• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

Al instante

Los disparates económicos de Maduro

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Es difícil encontrar una esfera de actividad en la que el actual ocupante del Palacio de Miraflores no se haya destacado por los constantes disparates pronunciados en sus hastiosas alocuciones al país transmitidas en cadena nacional. Cuando habló del famoso pajarito en que su “comandante eterno” se había presuntamente encarnado, muchos pensaron que había llegado al límite de lo risible. Sin embargo, su ulterior historieta de las “millonas”, la del “milímetro de segundo” y otras sandeces similares vinieron a demostrar que Maduro posee un tesoro inagotable de tonterías que sacar de su cerebro.

A decir verdad, el hijo político dilecto de Chávez está bien acompañado en los menesteres de la estulticia. Basta con mencionar al diputado oficialista Héctor Rodríguez, que habla de “pueblo analfabeta”; al ministro de Economía, Luis Salas, que niega la existencia de una inflación; a la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, que con una sorprendente tranquilidad declara nicaragüense al poeta francés Victor Hugo; y al ex vicepresidente Jorge Arreaza, que le atribuye a Chávez el poder de hacer milagros, para comprender que Maduro cuenta con un nutrido equipo de bufones a su alrededor.

Si existe un terreno en el que los desaciertos de Maduro no tienen parangón, es el de la economía.

A golpe de leyes habilitantes surrealistas, de controles de precios y tasas de cambio asfixiantes, de emisión de toneladas de dinero inorgánico y de la desatinada criminalización del sector empresarial, Maduro ha puesto todo su empeño en completar el proceso de destrucción económica de Venezuela iniciado por su fenecido guía y mentor.

Después de la paliza electoral del 6-D, Maduro no ha tenido más remedio que reconocer lo que hasta entonces negaba furiosamente, a saber: que el país se encuentra en una “crisis de grandes dimensiones”. Pero para resolver la misma, no hace sino dar tumbos, sin tener una idea clara de hacia dónde va.

No hay mejor prueba de ello que las diligencias diplomáticas emprendidas por el gobierno venezolano con el fin de promover un acuerdo entre productores de petróleo que restrinja la producción de hidrocarburos y así propiciar un alza de los precios del crudo.

Pensar que el momento es oportuno para lanzar una iniciativa de ese tipo refleja una crasa ignorancia de los intereses actualmente en juego.

Con el levantamiento de las sanciones económicas, Irán podrá de ahora en adelante volcar su producción de petróleo en los mercados internacionales y no tiene ningún interés en restringir la misma. Como tampoco tiene interés Rusia, que necesita expandir sus exportaciones de petróleo y gas natural para tratar de salir de la recesión y financiar sus aventuras militares. Como tampoco tiene interés Arabia Saudita, que no se aventuraría a reducir sus exportaciones de crudo sin asegurarse que sus rivales geopolíticos, Irán y Rusia, no se aprovecharían de esa reducción para ampliar las suyas.

Lo más que Maduro podría obtener en las actuales circunstancias es un acuerdo condenado a convertirse en letra muerta.

Pero supongamos por un instante que los países petroleros acepten restringir su producción, y que por consecuencia el precio del petróleo comience a subir.

La recuperación del precio del petróleo haría rentable la explotación en Estados Unidos de yacimientos de petróleo y gas de esquisto que hoy han dejado de serlo por el hecho de tener que competir con un petróleo a precios muy bajos. Esa expansión de la producción de gas y petróleo de esquisto proveniente de Estados Unidos aumentaría la oferta de productos energéticos y por ende provocaría una nueva caída de los precios del petróleo.

En el libro The Price of Oil (publicado en octubre de 2015), los economistas Roberto Aguilera y Marian Radetzki, profesores de economía en Australia y Suecia, respectivamente, explican que el surgimiento del petróleo y gas de esquisto ha cambiado fundamentalmente las condiciones del mercado de productos energéticos y añaden que, en las nuevas circunstancias, no le será posible a un cartel cualquiera manipular los precios del petróleo.

Al no poder esconder esas aciagas perspectivas, y dispuesto como siempre a hacer anuncios estrambóticos, Maduro declara ahora que hay que salir del “modelo rentista” petrolero. Olvida precisar que ese “modelo rentista” fue incentivado por el comandante galáctico, quien destruyó a golpe de expropiaciones y otros desatinos el sector no petrolero de la economía venezolana.

¿Y qué mejor prueba de la adicción de Chávez al “modelo rentista” que el hecho de haber calificado de “socialismo petrolero” el sistema que él mismo instauró?

Lo más divertido del caso es que, a fin de reemplazar dicho modelo, a Maduro no se le ocurre nada mejor que promover el desarrollo de “conucos urbanos”.

Con eso, el sucesor designado de Hugo Chávez toca el fondo de la ignorancia económica. Pues apostar por el conuco urbano como medio de salir del desabastecimiento de alimentos es tan absurdo como proponer un retorno al trueque como medio de salir de la inflación. Mecanismos de ese tipo tenían cabida en otras épocas, antes de que la especialización y la división del trabajo alcanzaran los niveles de sofisticación de nuestros tiempos, pero no están en lo más mínimo a la altura de los retos del siglo XXI.

Después de que el comandante eterno ilusionara a sus conciudadanos prometiéndoles que transformaría a Venezuela en una potencia mundial, petroquímica, militar e incluso aeroespacial, y después de que ese mismo comandante eterno haya creado un “bolívar fuerte” que hoy vale menos que el papel en que está impreso, le ha tocado el turno a Maduro de proponer a los venezolanos una avanzada y profunda revolución tecnológica a la medida del fracasado “socialismo del siglo XXI”: criar pollos y sembrar caraotas en el patio de las casas.