• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

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Maduro, Cabello y Flores al borde del abismo

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Los regímenes dictatoriales no suelen caer de la noche a la mañana. Previamente atraviesan un proceso de descomposición, de putrefacción, mediante el cual los compinches internacionales comienzan a atenuar o esconder su solidaridad. Las personalidades y los gobiernos que, sin ser aliados, habían mostrado simpatías por una dictadura a la deriva, se percatan de que les conviene distanciarse de la misma para evitar ser acusados más tarde de complicidad.

En el plano interno el proceso es similar. Sabiendo que las cosas están por cambiar, los miembros del régimen se hacen discretos y se ponen en secreto a barajar alternativas.

Esa dinámica de fin de reino se observa hoy con respecto al trinomio Maduro-Cabello-Flores que gobierna Venezuela a base de represión, nepotismo y corrupción.

¿Habrá notado usted, amigo lector, que sin desaparecer por completo, se hacen cada vez menos frecuentes las manifestaciones de solidaridad de los amigotes del ALBA a favor del régimen tricéfalo?

Otro signo que no engaña: la contundente carta del nuevo secretario general de la OEA, el uruguayo Luis Almagro, recalcando la ausencia de garantías para la celebración en Venezuela de elecciones libres y transparentes el 6 de diciembre próximo.

Cabe recordar que Almagro fue el canciller del gobierno de José Mujica, amigo de Hugo Chávez, y que fue elegido secretario general de la OEA con el beneplácito y apoyo del gobierno venezolano. Todo ese pedigrí no le impidió comprender dónde se encuentra el interés suyo y de su organización, a saber: rescatar el prestigio de la OEA y ponerla a la vanguardia de los anhelos de alternancia democrática y libertad que, de Buenos Aires a Caracas, están sacudiendo la región.

El escándalo en torno al arresto en Haití –por parte de la DEA (Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos)– de los “narcosobrinos” de la “primera combatiente”, Cilia Flores, constituye otro revés para el ya harto desprestigiado régimen venezolano.

El hecho de que, primero las autoridades de Haití, y luego las de la República Dominicana, hayan colaborado con la DEA –unas en la detención y transferencia a Estados Unidos de los “narcosobrinos”, las otras en la incautación de 80 kilos de cocaína encontrados en el yate y la mansión de lujo en una playa dominicana donde los mismos se alojaban– ese simple hecho, repito, es de por sí prueba fehaciente de lo poco que pesa hoy en día el régimen venezolano en el plano regional.

En efecto, tanto Haití como República Dominicana han sido beneficiarios del programa Petrocaribe creado por Hugo Chávez con el propósito de asegurar, o más bien comprar, el apoyo de la región a Venezuela en los foros internacionales.

Sin embargo, ambos países parecen haber comprendido que no tenían interés en recurrir a subterfugios legales o diplomáticos para obstaculizar la caza de los “narcosobrinos” en un momento en que, por sus interminables desmanes y su espantosa ineptitud, el chavismo se ha quedado desnudo moralmente y con pocos billetes en la cartera.

El escándalo de los “narcosobrinos” ha puesto al régimen venezolano en apuros inauditos.

Prueba de ello es el hecho de que los días pasan y ninguna reacción al respecto sale del Palacio de Miraflores.

Actitud comprensible a decir verdad. La pareja presidencial no sabe lo que los tremebundos sobrinos podrían estar dispuestos a declarar, o han declarado ya, a las autoridades judiciales estadounidenses a fin de ver sus condenas reducidas.

Con o sin reacción presidencial, los estragos políticos de este narcoescándalo serán considerables.

En las actuales circunstancias, ¿qué personaje del régimen querrá atar su suerte a la del trinomio gobernante? La hora ha llegado, o está a punto de llegar, de que cada quien dentro del chavismo tendrá interés en tomar distancia con respecto a la cúspide del poder. Algunos podrían incluso saltar la talanquera o ponerse en contacto con las autoridades judiciales estadounidenses con el propósito de llegar a un “sweetheart deal”, es decir, brindar información que les permita ponerse en regla con la justicia estadounidense antes del previsible derrumbe del régimen al que han servido.

Mientras tanto, ¿qué hace el trinomio gobernante? Pues bien, se empecina en reprimir a pesar de la reprobación internacional, impone tasas de cambio y controles de precios asfixiantes, utiliza un manido discurso –de “guerras económicas” y de “conspiraciones imperiales”– al que, ni dentro ni fuera del país, nadie toma en serio y, por último, burlándose abiertamente de los principios elementales de una democracia, amenaza con ocupar las calles para repudiar el resultado electoral del 6 de diciembre. Esos palos de ciego muestran hasta la saciedad que el régimen venezolano no da para más ni sabe adónde va.

Tan es así que incluso para el régimen castrista ha llegado el momento de plantearse la posibilidad de utilizar su apabullante influencia en la política venezolana y tratar de plasmar un cambio en la cúspide del poder en Venezuela, incluso a costa de provocar un mayor desasosiego entre los militares que ven con malos ojos la injerencia cubana en los asuntos internos del país.

Ya el régimen castrista ha demostrado su capacidad para deshacerse de quien se convierta en un estorbo. Prueba de ello es el general Arnaldo Ochoa, jefe de las tropas cubanas en África, a quien el régimen cubano llevó sin el menor sonrojo al paredón.

En Miraflores y el Palacio Federal Legislativo, el poder comienza a tener un sabor amargo: el de verse “traicionados” por los suyos o enjuiciados por una corte penal foránea, como otrora terminaron, en condiciones semejantes, Rafael Trujillo en República Dominicana, el general Noriega en Panamá, Slobodan Milosevic en ex Yugoslavia, y en China la viuda de Mao Tse-tung.