• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

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Fermín Lares

Empiezan a cantar las gallinas

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En los primeros días del gobierno de George W. Bush, un grupo de venezolanos se reunió en Washington, DC, con el recién estrenado secretario de Estado, Colin Powell. Le preguntaron sobre Chávez y su relación con Fidel Castro. El general contestó: “Hugo no me preocupa”. Alegaba que a “Hugo” no le atraía implantar el comunismo ni un régimen como el de Castro en Venezuela, y, además, que Castro estaba ya viejo y que Cuba no representaba ninguna amenaza para Estados Unidos, en ningún terreno.

De 2001 para acá, mucha agua ha pasado por ese río. Hoy no falta en Venezuela quien diga que el régimen chavista es un mal calco del modelo cubano. Algunos también señalan que considerar al actual régimen venezolano de comunista, o marxista, más bien lo dignifica, que no llega a tanto, está muy por debajo.

A meses de estar Bush instalado en la Casa Blanca, ocurrió el ataque a las torres gemelas en Nueva York, al Pentágono, en Washington, y el atentado contra el avión que se estrelló en Pensilvania; todo el mismo 11 de septiembre. La atención internacional del presidente norteamericano se concentró desde entonces en lo él que llamó la Guerra contra el Terror, ignorando otros hechos internacionales que lo desenfocaran de ese rumbo. Chávez ya quería por entonces hacer bulla contra el imperio, y cuando Estados Unidos atacó Afganistán, dijo que los americanos estaban combatiendo el terror con terror, en un momento de tanta sensibilidad para los estadounidenses.

A menos de un año de estar Chávez en el poder ocurrió la tragedia de Vargas. Estados Unidos fue uno de los primeros países que ofreció ayuda. Aviones, médicos, enfermeros, rescatistas y helicópteros llegaron siete horas después de que el gobierno venezolano pidió asistencia. Luego vino una segunda oferta norteamericana. Dos navíos traerían maquinarias y equipos operados por ingenieros militares estadounidenses, pero Chávez rechazó el ofrecimiento. Quería los equipos, pero no los soldados. Según el director de Defensa Civil de la época, Ángel Rangel, la maquinaria era para la reconstrucción posterior a la emergencia del rescate y los americanos no querían que otros las manejaran.

El gobierno de Clinton gustaba de tener escarceos verbales con el gobierno de Chávez, que fueron disminuyendo con Bush. Los gringos se calaron tranquilos aquello de que aquí estuvo el diablo, en el famoso discurso del hijo de Sabaneta en las Naciones Unidas. No querían proporcionar banderas al régimen para justificar sus políticas internas –como no lo quieren ahora.

Chávez fue siempre el que anduvo buscando pelea. Tenía que justificar su izquierdismo a través del discurso antiimperialista. A fin de cuentas, el chiripero izquierdoso que antes había apoyado a Rafael Caldera, más la Causa R (después Patria para Todos) y el Partido Comunista, lo ayudaron a ganar las elecciones. Ni en su primera campaña electoral ni en los primeros años de su gobierno se declaró comunista o siquiera socialista. Eso vino paulatinamente, mientras arreciaba su discurso antiimperialista.

Fuera de Venezuela, fue en Latinoamérica donde proyectó primero ese discurso. En este escenario, se propuso bloquear las iniciativas más importantes de Estados Unidos, como el libre comercio, las reformas de mercado, la guerra contra las drogas. De allí nace ALBA, en contraposición a los tratados de libre comercio intentados por Estados Unidos para la región (Estados Unidos de todas maneras firmó este tipo de tratados con algunos países: los centroamericanos, República Dominicana, Colombia). Otro objetivo de Chávez, en la misma onda, fue la de apoyar movimientos sociales, partidos y gobiernos similares a lo que él deseaba representar, intentando transformar la orientación ideológica en el hemisferio.

Cuando el antimperialismo no funcionó entre los latinoamericanos, porque nadie se tornó virulentamente antiyanqui –excepción hecha de Cuba, Nicaragua y Bolivia–, Chávez volcó su mirada a otras latitudes, como Irán, Bielorrusia, Siria o el Irak de Saddam Hussein.

Estados Unidos se convirtió entonces en enemigo del régimen. Esa caracterización le ayudaba a legitimarse como izquierdoso y antiimperialista, tanto en lo externo como en lo interno. En lo externo, no solo para ganar simpatías entre algunos países y grupos de la región latinoamericana, también para venderse como independiente y autónomo frente a regímenes igualmente adversarios de los norteamericanos, de gobiernos autoritarios con algún barniz democrático, ubicados en otros ámbitos del globo. En lo interno, para radicalizar a las huestes “oprimidas” que le han venido brindando su apoyo: no la clase obrera, cuyo movimiento dividió y atomizó dejándola sin fuerza real, o los campesinos u otro grupo social organizado. El apoyo buscado es el de una masa amorfa que denominan pueblo, nutrida básicamente por los sectores más pobres de la sociedad, sin nada material que perder con un régimen como el chavista, más allá de su dignidad ciudadana.

Estados Unidos es el enemigo del régimen sin ninguna lógica práctica, ni ningún asidero histórico que lo justifique. Estados Unidos es el primer socio comercial del Estado venezolano, del país como tal, y hasta del régimen mismo, porque de allí vienen los ahora escasos dólares con los que el régimen financia su política exterior, con los que se ha dado el lujo de enviar más de 100.000 barriles diarios de petróleo a Cuba, a cambio de “asesorías” y servicios médicos cada día más precarios. Cuba es el amigo al que se le regalan unos barriles de petróleo para que incluso los refine y los revenda como productos. Estados Unidos es el que permite realizar estas operaciones pagando a tiempo y de contado por el crudo que recibe.

El régimen esta empeñado en crear una fantasía que ya nadie le cree, creando un enemigo ficticio, una conspiración externa, para justificar que no hay luz, no hay agua, no hay comida, no hay salud, no hay libertad de expresión y no hay vida, porque esta última vale muy poco en las calles de ciudades y pueblos del país.

Junto a los enemigos inexistentes, se le van a ir yendo poco a poco los que considera sus amigos. La crisis económica venezolana pone en duda la capacidad del país para continuar con esas políticas de créditos laxos para el pago del crudo que se entrega a los países caribeños, que ven el apoyo del chavismo ahora como un riesgo para sus propias economías –incluyendo a los cubanos–. Algunas gallinas incluso empiezan a cantar como gallos. Si no véase el cambio actitudinal del señor Insulza frente al régimen. Ahora Chaderton lo insulta más.