• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

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Junta Patriótica

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La Junta Patriótica se constituyó a mediados de 1957 con el propósito de terminar con la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Era presidida por el periodista Fabricio Ojeda, quien cubría para El Nacional la fuente de Miraflores, dirigida por Guillermo García Ponce, del Partido Comunista, e integrada además por Enrique Aristigueta Gramcko, del partido Copei, y Silvestre Ortiz Bucaram, de Acción Democrática. Ojeda era militante del partido URD.

La junta no estaba aislada de la sociedad. Era un ente coordinador que además de tener una relación con partidos que tenían presencia en organizaciones de masas, como los sindicatos, extendía también sus brazos hacia el movimiento estudiantil, la juventud y las mujeres organizadas. La junta era el comando de la organización del pueblo.

Mi profesor de campañas y elecciones en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Nueva York era un politólogo experto en análisis cuantitativo de la política. Era tan bueno que la Academia de Matemáticas de Estados Unidos le hacía consultas. El hombre utilizaba la teoría de juegos para analizar decisiones históricas de la política, cómo se tomaron, y se aprovechaba del análisis espacial para determinar cuál era la posición que debía tomar un candidato que quería ganar una elección de acuerdo con la variedad de opiniones de la gente en una curva de Gauss. Eran análisis de la política en democracia.

Los políticos que aspiran a ocupar o mantener un cargo de elección popular deben hacer concordar sus posiciones con la actitud y aspiraciones de la gente. Para poder ganar una elección, deben posicionarse, como diría un publicista, en donde está la mayoría de los deseos y aspiraciones de los votantes, donde está la mayoría dentro de la curva, diría mi profesor en NYU.

Las encuestas ayudan a escudriñar lo que la gente quiere y siente que son sus necesidades. Un político que quiera tener éxito electoral, debe tomarlas en cuenta. Las encuestas, pues, son un instrumento político, en democracia.

Como se sabe, las encuestas son una suerte de fotografía actitudinal que se toman en un periodo relativamente corto. Dichas actitudes, sin embargo, tienen un fondo que les va dando forma en un periodo más largo; el fondo son las condiciones en que van formando esas actitudes en el tiempo. El alto costo de la vida es un tema que preocupa hoy a los venezolanos, pero la inflación no es algo que surgió de la noche a la mañana, como tampoco lo es la ruina del país. Son procesos que se fueron desarrollando en el tiempo.

Si bien las actitudes y deseos de la gente están allí y un político que se precie de tal debe orientar su acción a responder a ellas para contar con el apoyo de la población, ese mismo político tiene la oportunidad también de influenciar con su liderazgo las actitudes ciudadanas, moldear opiniones, porque a fin de cuentas, los ciudadanos comunes y corrientes, los de a pie, hacen líderes a los políticos para que los orienten, para que los guíen, a la vez que respondan a la satisfacción de sus intereses. Es lo normal en un ambiente de democracia.

Líderes fuertes, líderes reales, tienen seguidores que pueden llegar a ser incondicionales, que pueden hasta obnubilarse por el tamaño de ese liderazgo y responder al líder como él quiera. “Yo hago cualquier cosa por Rómulo”, decían los adecos de base cuando les pedían explicación de su apoyo a la ley que rebajaba los sueldos de los empleados públicos en los primeros años de la democracia venezolana del siglo XX. El gobierno de Betancourt pedía un sacrificio a buena parte de la población para tratar de enderezar las finanzas públicas. Y el adeco de a pie, ante esa medida no tan popular, decía: “Yo hago cualquier cosa por Rómulo”. El porcentaje de la población que todavía está con Maduro es simplemente parte de un legado del liderazgo que le dejó Chávez, que este ha malgastado y no supo aprovechar.

Se necesitan, pues, líderes que interpreten bien lo que la gente quiere, líderes que convenzan a la gente de que van a luchar por sus aspiraciones, y líderes que se atrevan a hacer lo que en principio la gente pudiera no entender y explicarlo bien, conducir, orientar, moldear, no responder exclusivamente a las opiniones expresadas en una encuesta o que se hacen sentir en un momento dado en la población. 

