• Caracas (Venezuela)

Fausto Masó

Al instante

¡Viva 2016!

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En 1998 los venezolanos aguardaban un milagro, desconociendo que los años de la democracia fueron los mejores de toda la historia del país. Apostaron equivocadamente a favor de un político golpista, así nos fue. Ignoraban que los gobernantes civiles, con todos sus errores, fueron un enorme paso de avance en relación con los mandones militares. 

Todavía hoy se rechaza la obra de los gobiernos civiles, ahora estamos abrumados por un presente sin aparente futuro. Perdimos la capacidad de soñar, no podemos aceptar que nuestra única salida sea volver a ese pasado borrado por el chavismo, continuar la obra de Raúl Leoni, Rómulo y Caldera que poco, o nada, tienen que ver con el Copei y el AD de hoy.

Es demasiado fácil criticar el último discurso de Nicolás Maduro, la economía venezolana cayó 4% el año pasado y en 2015 volverá a descender 6%. Nos empobrecemos con una velocidad pasmosa, única en Latinoamérica. Basta con abrir los ojos para comprobar el proceso de desintegración del país. ¿A qué aspira un joven? A irse del país. Y desgraciadamente muchas veces tiene razón.

Solo las personas mayores y los muy pobres aceptan seguir viviendo en Venezuela, cuyo sistema eléctrico se cae a pedazos, lo que todavía ignoramos los que vivimos en Caracas. Falla la refinería de Amuay, partes de Venezuela se quedan sin servicio eléctrico. “El número de accidentes que se reportan en las refinerías reflejan que las políticas de mantenimiento no se realizan, ocasionando accidentes laborales o fallas como las de hoy”. “Al menos 9 plantas termoeléctricas que no funcionan correctamente” y otras no se han terminado de construir o no generan suficiente electricidad.: “Planta Centro (Carabobo) de los 2.000 MW de capacidad que tiene genera apenas 400 MW”.
La Comisión de Electricidad del Colegio de Ingenieros es tajante: “Corpoelec no tiene suficiente capacidad con las plantas térmicas disponibles”.

Mientras tanto, la verdadera herencia del chavismo serán los nuevos multimillonarios que se han enriquecido con la importación de alimentos, no produciendo nada en el país.

¿A qué se debe la paciencia del venezolano?

¿A que está esperando el resultado de las elecciones? O a algo peor, que ha perdido la capacidad de ilusionarse, de soñar, ha quedado aplastado después de haber votado una y otra vez por el desastre nacional. Esa apatía impide que los que hacen cola para comprar alimentos estallen en indignación. No esperan nada, solo tener suerte o conseguir algún alimento a precio regulado.

Pero no perdamos la fe. Recientemente Isabel Allende reconocía  lo mucho que le debe a Venezuela: “Venezuela me dio lo que yo no tenía. Yo no habría podido escribir La casa de los espíritus si me hubiera quedado en Chile. Ese libro es cierto que responde a la nostalgia por Chile, pero tiene todo el color y el sabor de haber vivido en Venezuela”.

El 6 de diciembre no votaremos solo por una nueva Asamblea, sino apostaremos por la vuelta de la esperanza, a un país sensato. Una tarea nada fácil: superar la falsa ilusión que genera el petróleo, la riqueza fácil que provoca un alza del precio del barril y no volver a caer en la prédica engañosa de los que se inspiran en una supuesta herencia bolivariana que nunca ha sido real, pero que siempre ha seducido al venezolano. Chávez en realidad no ha sido el único bolivariano, sino uno más. Esperemos que haya sido el último.

Tengan algo por seguro. Si la oposición gana las próximas elecciones será inevitable un viraje en el manejo de la economía, pero si las gana el gobierno también ocurrirá ese viraje.

Nadie quiere seguir por el camino de Chávez, ni los chavistas.

Y entonces, a continuación, en 2016 seremos felices, como en los cuentos de hadas.

El país volverá a la prosperidad.