• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

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Maduro entrampado en la Ley de Amnistía

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No hay que ser un genio para darse cuenta de que algo raro está ocurriendo con la actitud del inquilino de Miraflores respecto a la Ley de Amnistía votada recientemente por la Asamblea Nacional. Después de haber afirmado en varias ocasiones que vetaría esa ley tan pronto como fuese aprobada por el Poder Legislativo, ahora se contradice anunciando que consultará al pueblo antes de tomar cualquier decisión.

¿Qué habrá inducido al presidente de Venezuela a cambiar repentinamente su posición? ¿Por qué saca ahora del bolsillo ese invento de la consulta popular después de haber anunciado sin ambages que no refrendaría esa ley en caso de ser adoptada por la Asamblea Nacional?

El fenómeno es tanto más extraño cuanto que la consulta convocada por Maduro se caracteriza por su imprecisión. En efecto, como señala el diario madrileño ABC, el presidente venezolano no ha dado detalles de los términos y condiciones en que dicha consulta tendría lugar. Por otra parte, la movilización de los chavistas ha sido más bien tímida y sin fanfarria.

A juzgar por esos detalles, diríase que Maduro prefiere que en la susodicha consulta no se refleje un fuerte rechazo a la Ley de Amnistía. ¿Por qué?

La clave del enigma bien podría radicar no solo en el masivo repudio internacional que ha suscitado el mantenimiento en prisión de decenas de opositores, sino también, y sobre todo, en los recientes llamamientos –muy particularmente el del papa Francisco– en pro de un diálogo constructivo en Venezuela.

Vale añadir que Estados Unidos –país con el que Maduro ha estado tratando, hasta ahora sin éxito, de reanudar relaciones diplomáticas a nivel de embajador– ha reiterado en varias ocasiones su llamado a la liberación de los presos políticos y al inicio de un “diálogo nacional” en Venezuela.

Ante tanta presión, no es de extrañar que sectores oficialistas estén cuestionando el empecinamiento de Maduro, secundado públicamente por Diosdado Cabello, en querer vetar la Ley de Amnistía adoptada por la Asamblea Nacional. En las filas del chavismo no todos pueden ser tan obtusos como Maduro y Cabello; no son pocos los que se dan cuenta de que no tiene sentido seguir manteniendo en prisión a Leopoldo López y otros dirigentes políticos y miembros de la sociedad civil.

Así, pues, es posible que el costo político que Maduro está pagando por su obstinación en la materia lo haya obligado a dudar sobre el beneficio que él podría obtener vetando la ley en cuestión.

Pero como Maduro ha declarado repetidamente y a los cuatro vientos que vetaría dicha ley, se ve en la necesidad de recurrir a un subterfugio que le permita salvar las apariencias. Y para ello, ¿qué mejor que culpar a los venezolanos por no haber participado militantemente en la consulta pública que tan tímidamente convocó, ni haberse movilizado masivamente para repudiar la ley en cuestión?

 “Como no me respaldaron, no me queda otro camino que aprobar la ley”, podría ser la reacción de Maduro ante el fiasco de la consulta.

El presidente Maduro ya tiene experiencia en amenazar con hacer algo y luego, ante la presión nacional e internacional, echarse atrás. Lo hizo en torno a las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre: primero afirmó que había que ganar esos comicios “como sea”, amenazando con “lanzarse a la calle” en caso de una victoria de la oposición, para luego tragarse sus palabras y aceptar a regañadientes el veredicto popular.

Maduro también ya ha recurrido a la estratagema de culpar a los venezolanos por algún desenlace desagradable para él y su régimen. Lo hizo después de la paliza electoral que recibió el 6 de diciembre, cuando declaró: “Lamentablemente en estos años, así lo dijimos, no contamos con la misma lealtad para la política y el sistema electoral”.

Y si tuvo el tupé de echarle la culpa de la derrota del 6-D a la falta de lealtad de los venezolanos, ¿por qué no echársela una vez más –arguyendo que no participaron masivamente en la consulta pública sobre la Ley de Amnistía votada por la Asamblea Nacional– para salir del embrollo en que él mismo se metió?

De actuar de esa manera, Maduro dejaría mal parado a su amigote Diosdado Cabello, quien se atrevió a declarar que la ley “no se va a ejecutar” y que Leopoldo López seguirá en prisión.

Pero en esto también hay precedentes. Maduro dejó mal parado a Diosdado Cabello cuando no le ofreció ninguna función de envergadura –como por ejemplo la vicepresidencia de la República– después de que Cabello perdiera la presidencia de la Asamblea Nacional. Y si ya se deslindó de Cabello en el pasado, ¿por qué no ponerlo una vez más en dificultades liberando a Leopoldo López?

Por supuesto, la ineptitud de Maduro no cesará de sorprendernos; no tiene límites. Es por tanto posible que a pesar del fiasco de la consulta pública, él pretenda argumentar que la misma constituyó un flagrante repudio popular a la Ley de Amnistía, justificando de esa manera espuria su eventual veto a la misma. Un argumento de esa naturaleza no tendría nada de convincente, pues es el Poder Legislativo elegido por el pueblo, y no unos cientos de chavistas movilizados para la ocasión, lo que le da legitimidad a la ley.

Sea lo que fuera, el daño que el empecinamiento del propio Maduro le ha causado a su imagen y peso político es irreversible. Si libera a los opositores encarcelados, como tarde o temprano tendrá que hacer, la medida será considerada como una manifestación de debilidad política, lo que habrá de fragilizarlo más de lo que está. Y si los mantiene encarcelados, la presión internacional ahondará las profundas divisiones que ya existen en el seno del chavismo y que bien podrían dar al traste con la permanencia de Maduro en Miraflores.

Dicho de otro modo, esta vez a Maduro no lo salva nadie.