• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

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Fabio Rafael Fiallo

Maduro ataca pero no atina

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Las colas se alargan. La inflación se acerca a los tres dígitos. El bolívar se desploma. Las empresas del Estado no funcionan. Pero en vez de corregir el tiro y formular políticas coherentes, el Presidente Maduro se las pasa haciendo anuncios rimbombantes sin ninguna efectividad.

Afirma que le va a “torcer el brazo” al mercado paralelo, sin impedir que la tasa de cambio alcance niveles inauditos. Le declara la guerra a la “burguesía parasitaria”, sin por ello lograr reducir el desabastecimiento. Denuncia conspiraciones del “imperio”, sin aportar la menor prueba de sus acusaciones. Busca una acción concertada de la OPEP frente a la caída del precio del petróleo, sin conseguir que la OPEP obtempere a su pedido.

En cuanto a la política macroeconómica (fiscal y monetaria), son puros disparates lo que sale de Miraflores.

El 22 de octubre Maduro anuncia que pondrá en práctica una “estrategia anti-cíclica para afrontar la baja circunstancial del precio del petróleo”, lo que significa un aumento del gasto público y de la emisión monetaria.

¿Es que en los alrededores de Miraflores no hay nadie, con conocimientos elementales de economía, que pueda explicarle al ínclito presidente que el problema de Venezuela no es una caída coyuntural (“circunstancial” como dice él) de la economía, en cuyo caso sí podría justificarse una política anticíclica, sino que se trata de una desarticulación estructural, crónica, fruto de expropiaciones desatinadas, controles de precios asfixiantes, tasas de cambio insostenibles, creación de dinero inorgánico inflacionario y manejo atroz de empresas y recursos estatales?

Y como el problema no es coyuntural sino estructural, es preciso adoptar medidas económicas radicalmente diferentes.

¿Acaso tampoco nadie le advirtió a Maduro que no se podía anunciar una política “anticíclica” como si se tratase de algo nuevo, pues los instrumentos típicos de dicha política – aumento del gasto público y de la emisión monetaria – han venido siendo torpemente utilizados hasta la saciedad desde mucho antes del anuncio del 22 de octubre sin producir resultados positivos?

La incongruencia no se detuvo ahí. Al mes siguiente, Maduro dice que, para hacer frente a la baja de los ingresos petroleros, va a reducir el gasto público.

Dicho de otra forma, en octubre Maduro intenta hacer frente a la caída de los ingresos petroleros con una estrategia “anticíclica” (lo que, cabe repetir, implica aumentar el gasto público); pero en noviembre anuncia una reducción del mismísimo gasto público para hacerle frente al mismo problema.

A la luz de tan escalofriantes incoherencias, a nadie le puede extrañar que la revista The Economist haya calificado a Venezuela de ser “probablemente la economía peor dirigida del mundo” http://www.economist.com/news/americas/21618782-probably-worlds-worst-managed-economy-oil-and-coconut-water. Como tampoco puede extrañar que el rendimiento de los bonos del Estado venezolano, es decir, el precio que el gobierno venezolano se ve obligado a pagar para tomar prestado en los mercados internacionales, alcance actualmente la cifra exorbitante de 20% (a guisa de comparación, el rendimiento de los empréstitos bolivianos es de alrededor de 5%). Como finalmente no ha de extrañar que la deuda pública venezolana sea la que más caro cuesta asegurar en contra de un eventual impago: por cada 100 millones de dólares de bonos del Estado, la póliza de seguro (credit default swap) vale 48 millones. 

La venta por parte de Venezuela al banco Goldman Sachs de la deuda petrolera contraída por la República Dominicana, venta realizada con un descomunal descuento de 59% confirma la desesperación del gobierno de Maduro por obtener divisas para impedir, o al menos retardar, el colapso de la economía venezolana.

Lo más bochornoso para Maduro es que gobiernos aliados del continente dan muestras de un pragmatismo en política económica que brilla por su ausencia en Miraflores.

Daniel Ortega en Nicaragua crea condiciones propicias a la inversión extranjera. Maduro no. Rafael Correa en Ecuador tiene bajo control la inflación (gracias, dicho sea de paso, a la dolarización de la economía). Maduro no. Evo Morales en Bolivia negocia y se reconcilia con el sector empresarial. Maduro no. Dilma Roussef en Brasil no esconde su intención de conducir una política económica compatible con las leyes del mercado. Maduro no. José Mujica en Uruguay puede ostentar una honorable tasa de crecimiento económico de 4%. Maduro no.

Sólo la Argentina de Kirchner se compara a la Venezuela de Maduro en materia de insensatez económica. Por eso la economía argentina va tan mal.

Maduro vive en el mundo de lo absurdo, reñido con la realidad. Lo mostró de nuevo recientemente cuando afirmó que va a “golpear el dólar paralelo y fantasma”. De haber abierto un diccionario de español, hubiera aprendido que el término “fantasma” se aplica a algo que no existe en la realidad. Y si el dólar paralelo es fantasma, ¿cómo lo podría golpear?

Maduro está dando bandazos como un toro herido, sin comprender que es su propia ineptitud – y no problemas “circunstanciales” o los pronunciamientos de tal o cual opositor injustamente preso o inculpado – lo que le puede asestar a su régimen la estocada final.