• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

Al instante

Habemus papa

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Todo parece ser relativo. Hablemos, por ahora, del papa Francisco.

Su santidad es típicamente jesuita, se sabe mover entre dos y más aguas. Para muestra, basta ver los dos únicos países que tocó en el reciente viaje a las Américas, Cuba y Estados Unidos; en ambos fue bien recibido por todos.

Lo escuché primero hablar en teleconferencias con jóvenes estadounidenses, mayormente hispanos, antes de viajar al llamado imperio. Me pareció que no dijo nada comprometedor o relevante, respondiendo preguntas de estudiantes cristianos de Chicago, inmigrantes latinos de Texas e indigentes de Los Ángeles. Insistió ante diversas preguntas en animar a sus interlocutores a tener coraje y valentía para seguir adelante, a no tener miedo; algo que repitió cuando apareció en persona en territorio norteamericano y también hablando con jóvenes de Cuba. No mucho más.

En las teleconferencias previas con jóvenes cubanos, el papa fue sutilmente más significativo. “Voy a hacer todo lo posible por construir puentes, remover barreras y fomentar la comunicación”, dijo sobre la relación Cuba-Estados Unidos. “La comunicación puede entonces traer amistad”.

Preguntado sobre el embargo norteamericano contra Cuba, capeó a lo jesuita: “Una de las mejores cosas es la amistad entre las sociedades. Es lo que yo quisiera de ustedes: amistad entre las sociedades”, manifestó tomando en cuenta que en paralelo había una teleconferencia con estudiantes neoyorquinos.

Ante otra pregunta de un estudiante cubano sobre su estilo de liderazgo, deslizó esta perlita: “Un buen líder es aquel capaz de producir otros líderes. Si un líder quiere dirigir él solo, es un tirano. El verdadero liderazgo trae frutos. Cada uno de ustedes tiene la semilla del liderazgo”. Y más adelante agregó: “Si ellos no plantan la semilla del liderazgo en otros, entonces no son buenos, son unos dictadores”.

Al pisar tierra cubana, fue otra cosa. El papa no quiso pisar muchos callos. No se vio con gente de oposición. Su misión fue más visiblemente apostólica. Su presencia, sin embargo, generó la movilización popular, promovida o aceptada por el régimen. Hasta los santeros se contentaron.

La visita norteamericana estuvo más llena de simbolismo, empezando por el humilde Fiat en el que circuló por Washington y Nueva York, con sus escoltas y comitiva en las grandes camionetotas de marca americana.

“Really?”, le escuché decir a una gringa típica al verlo en el carrito italiano.

Hablar mayormente en español en Estados Unidos seguramente no fue solo porque el castellano es su lengua nativa. Unos días atrás, hacía bastante poquito, Donald Trump había increpado a su contendor republicano Jeb Bush por haber utilizado la lengua de Cervantes frente a unos simpatizantes hispanos, la minoría étnico-cultural más numerosa del país y predominantemente católica. Para colmo, el papa también recordó al Congreso en pleno que él también era hijo de inmigrantes. Como se sabe, uno de los debates más álgidos entre los políticos estadounidenses es qué hacer con unos 13 millones de indocumentados, en su gran mayoría latinoamericanos, que ya han echado raíces en este país, forman parte de una comunidad hoy esparcida por casi todo el territorio de la unión y representan una fuerza electoral que no se puede desdeñar, a pesar de la antipatía racistoide de una buena porción de los republicanos.

Dicen que la renuncia del presidente de la Cámara de Representantes del Congreso, el católico republicano John Boehner, fue influenciada por la visita que el pontífice hizo al cuerpo legislativo, auspiciada por el mismo Boehner.

Aparte de hablar sobre inmigración y el cambio climático, Francisco expresó otra vez ante unos parlamentarios a quienes la población les está reclamando que nunca se ponen de acuerdo: “Un buen líder político es aquel que con el interés de todos en mente, aprovecha el momento en un espíritu de apertura y pragmatismo”. Boehner no ha podido controlar el radicalismo de derecha a ultranza de su propia fracción, que se ha opuesto a casi todas las iniciativas presentadas al Congreso por el presidente Obama. Después de llorar a moco tendido, dentro y fuera del Capitolio, cada vez que se emocionaba por las palabras del pontífice, Boehner renunció a su posición de liderazgo en la Cámara mientras el Papa se iba de Washington para Nueva York. En realidad, el hombre se mantuvo durante varios años en la posición, pero su liderazgo siempre estuvo comprometido.

Así que la visita del obispo de Roma a Estados Unidos tuvo sus bemoles, a pesar de que el visitante fue benevolente en el tratamiento de los puntos que quiso destacar en sus discursos, nada impositivo ni reclamativo, a veces ni siquiera directo.

Otra vez tratando de no pisar callos. Al menos en público. Porque en privado, intencional o no, recibió en la Nunciatura de Washington a la funcionaria de un condado del estado de Kentucky que tenía semanas en la palestra pública por haberle negado la licencia matrimonial a parejas homosexuales, no obstante que la Corte Suprema de Justicia sentenció positivamente sobre la legalidad del asunto.

“¿Really?”, le leímos a otra amiga gringa en Facebook.

Cómo entró la funcionaria Kim Davis a la audiencia colectiva con el papa no se sabe. El Vaticano ha dicho que nadie la invitó; que la única audiencia que el papa concedió fue a un ex alumno suyo, Yayo Grassi, quien se le apareció acompañado de su pareja homosexual de muchos años. La noticia del encuentro con la Davis fue filtrada por sus abogados cuando el papa ya se encontraba en Roma, y días después, el mismo Vaticano informó de la audiencia del papa con Grassi, del mismo papa que sobre los curas homosexuales se preguntó: “¿Quién soy yo para juzgar?”.

Hasta en esto todo parece ser relativo, porque el fin de semana se supo igualmente de un cura teólogo del Vaticano que salió del clóset revelando no solo que era gay sino que hasta tenía pareja, y se lo presentó al mundo. Inmediatamente lo despidieron de su cargo.