• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

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Chavismo: suicidio o revocamiento

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El control abusivo de los medios de comunicación, la remodelación de circunscripciones electorales con el fin de favorecer los bastiones tradicionales del chavismo, el inhabilitamiento y encarcelamiento de manifestantes pacíficos y figuras de la oposición, los insultos y las campañas de intimidación y otras fechorías perpetradas por el régimen comandado por Nicolás Maduro no fueron suficientes para contener y menos aun sofocar la voluntad de cambio del pueblo venezolano este histórico 6-D.

La alocución del presidente Nicolás Maduro, admitiendo la derrota de su partido, le brindaba la oportunidad de hacer un mea culpa y anunciar un cambio radical en su estilo de gobernar y en la orientación de su política económica.

Pero no, para eximirse de responsabilidad en el naufragio del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Maduro se empecinó en utilizar su lenguaje primario de siempre, hablando por enésima vez de “guerra económica” y de victoria de la “contrarrevolución”.

En su arrebato de irresponsabilidad, el heredero de Chávez llegó a culpar implícitamente a los chavistas de a pie del fracaso electoral, al afirmar: “En estos años no contamos con la misma lealtad”.

Maduro parece no estar en condiciones de comprender que la causa del desbarajuste electoral de su partido reside no en la falta de lealtad de los chavistas venezolanos, sino en un exceso de estupidez de la cúspide del poder.

Estupidez en la gestión de la economía. Cuando fue escogido por Hugo Chávez en su lecho de muerte, y bajo el hechizo de los hermanos Castro, lo que Maduro necesitaba era rodearse de economistas lúcidos capaces de explicarle que el camino de las confiscaciones punitivas, de las tasas de cambio distorsionantes, de los controles de precios artificiales, de un gasto público desenfrenado y de una corrupción rampante, iba a acabar con lo poco que quedaba en pie del aparato productivo en Venezuela. Pero Maduro optó por seguir aplicando los dogmas económicos de una ideología marchita e ineficaz, la del fracasado socialismo, de la que incluso el régimen castrista está tratando de distanciarse.

Estupidez, también, la desplegada a lo largo de la campaña electoral. ¿Cómo podía Maduro ignorar lo contraproducente que resultaba afirmar que había que ganar las elecciones “como sea”? ¿Le era tan difícil comprender la incoherencia que significa pedirle a la oposición firmar un contrato acatando de antemano el veredicto electoral, y al día siguiente amenazar con desconocer la voluntad popular si la misma era favorable a la oposición?

En cuanto al mantenimiento en prisión de Leopoldo López, Antonio Ledezma, Daniel Ceballos y decenas de opositores más, no cabe duda de que, además de constituir una flagrante violación de los derechos humanos más elementales, ese desafuero ha resultado ser otra crasa estupidez. En efecto, el mismo ha contribuido no a amedrentar a la oposición, como Maduro podría haber esperado, sino a acrecentar la estatura política de esos líderes y la simpatía y solidaridad que les profesan millones de votantes venezolanos.

La estupidez ha invadido incluso el campo en que Maduro había lidiado en la época de Hugo Chávez: el de la diplomacia. Tampoco ahí Maduro da en el clavo. Por más que trate, no logra obtener el espaldarazo ni del papa, ni del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, ni de la OPEP.

Por otra parte, los improperios proferidos contra Juan Manuel Santos, Felipe González, Mariano Rajoy, Luis Almagro, Mauricio Macri, y tantas otras personalidades de proyección internacional, han puesto al desnudo, ante los ojos de la comunidad internacional, el carácter intolerante, vejatorio y, por así decir, primario, de quien detenta el poder en Venezuela.

Más inquietante aún: cada día que pasa, Maduro parece deleitarse en la negación de la realidad. Dos días después de la paliza del 6-D, en su programa En contacto con Maduro, dio muestras de una ceguera política y de un menosprecio por la voluntad popular sin parangón.

En efecto, contradiciendo una declaración previa en la que había afirmado estar dispuesto a trabajar con la nueva Asamblea Nacional, arremetió contra la misma, anunciando que vetaría toda ley de amnistía y añadiendo: “A cada medida que tome la Asamblea le tendremos una reacción, constitucional, revolucionaria y, sobre todo, socialista”.

Lo que escapa del entendimiento de Maduro es que si rechaza una ley de amnistía votada por la Asamblea Nacional, le vendrá encima una presión internacional no menos apabullante que aquella que lo obligó a descartar un fraude y respetar el veredicto de las urnas el 6-D.

En el antedicho programa, también le dio por vilipendiar a los venezolanos que votaron mayoritariamente en contra de su gestión, increpándoles: “Ustedes votaron contra ustedes mismos” y añadiendo “yo les pedí apoyo y no me lo dieron”.

En esa ocasión, Maduro no se contentó con menospreciar al pueblo venezolano; le hizo un desplante a su propio movimiento político. Pues antes incluso de la reunión del PSUV que había convocado –supuestamente para realizar una “autocrítica” a la luz de los resultados electorales– fijó una posición de intransigencia total ante la nueva Asamblea Nacional. Con eso le hizo saber a sus correligionarios que la opinión de los mismos en la reunión por celebrar no valdrá un pepino en la línea que él adoptará.

Ante semejantes aberraciones, no son solamente los miembros de la oposición quienes podrían tratar de revocar a Maduro; son los jerarcas del chavismo quienes necesitan deshacerse políticamente, y cuanto antes mejor, del trinomio Maduro-Cabello-Flores y proponer caras nuevas dispuestas a corregir el tiro en economía, tender puentes con la sociedad civil y la oposición y jugar, en resumidas cuentas, la carta de la reconciliación nacional.

Ya se alzan voces dentro del movimiento bolivariano, pidiendo la dimisión tanto del ocupante de Miraflores como del actual presidente de la Asamblea Nacional.

Para el chavismo es de capital importancia decidir si suicidarse con Maduro, o retirarle su apoyo y prescindir de él.