• Caracas (Venezuela)

Fausto Masó

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Fausto Masó

El final deseable de Maduro

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En los círculos políticos predomina la convicción de que a duras penas Maduro conservará el poder hasta el próximo mes, algunos aseguran que en dos semanas habrá renunciado sin que nadie precise la forma en que saldrá de Miraflores, por lo que uno sospecha que, como deseos no preñan, quizá el “mientras tanto” dure 6 años. Nadie previó que Chávez gobernaría 14.

Chávez no enfrentó a un líder como Capriles Radonski a partir de 1999. En ese caso no hubiera manejado el país con tanta facilidad. Además de talento, el difunto presidente tuvo suerte.

Maduro quizá no sea el tonto que dicen, aunque sin duda no posee ni una inteligencia ni una personalidad excepcional, pero para su desgracia enfrenta a un rival de categoría. Sin embargo, nadie abandona Miraflores si no intervienen los militares, como en el 2011, la Asamblea lo destituye o comete la estupidez de Pérez I de nombrar en el Tribunal Supremo a magistrados que lo destituyan.

Al poner la otra mejilla se demuestra quién es el verdadero agresor, como ocurrió en la Asamblea. Esa actitud lleva a la victoria final si responde a una estrategia como la de Gandhi o Luther King, que planificaban con esmero el lugar y la forma en que desafiarían el poder inglés o el racismo norteamericano. Gandhi, astuto como un zorro aunque pareciera una mansa paloma, enloqueció a los ingleses y lo respaldaron millones de seguidores en un país muy religioso. Sus seguidores soportaban maltratos y la misma muerte sin defenderse. ¿Es posible algo semejante en Venezuela? Francamente, parece poco probable. Semejante heroísmo es la mejor forma de garantizar un futuro ideal, porque no basta con sacar al chavismo del poder, se requiere conseguir que a los cientos de miles de chavistas que votaron por la democracia el abril 14 se agreguen otros millones, hasta convertir a Maduro en una infeliz minoría, incapaz de soportar la presión pacífica del país.

Todavía hay racismo en Estados Unidos, pero el martirio de Luther King volvió a la mayoría de los norteamericanos antirracistas, el sacrificio de Gandhi inventó la India moderna, un país en que se hablan 1.000 lenguas, y hay 1.000 religiones.

El objetivo de la no violencia es volver demócratas a la mayoría de los chavistas. ¿Es esto posible? Sí, pero requiere una actitud ajena a la del vivo criollo y, sobre todo, abandonar las soluciones rápidas, no creer que basta con tener unos cuantos votos más que Maduro en una elección manejada por el CNE, o que el Tribunal Supremo o América Latina lo saquen del poder. Habría que lograr que la inmensa mayoría de los venezolanos decidan desde ya desterrar el militarismo, rechazar cualquier solución cuartelaria. También supondría aceptar sinceramente la aspiración justa de los pobres a ser incluidos en la sociedad, el ideal que encarnó Chávez y llevó por tan mal camino.

No es fácil triunfar políticamente con la no violencia, aunque sea el único camino que garantiza no entrar en una larga etapa de turbulencias, semejante a la que ha sufrido Argentina durante casi medio siglo después de la muerte de Perón. En resumen, más que quitar a Maduro, se requiere construir una Venezuela, algo de lo que ni siquiera se habla en este momento, cuando en realidad se supone que basta con cambiar de inquilino en Miraflores.

Como el enemigo de lo bueno a veces resulta lo mejor, hay que aceptar que probablemente la crisis venezolana se resolverá por fórmulas tradicionales, con alguna participación de la tesis de la no violencia.