• Caracas (Venezuela)

Fausto Masó

Al instante

¿Quién me quiere a mí?

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Como ya no encuentra periódicos para comprar, Nicolás Maduro ordenó hacer una oferta por la hojita parroquial que reparten en la misa. Anda molesto en estos días, le vendieron la peor campaña de publicidad que se recuerda en Venezuela: esos mensajes por televisión en vez de convencernos de aceptar el aumento de la gasolina sugieren que la inflación aumentará 37 veces. Un horror.

Una islita en Oceanía lo declara persona no grata. ¿Qué le ha pasado a nuestro presidente? Solo le queda un verdadero amigo, el impresentable Evo; Mujica, el uruguayo, critica solapadamente a Venezuela; Insulza lo acusa de andar insultando a la gente por el mundo; Colombia envía una nota de protesta en defensa del expresidente Pastrana, y hace lo mismo la socialista Chile. Estados Unidos acusa a Diosdado de narcotrafricante; Costa Rica desmiente que hubiera una conspiración para matar a Maduro; en Moscú lo recibe un viceministro, llegó a la ciudad en una fecha sagrada para los rusos. Esta vez, además de que Cortázar y García Márquez hayan pasado a peor, o mejor, vida, no se encuentran como antes cien intelectuales para firmar cualquier documento que les pongan enfrente.

¡Qué solo anda Maduro por el mundo! Al volver a Venezuela cuatro gatos lo recibieron. Empezó imitando la forma de hablar de Chávez, ahora se imita a sí mismo. El horror.

Los ministros hacen declaraciones dignas de la antología del horror, le echan la culpa de la escasez a los que hacen cola, afirma que dispararán contra las manifestaciones, algo que ni los peores gobiernos de derecha se atrevían a anunciar.

Existió el chavismo no habrá madurismo, ni tampoco raulismo; ambas palabras suenan horrible. Hoy los Castro son conscientes de la farsa, viven del antiguo respeto hacia la lucha armada. Se esfumó una pasión que volvió a Cuba y a Venezuela, en mucho menor grado, noticia mundial.

Y el colmo, ¡ni Maduro ni Fidel quieren morirse! Desolada conclusión, todo se acabó. Castro murió políticamente cuando renunció a la lucha armada.

Por favor, comprendamos, ¡cansa ser héroe tanto tiempo!, solo que ese no es el final apropiado para quien habló de patria, socialismo o muerte. Con los ojos del mundo encima fue demasiado para Castro defecar, fornicar, cantar, escribir una carta, convertirse en un anciano. Ahora escribe artículos donde aprueba las conversaciones con Estados Unidos y no las aprueba.

En Brasil hablan de expulsar a Maduro del Mercosur, porque da pérdidas. Los cariocas tenían con Venezuela un superávit comercial solo superado por el de China y Holanda; ahora la deuda venezolana sobrepasa los 5.000 millones de dólares, empresas brasileñas están al quebrar. Aunque Lula visite Caracas o Dilma se retrate con Maduro no les pagará la deuda. Los brasileños andan desesperados.

A llorar al parque, así son las verdaderas revoluciones, catastróficas.

La pregunta de la década que hemos repetido en varios artículos, ¿por qué Chávez escogió a Maduro como sucesor? ¿Lo consideraba el peor? o creía que no se enamoraría de la presidencia. Chávez, como todos los enfermos, no pensaba morirse y buscaba un sucesor temporal.

Se equivocó Chávez y ahora Maduro repite el verso de la canción “nadie me quiere a mí”. Por eso quizá viaja con su esposa a todas partes. Cilia sí lo quiere.

Hay que buscar a alguien que quiera a Maduro. Por humanidad.

De paso, Maduro se ha quedado petrificado. Anuncia devaluaciones, la vuelta al permuta, pero de ahí no pasa. Asombroso. Es como el marinero que vio en la lejanía un témpano de hielo que avanzaba hacia el Titanic. Venezuela es el Titanic y Maduro el marinero.

¡A los botes, sálvese quien pueda!