puedan ingresar a Estados Unidos y el alivio en ciertas restricciones a la inversión hotelera y turística norteamericana en territorio cubano.

La incógnita es qué hará Trump con Cuba a partir del 20 de enero, día de su toma de posesión presidencial. Los mensajes de Trump por la muerte de Fidel Castro no fueron en nada conciliadores. Habló del brutal dictador que se acaba de morir dejando “un legado de pelotones de fusilamiento, robo, sufrimiento inimaginable, pobreza y la negación de derechos humanos fundamentales”. Su próximo jefe de gabinete en la Casa Blanca, Reince Priebus, declaró en varias entrevistas este domingo que el presidente electo revertirá las políticas de Barack Obama respecto a Cuba si el régimen no efectúa cambios en materia de “represión, mercados abiertos, libertad de religión y presos políticos”. Que por ahí se orientará la política del ahora presidente electo.

Trump es Trump, sin embargo. Hacia 1998-1999, el milmillonario empresario inmobiliario mostró interés en invertir en el negocio hotelero en Cuba, estando Fidel vivito y coleando, interés que repitió expresamente en marzo de este año en plena campaña electoral. Políticamente, Trump se ha concentrado más en criticar los recientes acuerdos de Estados Unidos con el régimen que el hecho de negociar algún tipo de entendimiento con la isla.

Además de su interés personal como hombre de negocios, que también lo ha llevado a avizorar campos de golf en la isla, las empresas norteamericanas que ya están invirtiendo en Cuba presionarán al magnate neoyorquino para que la apertura comercial continúe concretándose. Aerolíneas como American Airlines, cadenas hoteleras como Marriott y la agroindustria de los estados del medio oeste que le dieron un triunfo decisivo a Trump en las elecciones tendrán bastante peso en la decisión que tome el presidente electo. Hasta los cubanos que votaron por Trump en la Florida querrán que parte del acuerdo de Obama con Raúl Castro continúe, porque ahora les es más fácil ver a sus familiares en la isla.

El luto o la alegría durarán poco. La vida sigue su curso.