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Federico Pinedo

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Federico Pinedo

La inflación según Marx y Keynes

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La Argentina tiene una inflación galopante porque el Gobierno gasta por año unos 60.000 millones de pesos más de los que tiene (sus gastos han crecido alrededor de 40% cada año en los cuatro últimos), y para pagar eso, además de aumentar impuestos, hace que el Banco Central imprima más de 70.000 millones anuales de nuevos billetes. Eso hace que los billetes valgan cada vez menos y por eso nos parece que los precios suben, cuando en realidad es el valor de nuestros pesos el que baja: eso es la inflación.

La inflación hace que no nos alcance el dinero en el súper, que el valor del dólar quede retrasado, que todos quieran dólares, que el Banco Central se quede sin dólares, que la incertidumbre frene las inversiones y la creación de nuevos puestos de trabajo, que los subsidios del Gobierno se multipliquen de modo insostenible, que las industrias argentinas sean menos competitivas con las del exterior, que impidamos importaciones y nos peleemos con el resto del planeta, que se pare el crédito de largo plazo, que se detenga la construcción, que se mienta en el Indec para engañar al pueblo.

En este contexto, el ministro de Economía, Axel Kicillof, dice que no hay inflación porque para eso tendría que haber "un aumento generalizado de precios", mientras que acá hay algunos precios congelados por el propio Gobierno. Es una tomadura de pelo, claro, pero dirigida al pueblo en general. Igual, tenemos que tranquilizarnos porque el ministro dice que es "marxista y keynesiano". Yo también, en materia de moneda e inflación, soy admirador de Marx y Keynes, así que visitemos a esos caballeros.

Keynes no era un inflacionista. Definió la inflación como "la oferta de medios de pago (dinero y crédito) superior a la oferta de bienes" ( Tratado de reforma monetaria , p. 25, FCE, 1996). Como dice el superkeynesiano Michael Polanyi ( Pleno empleo , revista de derecho privado, Madrid, 1944, p. 68; supervisado por Joan Robbins y John Hicks), cuando se emite más de lo demandado se cae en una inflación autoacelerada: "Es imprescindible que procuremos que la circulación aumente hasta el punto donde asoman los primeros indicios de inflación". Como agregaba Keynes, "una fluctuación en la vara de medir el valor no modifica en lo más mínimo la riqueza del mundo, ni sus necesidades ni su capacidad productiva".

Marx decía lo mismo. Explicaba que en la economía lo que circula, lo que se intercambia, son los bienes que se producen y los servicios que se prestan. La moneda sólo es una mercancía más, un bien cualquiera (antes el oro, ahora el dólar), que se usa como medida de valor de los demás bienes y servicios y que sirve para facilitar esos intercambios. Cuando la moneda circula, lo que hace es representar a los demás bienes que la gente intercambia, pero no tiene una entidad propia. El Marx al que debiera volver Kicillof decía que la ley de la circulación del papel moneda "es simplemente que la emisión de papel moneda debe limitarse a la cantidad en que tendría realmente que circular el oro simbólicamente representado por él" (página 102 de El Capital traducido por Juan B. Justo).

Abundando, Marx explicaba que la cantidad de moneda que circula es igual a la suma de los precios de las mercancías sobre el número de traspasos de moneda (velocidad de circulación) ( El Capital , página 95). Como antes los que emitían dinero eran los bancos privados, Marx decía que los banqueros robaban a la gente cuando emitían más de lo necesario para que se produjeran los intercambios de bienes y servicios en la sociedad. Lo mismo hace ahora el Banco Central. Decía Marx: "Basta poner en circulación una cantidad determinada de billetes para echar fuera de la circulación a otros tantos, golpe artístico bien conocido por los bancos".

Emitiendo y emitiendo billetes para pagar la irresponsabilidad populista, que consiste en entregar el largo plazo de todos nosotros para recibir los gobernantes un beneficio de corto plazo para ellos, se llega a una devaluación brutal de la moneda argentina, que representa el trabajo de los argentinos.

Y sin moneda las sociedades no pueden funcionar y se divorcian del mundo moderno, que es el mundo de las oportunidades de nuestros hijos. Y eso no se cura prohibiendo en el Código Civil los contratos en dólares (o estableciendo que se pueden pagar en pesos al cambio oficial, que es lo mismo). Ese tipo de medidas sólo puede dejar a los argentinos como en un bote al que se le cortaron las amarras y se aleja cada vez más de la costa de la formidable transformación económica del mundo de la información y del conocimiento, y de colosos como China, la India o, más cerca, la Alianza del Pacífico.