• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

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Los estertores del Maduro-cabellismo

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Cuando el 14 de julio de 1789 el pueblo francés toma la prisión de La Bastilla, el rey Luis XVI le pregunta a uno de sus adláteres: “¿Es una revuelta?”. A lo que este último responde: “No, alteza, es una revolución”.

En realidad, Luis XVI pensó que estaba en condiciones de afrontar el descontento popular como lo habían hecho sus predecesores. No captó que la correlación de fuerzas había cambiado a favor del pueblo –representado en ese entonces por el llamado Tiers Etat (Tercer Estado)– ni que la nobleza europea se abstendría de acudir en su defensa.

De manera similar, cuando en los años ochenta del siglo pasado los pueblos de Europa del Este se vuelcan a la calle para protestar contra el yugo soviético y el llamado “socialismo real”, los gobernantes de esa región pensaron que se trataba de insurrecciones controlables, como las de Berlín 1953, Budapest 1956 o Praga 1968, las cuales habían sido aplastadas por tanques de guerra despachados por Moscú.

Esos gobernantes no vieron que los pueblos bajo su férula actuaban esta vez al unísono y no detendrían las protestas hasta conquistar su libertad. A eso es menester añadir que las condiciones internacionales habían cambiado: el nuevo premier soviético, Mijaíl Gorbachov, había hecho saber que Moscú no veía interés en seguir invadiendo países para salvar regímenes satélites carcomidos por la impopularidad.

Esa misma miopía histórica la vemos hoy en la Venezuela del “socialismo del siglo XXI” dirigida por Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.

En efecto, luego de verse obligado por la presión de ciertos militares venezolanos, así como de observadores e instituciones internacionales, a reconocer el apabullante veredicto de las urnas del 6-D, Maduro ha venido desplegando un arsenal de artimañas sucias e incoherentes con miras a desconocer de facto la voluntad popular.

Por un lado recrimina a los chavistas por la derrota electoral (lo que implica que reconoce haber perdido en elecciones transparentes) y los amenaza con no construir más viviendas. Por otro lado cuestiona la transparencia del proceso electoral, anuncia que dará todo el poder a un “parlamento comunal” carente de legitimidad, creado artificialmente por Cabello, y llama a la “rebelión” contra un imaginario “golpe electoral”.

Al actuar de esa manera, y a semejanza de Luis XVI y de los gobernantes del bloque soviético, Maduro y Cabello no logran entender que el 6-D significa para el chavismo no un revés transitorio y manejable como fue la derrota de Hugo Chávez en el referéndum de 2007, sino un profundo e irreversible repudio al régimen actual.

Las maniobras de Maduro y Cabello tienden a fragilizar, más de lo que ya estaba, el andamiaje del poder bolivariano. No tiene nada de sorprendente, pues, que en los corredores del chavismo se haya comenzado a barajar opciones en las que no figuraría ninguno de los integrantes del dúo que hoy detenta el poder.

No menos devastador para el régimen Cabello-madurista: el contexto internacional ha cesado de serle favorable. La época de la complicidad fácil está quedando atrás.

Si bien los observadores extranjeros han retornado a sus ocupaciones habituales, la presión internacional en pro de la recuperación de la democracia en Venezuela se mantiene e incluso crece con el paso de los días. No solo el presidente Macri de Argentina, sino también el gobierno chileno y el primer ministro francés Manuel Valls se han sumado recientemente a los llamamientos al diálogo y a la liberación de los presos políticos en Venezuela.

Y ni qué decir de las presiones que, tras bastidores, están ejerciendo ciertas cancillerías latinoamericanas y europeas para hacer entrar en razón al ocupante de Miraflores y al por el momento presidente de la Asamblea Nacional. La anulación a última hora del viaje de Maduro a la reciente cumbre de Mercosur bien podría atribuirse a que sabía que allí se expondría a las críticas de algunos de sus pares.

Lo que es más, de la misma forma en que Luis XVI no pudo contar con la nobleza europea, ni los gobernantes de Europa del Este con Gorbachov, Maduro y Cabello no tienen a quién encomendarse en el plano internacional. En todo caso, no es el régimen castrista –con sus miles de agentes incrustados en los meandros del poder bolivariano– que va a jugársela por un Maduro-cabellismo decadente.

Los hermanos Castro han tenido que llegar a la conclusión de que, para mantener la ayuda que reciben de Venezuela, sería mejor sacrificar al inepto Maduro y tratar de reemplazarlo por algún chavista menos desacreditado y más sutil.

Diosdado Cabello, por su parte, ha tenido en el pasado desavenencias con el régimen castrista, por lo que La Habana no vería como una catástrofe su eventual salida del poder.

Añádase a esto que el descalabro de la economía venezolana ha reducido de manera significativa la capacidad financiera del régimen bolivariano de negociar alianzas en la región.

Frente a perspectivas tan adversas, Maduro y Cabello temen lógicamente perder el poder y terminar, ciertamente no como Luis XVI en la guillotina o Ceausescu frente a un pelotón de ejecución (pues vivimos en otro tiempo y lugar), pero sí como Fujimori del Perú o, quién sabe, como Noriega de Panamá.

Por eso tratarán de postergar lo más posible su derrota, batiéndose “como sea”, lanzando embestidas contra cercos infranqueables, cual toros picados mortalmente por las banderillas que representan los votos de sus conciudadanos.