¿Qué hacer en una situación como la que vive Venezuela en estos días? Las encuestas reflejan hoy actitudes obvias, confirman lo brava que está la gente y las razones de esa bravura. ¿Quién no quiere que se vaya Maduro? ¿Quién puede no estar descontento por las colas generadas por el desabastecimiento de alimentos, por la falta de medicinas básicas, por la pésima calidad de los servicios de agua y de electricidad? ¿Qué deben hacer los líderes democráticos?

Hay números de las encuestas que no tienen mayor publicidad y son alarmantes. “Datos encontró que 90% dice comprar menos alimentos, Venebarómetro estima que 31% asegura comer menos de tres veces al día y Encovi halló que 15% considera su alimentación monótona o deficiente”, leímos en un periódico peruano. Es decir, en Venezuela hay hambre, gente que se acuesta sin comer, o con una sola comida al día, y gente que come mal, que luce fornida, pero llena de arroz y pasta, con pocas proteínas y minerales. Ese es el verdadero drama del desabastecimiento y de la inflación de tres dígitos que hoy sufre el país. Y encima de esto, no hay luz, no hay agua y no se puede salir mucho a la calle porque lo matan a uno.

¿Qué puede hacer el liderazgo político democrático frente a toda esta situación? ¿Qué pueden hacer con unas instituciones políticas secuestradas por un régimen que no hace ni deja hacer? ¿Qué se puede hacer con un régimen que tiene el control casi total de las instituciones del Estado y no quiere cambiar? ¿Qué se puede hacer con un régimen que ha restringido la libertad de expresión y de opinión, ha limitado la acción de los medios privados de comunicación, domina la escena comunicacional con la proliferación de medios en manos del gobierno y pone presos a políticos que le incomodan? ¿Qué hacer con un régimen ampliamente penetrado por la corrupción, un régimen que ha permitido el saqueo del país, que ha permitido y protegido a quienes han amasado fortunas milmillonarias en dólares ahora en el exterior y a altos personeros acusados internacionalmente de participar en tráfico de drogas?

¿Qué hacer con un régimen al que poco le importa la calidad de vida de los venezolanos; que ha creado un verdadero caos en la prestación de todos los servicios públicos? ¿Qué hacer con un régimen que mantiene a la población ocupada haciendo colas para comprar comida y medicinas, sin fuerzas para siquiera protestar? ¿Es efectiva la oposición al régimen limitada a la Asamblea Nacional? ¿Es efectiva una lucha basada en encuestas para atacar un mercado electoral y actuar en consecuencia?

Ningún frente de lucha debe ser descartado. Y en ese sentido, los partidos democráticos deben continuar haciendo oposición desde el Parlamento. También han de trabajar en función del triunfo en las próximas elecciones de gobernadores, que el régimen desea posponer. Sería otro espacio institucional conquistado y más cercano a la población. La lucha por el revocatorio contra Maduro es igualmente importante porque ofrece una vía para salir del presidente y porque también ayuda a la movilización popular, brinda a los líderes la oportunidad de comunicarse con el país para ofrecer salidas a los problemas del momento.

Pero la gravedad, extensión y profundidad de los problemas exige ir más allá de lo electoral y lo legislativo. No estamos bajo la tutela de un régimen democrático. Los partidos políticos deben conectarse con la gente, con los movimientos populares, con los sindicatos, con las mujeres, con los jóvenes, con los académicos, con las organizaciones no gubernamentales, con los gremios, con los líderes de barrios y urbanizaciones, con los empresarios, con las iglesias, y hasta con los militares dispuestos a defender la Constitución y las leyes de la república. Deben tener un plan concertado con todos esos sectores.

El de Maduro no es meramente un gobierno. El secuestro chavista de las instituciones del Estado para beneficiarse de él y no darle solución a los problemas reales de los venezolanos es prueba más que fehaciente de que lo que se requiere no es un mero cambio de gobierno, sino un cambio de régimen.

Ya no hay más datos que escudriñar. La realidad exige construir un movimiento político unitario no solo para ganar elecciones y aprobar buenas leyes, sino para salir de esta alianza político-militar-(ponga en este espacio lo que se le ocurra) antidemocrática e indolente que está dispuesta a acabar con lo que queda de país mientras se aferra al poder.

El país exige una unidad de acción y de coordinación parecida a la de 1957, una reedición aunque sea en el espíritu, de aquella Junta Patriótica.