• Caracas (Venezuela)

Félix Seijas

Al instante

Aquí todos somos corruptos

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La frase que titula este artículo fue pronunciada por una joven de 23 años en un grupo focal realizado recientemente en Puerto La Cruz. Este tipo de expresiones comenzaron a hacerse frecuentes en estas dinámicas grupales a finales de 2014. Hoy en día tal sentimiento parece arropar a la mayoría de los venezolanos sin distingo de sexo, edad o clase social.

Los argumentos pueden ser diversos en forma, pero el trasfondo es el mismo. Las personas sienten que cada día están obligadas a trasgredir la frontera de lo correcto y “resolver cosas” en tierras oscuras. No importa qué tan probo pienses que eres, tarde o temprano el trastocado panorama criollo te colocará ante una encrucijada en la cual o haces algo indebido o, por citar un ejemplo, tu bebé intolerante a la lactosa -del que te has preguntado si vino al mundo antojado de un lujo superfluo impropio del “nuevo hombre”- no tendrá su leche hipoalergénica.

La línea que marca la frontera entre lo correcto y lo incorrecto también ha sufrido. Quizás de tanto que se trasgrede cada día no solo se ha tornado gris y perdido su brillo natural, sino que pareciera que tanto zapatazo la ha corrido de a poco hacia el lado oscuro. Cosas que antes estaban en la otra orilla de la frontera se ven ahora en el lado aceptable. Son muchos los que en los grupos focales hablan, a todo leco y sin el menor escozor, de situaciones que en otros tiempos solo se contarían entre panas, calladitos, y con mucha vergüenza. «Fastidioso es trabajar en una tienda seis horas diarias para ganar en un mes lo que me gano bachaqueando en una semana», dijo con orgullo una muchacha de 28 años en Puerto Ordaz. El esquema de valores de estas personas experimenta un constante proceso de metamorfosis en respuesta a la torcida realidad a la que día a día se ve sometido. “Yo no soy mala, es que me han dibujado así”, diría Laureano Márquez haciendo alusión a una escena de la película Quién engañó a Roger Rabbit.

Los linchamientos de supuestos antisociales ocurridos recientemente en el país son la terrible materialización de pensamientos confusos, productos de la impotencia que algunas personas han manifestado en las dinámicas de grupo durante el último año. «Aquí lo que provoca es explotar a todos esos malandros», se escuchaba en Maracaibo; lo que unido a frases como: «Y quién los va a parar, si los policías son los peores» (cuerpos de seguridad corruptos) y «aquí los agarran y los sueltan enseguida» (impunidad), completan un peligroso cuadro de frustración que puede hacer que, en un momento dado y de manera equivocada, las personas decidan tomar la justicia en sus propias manos.

Pero volvamos a aquella joven de 23 años en Puerto La Cruz. «Aquí todos somos corruptos». Lo que ella dijo le quemaba por dentro. Las palabras fueron pronunciadas con la rabia que le producía sentirse en un sistema en el que o cedes a la dinámica que opera al margen de la ley o quedas excluido de lo que por derecho te corresponde.

Ella también confesó haber trasgredido la raya; pero no se vanagloriaba de ello. Por el contrario, se reprochaba a sí misma y le daba rabia tener que recriminarse.  Sé que ella es el reflejo de muchos venezolanos. Quizás no todos griten sus “faltas” a los cuatro vientos. Tal vez intenten apartarlas de sus pensamientos y así evadir lo que ellas significan. No obstante, lo amargo está ahí, al acecho, pululando cual cuerpo extraño en el sistema de valores de la mayoría. Esperemos que para ellos esas cosas no se conviertan en lo aceptable. Esperemos que ellos se resistan a ser dibujados de una manera torcida. Y esperemos también que, más temprano que tarde, en Venezuela existan las condiciones necesarias para corregir las líneas de aquellos que ya han sido redibujados.