• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

Al instante

Maduro con la soga al cuello

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Levantarse cada mañana y afrontar la jornada es con certeza un camino sembrado de espinas para el actual ocupante del Palacio de Miraflores. No saber cuál será la metida de pata del día, ni qué hacer para conservar lo poco que le queda de apoyo dentro del chavismo, ni quiénes dentro de su propio movimiento político estarían barajando opciones y nombres para salir lo más pronto posible de él, ni qué cancillería, ONG o personalidad de relieve internacional se sumará a los llamamientos en pro de la liberación de Leopoldo López y demás presos políticos, son pesadillas que no desaparecen de la mente del discípulo dilecto del Comandante Eterno aun estando despierto.

La ineptitud de Maduro se hace cada vez más evidente. El jueguito de culpar a la “oposición fascista”, a la “maldita burguesía”, y por supuesto al “imperio”, ya no convence ni divierte a nadie. A fuerza de vivir denunciando conspiraciones sin prueba alguna, el subterfugio se le gastó.

Maduro no sabe qué hacer ni adónde va. Ignorante de los mecanismos básicos del funcionamiento de la economía, es incapaz de adoptar un programa coherente para salir de la “crisis de grandes proporciones” cuya existencia tuvo finalmente que admitir.

No hay mejor prueba de tal ineptitud que el paquete de medidas que anunció recientemente con gran fanfarria. Un paquete que significa más de lo mismo en un momento en que era indispensable y urgente cambiar de dirección.

Ese paquete, o más bien ese paquetucho, reduce a dos las tasas de cambio oficiales, pero mantiene intacto el error garrafal del sistema, a saber: la obstinación del régimen bolivariano a dictaminar cuál debe ser la tasa de base en vez de dejar al mercado determinarla.

Como resultado de esa obstinación, la corrupción seguirá encontrando ahí un fértil caldo de cultivo, pues los jerarcas del régimen podrán continuar procurándose divisas a tasas oficiales artificialmente bajas para luego revenderlas a la tasa del mercado y de ese modo obtener pingües beneficios.

Un desastre similar han causado los llamados “precios justos”, que, en realidad, más que justos son asfixiantes: los precios estipulados por el régimen no alcanzan para cubrir los costos de producción, lo que ha agravado el desabastecimiento de artículos de primera necesidad, el “bachaqueo” y, a fin de cuentas, la corrupción.

Las “ideas geniales” de Maduro son un fiasco total. Hace unos días vino con la historia de los conucos urbanos. Hay que estar muy perdido en economía para decretar con bombos y platillos la promoción de ese tipo de organización propia de sistemas arcaicos, precapitalistas.

Luego anunció la decisión de poner la producción de petróleo bajo el control de las fuerzas armadas. ¿En qué podría esa medida mejorar la eficiencia del sector petrolero de Venezuela? ¿Dónde está el peritaje técnico de los cuerpos castrenses en la materia?

Y ni qué decir del recién adoptado aumento del salario mínimo. Una nueva burla al pueblo venezolano. Pues dicho aumento es ínfimo comparado con la erosión del poder de compra de la población en lo que va de gobierno de Maduro y será reducido a nada, en cuestión de meses o semanas, por una inflación galopante que las nuevas medidas van a exacerbar.

Como si esto fuera poco, ahora Maduro insinúa que el imperio está detrás de un supuesto “bloqueo financiero”. No es capaz de comprender que las dificultades por las que atraviesan su gobierno y Pdvsa para pagar los intereses de la deuda externa y cubrir los vencimientos de la misma en el año en curso tienen como origen no una conspiración del imperio, sino la debacle económica del país.

A esto viene a añadirse la renuencia de China –que nadie osaría acusar de apoyar un bloqueo financiero promovido por el “imperio”– a otorgar una moratoria o recorte al envío de cerca de 500.000 barriles diarios de petróleo venezolano como pago de los 45.000 millones de dólares de la deuda contraída por Venezuela con entidades de aquel país.

No es el “imperio”, sino el mercado, el que está dando al traste con el socialismo de Nicolás.

La obstinación de mantener en prisión a Leopoldo López y otras figuras de la oposición es otra muestra diáfana de la ineptitud e intransigencia política del ocupante de Miraflores.

A causa de tal obstinación, Maduro y su régimen están perdiendo, en términos de simpatía popular e imagen internacional, mucho más de lo que políticamente podrían ganar tratando de amedrentar a la oposición a golpe de atropellos y encarcelamientos injustificables.

El hecho de que Leopoldo López, Antonio Ledezma y Daniel Ceballos no pudieran presentarse a las elecciones del 6-D, como tampoco pudo hacerlo María Corina Machado, no impidió en lo más mínimo la humillante derrota del madurismo y el apabullante triunfo de la oposición en esos comicios.

Maduro no aprende de sus errores. Haber lanzado las huestes del Sebin para impedir que el premio Nobel de la Paz Oscar Arias pudiese visitar al alcalde Ledezma (bajo arresto domiciliario preventivo desde hace un año) es reflejo de la ausencia total de racionalidad en las decisiones que se toman en el Palacio de Miraflores. Con esa insensata prohibición Maduro develó una vez más a la faz del mundo la naturaleza antidemocrática del régimen que él preside.

El malestar político es tal, y la determinación de los venezolanos a sacudirse de Maduro es tan firme, que por cada político encarcelado surgen de las entrañas del pueblo muchos otros decididos a encarar y combatir al funesto y desgastado régimen madurista que desgobierna Venezuela.

El temple de Ramos Allup, de Gaby Arellano, de Freddy Guevara, de Marialbert Barrios (para citar solo algunos de los paladines de la oposición presentes en la nueva Asamblea Nacional) es la mejor prueba de que la represión madurista fracasó en su objetivo de intimidar a la oposición.

A este cuadro sombrío cabe añadir que en las filas del movimiento bolivariano se disimula cada vez menos la intención de deshacerse políticamente del sucesor de Chávez.

No es el imperio, sino los venezolanos chavistas y no chavistas quienes pretenden revocar el mandato de Nicolás.

Es esa firme intención de salir de Maduro, compartida por ambos campos del espectro político venezolano, la peor pesadilla que acosa al ocupante de Miraflores en sus noches y en sus días.