• Caracas (Venezuela)

Fausto Masó

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Fausto Masó

Al que Capriles le alce el brazo

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El caso de Mardo puso en el tapete el tema de la corrupción, fue escupir hacia arriba, tirar piedras cuando se tiene tejado de vidrio. Desde el primer día al socialismo del siglo XXI lo amenazaba la corrupción galopante: la combinación de militarismo y supresión de la división de poderes eliminaron cualquier razón para no robar, alentaron a enriquecerse al último burócrata en un desmadre incontenible.

En Venezuela siempre hubo un freno, en las dictaduras militares robaban los grandes cacaos, a los funcionarios menores les imponía la honradez; en los años de la República Civil la separación de poderes disminuía la corrupción: dirigentes obreros como Delpino murieron pobres, igual que hoy vive modestamente un Octavio Lepage, o un Canache Mata, Luis Herrera Campíns murió casi en la miseria. La República Civil nació con un culto a la honradez, Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt detestaban la corrupción y el nepotismo de Gómez y Pérez Jiménez. En el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez comenzó el desprestigio de la democracia y se creó la falsa impresión de que todos los políticos robaban.

Nicolás Maduro persigue a las sardinas, algunas bien alimentadas, pero no toca los peces gordos ni sacará a los militares de la administración pública. La Asamblea no vigila ni controla a la administración, el poder judicial actúa políticamente. Este desastre comenzó con Chávez, con los planes sociales al inicio su gobierno, por los que quieren volver a enjuiciar a Cruz Weffer... La Asamblea nunca interpelará a un ministro: los ladrones se sienten guapos y apoyados.

Maduro no separará los poderes ni enviará los militares a sus cuarteles pero ahora se acabó la guachafita: en tiempos de prosperidad la gente tiene la vista gorda. Estamos presenciando el desmoronamiento del socialismo del siglo XXI. La fruta está podrida, se la comió el gusano de la corrupción.

Venezuela vive un ambiente pesado, aburrido, triste. No hay dólares y el PSUV quiere escoger sus candidatos a última hora: lo pagarán con la abstención de muchos chavistas de base. Corren el riesgo de que en diciembre en vez de limitarnos a escoger a alcaldes y concejales con el voto logremos la deslegitimación definitiva de Nicolás Maduro. A la oposición le sobra motivación y hasta los abstencionistas a última hora votarán porque querrán expresar su repulsa contra el gobierno, los que sufren la inflación también tendrán en el voto un arma. En el chavismo faltará el gran animador de la fiesta, su principal motivador electoral, el hombre que movilizaba a los militantes, Hugo Chávez. En diciembre cuando Capriles le alce el brazo a un candidato lo estará ayudando a triunfar, en las elecciones de abril pasado Capriles fue incansable, entusiasmó a la oposición; el chavismo marcha huérfano a estas elecciones, sin un liderazgo vibrante y con razones de sobra para quedase en su casa; la oposición cuenta con lo que faltaba en el pasado, un movilizador, cuyo destino además dependerá del resultado de las elecciones de diciembre y que a continuación trace una estrategia que lleve a una salida democrático.

¿Parlamentarias? ¿Revocatorio? ¿Constituyente? Cualquier vía menos entregarle el país a otro militar.

Nicolás Maduro se juega el poder en diciembre, pero ¿qué le queda? ¿Mandar a viajar a Giordani? Es tarde, se apagan las luces, baja el telón.

La última encuesta de IVAD pone a Maduro contra la pared.