• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

Al instante

La pasividad cómplice de Roussef y Bachelet

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Se ha convertido en una triste costumbre que gobernantes que han llegado al poder gracias a los mecanismos de la democracia se hagan de la vista gorda ante los crímenes y abusos cometidos por regímenes dictatoriales que siembran la desolación en otros países. El apotegma “Nada humano me es ajeno”, del dramaturgo de la Antigua Roma Terencio, parece resbalar en la conciencia de algunos mandatarios.

América Latina está ofreciendo un pésimo ejemplo a este respecto. Se trata del silencio cómplice que observa la gran mayoría de gobernantes de la región ante los desmanes que comete a diario el régimen presidido por Nicolás Maduro contra el pueblo venezolano.

A fin de justificar su injustificable silencio, los gobernantes en cuestión y sus portavoces han aducido que, en la lucha por la defensa de los derechos humanos, los canales diplomáticos son más efectivos que la simple denuncia pública. “Ejercemos presión, pero tras bastidores”, parecen decir los jefes de Estado y las cancillerías de algunos países de América Latina.

El problema con ese alegato, o subterfugio, es que las supuestas gestiones diplomáticas no han surtido efecto alguno: las violaciones de derechos humanos son cada vez más flagrantes en Venezuela.

¿Por qué tal indolencia? ¿Por qué esos gobiernos permanecen callados cuando el régimen de Nicolás Maduro se empecina en torturar prisioneros políticos, recluyéndolos en celdas oscuras y minúsculas, quemándoles los genitales, colgándoles a un tubo las manos atadas para golpearlos mejor, obligándolos a ingerir comida descompuesta y humillando a sus cónyuges y otros familiares cuando van a visitarlos a la cárcel?

¿Por qué esos presuntos adalides de la constitucionalidad hemisférica no reaccionan cuando el régimen maduro-cabellista viola la Constitución de Venezuela, nombrando un Tribunal Supremo de Justicia que no hará sino avalar órdenes del Poder Ejecutivo y despojando a la Asamblea Nacional – controlada por la oposición por la voluntad del pueblo – de prerrogativas y funciones constitucionales?

Esa indolencia generalizada, de por sí deplorable, resulta ser más sorprendente en el caso de las presidentas de Brasil y Chile, Dilma Roussef y Michelle Bachelet, no porque la misma sea mayor que la de otros gobernantes latinoamericanos, sino porque su trayectoria personal las obliga moralmente, más que a los demás, a reaccionar ante el martirio venezolano.

He ahí en efecto dos figuras políticas que sufrieron los vejámenes de dictaduras militares y que, a pesar de esas vivencias, no dicen nada, absolutamente nada, de las torturas, humillaciones y abusos que tienen que soportar los presos políticos y la oposición en Venezuela.

Que no dicen nada, absolutamente nada, del hecho de que la joven Joselyn Prato, encarcelada durante 67 días por el simple hecho de haber abucheado a la esposa de Diosdado Cabello, fuera obligada a ingerir espaguetis con gusanos.

Que no dicen nada, absolutamente nada, ante la muerte lenta, por falta de alimentación, que Laided Salazar está sufriendo en prisión.

Que no dicen nada, absolutamente nada, del trato vejatorio infligido a Lilian Tintori y Antonieta Mendoza, esposa y madre del preso político Leopoldo López, quienes han denunciado que agentes del régimen las han obligado a desnudarse y les han escudriñado las zonas más íntimas del cuerpo cuando van a visitar a su ser querido injustamente encarcelado.

El gobierno de Roussef se ha limitado a declarar: “No hay lugar en la América del Sur del siglo XXI para soluciones políticas fuera de la institucionalidad y del más absoluto respeto a la democracia y al Estado de Derecho”.

Pero cuando, a pesar de esa observación, Maduro despojó a la Asamblea Nacional de prerrogativas constitucionales, nombrando un Tribunal Supremo de Justicia al servicio del poder bolivariano, el gobierno brasileño no movió un dedo, ni abrió la boca, para impedir o condenar tal golpe de Estado institucional.

En cuanto a Michelle Bachelet, cuyo padre fue torturado y asesinado en Chile por los verdugos de Pinochet, ¿cómo es posible que el sufrimiento que ella padeció no la mueva a indignarse contra el traumatismo moral que tuvo que causarles a los dos hijos de Leopoldo López, de tan solo seis y tres años de edad, el hecho de presenciar la intrusiva requisa corporal a la que su abuela fue sometida delante de ellos?

Michelle Bachelet no se ha contentado con abstenerse de reclamar públicamente la liberación de los presos políticos venezolanos, sino que incluso impide que instituciones del Estado chileno lo hagan en su lugar. En efecto, cuando en diciembre de 2015 la Corte Suprema de su país tuvo el decoro de pedir a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que interceda por la liberación de Leopoldo López y Daniel Ceballos, la cancillería de la presidenta Bachelet se apresuró a desautorizar tal iniciativa, arguyendo que sólo el Poder Ejecutivo está habilitado para intervenir en asuntos de ese tipo.

En su afán por esconder su indolencia ante el martirio venezolano, Michelle Bachelet llegó al extremo de recurrir a la mentira. Fue el caso en abril de 2015, cuando su portavoz afirmó que ella no se había reunido con Lilian Tintori (quien se encontraba en Chile en ese momento) porque no había recibido una solicitud para tal fin. La mentira no duró mucho tiempo sin ser contradicha por Tintori, quien reveló que meses antes había enviado una carta pidiéndole una entrevista a la presidenta Bachelet, sin recibir jamás una respuesta de su parte.

Se dirá que Roussef y Bachelet tienen problemas más urgentes que atender, entre ellos los escándalos de corrupción que las afectan personalmente. Pero ello no justifica el silencio cómplice que guardan frente al dolor del pueblo venezolano. Al contrario: tal silencio socava aún más la imagen pública de ambas, una imagen fuertemente deteriorada por esos escándalos.

Cuando llegue el momento de establecer responsabilidades y hacer un recuento de quienes por acción u omisión han hecho posible la tragedia venezolana, Dilma Roussef y Michelle Bachelet, y el grupo de indolentes presidentes que permanecen callados ante la violación de derechos humanos en Venezuela, serán exhibidos como modelos consumados de complicidad durante los aciagos lustros en que la represión, el caos económico, la corrupción y la falta de libertad se abatieron sobre la patria de El Libertador.