• Caracas (Venezuela)

Fabio Rafael Fiallo

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Fabio Rafael Fiallo

Chavistas conscientes frente al madurismo decadente

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La democracia española tiene una imperecedera deuda de gratitud hacia quienes, con un coraje legendario, pagaron con prisión y tortura, incluso con la vida, su oposición a la dictadura del “comandante eterno” de la época, el generalísimo Francisco Franco. Al mismo tiempo, dicha democracia  no hubiera podido brotar y afianzarse – al menos no en la forma pacífica en que lo logró – sin el involucramiento activo del ex rey de España Juan Carlos de Borbón.

Nada parecía predestinarlo a desempeñar un papel tan crucial. Entronizado rey por la voluntad de Franco, Juan Carlos bien hubiera podido tratar de prolongar el franquismo más allá de la muerte de su mentor. Pero tuvo la lucidez de comprender que tal opción, por chocar con las ansias de progreso y libertad de los españoles, sería a la postre insostenible. Fue así como decidió desmarcarse del régimen que lo había aupado y volcar todo su peso político a favor de una transición pacífica y constitucional hacia la democracia.

Con matices ciertamente diferentes, lo que Venezuela está viviendo actualmente guarda gran similitud con la situación de España en las postrimerías del franquismo.

A semejanza de los disidentes del franquismo, la oposición venezolana padece hoy la férula de un régimen dictatorial. Y a semejanza de un Juan Carlos en el ocaso del régimen franquista, las condiciones están dadas para que de los estamentos políticos y militares del oficialismo surjan figuras dispuestas a izarse por encima de espurias polarizaciones y coadyuvar a la reinstauración de la paz, la concordia y el progreso del país.

Las condiciones están en efecto reunidas para que tal fenómeno tenga lugar. Primero, los resultados de la política económica del presidente Nicolás Maduro son desastrosos. Segundo, la caída de la popularidad del inquilino de Miraflores, con apenas 24% de aprobación en el último sondeo de Datanálisis, muestra que ni siquiera en las filas del chavismo concita un gran apoyo. Tercero, las disensiones dentro del chavismo se profundizan vertiginosamente y comienzan a salir a la luz pública.

De hecho, sectores del oficialismo evitan identificarse con un régimen incompetente, dictatorial, desacreditado y moribundo. No les entusiasma la idea de sucumbir políticamente junto a la impericia táctica, la falta de visión económica y el condenable desprecio por los derechos humanos de quienes hoy gobiernan Venezuela. Concomitantemente, la cúpula del poder, sintiendo crujir las bisagras de la unidad, desconfía cada vez más de sus propios correligionarios y multiplica la intimidación y los atropellos hacia los mismos.

Ya ni los chavistas se salvan de la represión. Un ejemplo: dirigentes pro chavistas de la base denunciaron recientemente una serie de asesinatos, encarcelamientos y persecuciones de compañeros que habían protestado contra la corrupción en la región de Barinas.

La notoria ineficiencia de la actual diplomacia venezolana es otro factor que tiene que darle urticaria al oficialismo. Mientras Cuba y Estados Unidos negocian el restablecimiento de relaciones diplomáticas, Nicolás Maduro arremete contra el presidente Obama, calificándolo de “rehén” del poder imperial que “terminó actuando contra su propio pueblo”. A Maduro se le escapó, pues, que como Obama todavía no había firmado las sanciones adoptadas por el Congreso de su país contra personeros del régimen venezolano responsables de violaciones de derechos humanos, quedaba una brecha abierta para la negociación que sus improperios pueden haber cerrado.

Con Maduro, el crédito diplomático de Venezuela se ha depreciado tan vertiginosamente como el bolívar en el mercado paralelo.

A ojos vistas, a Maduro le ha quedado grande el traje de estadista, y el pueblo se ha dado cuenta. Según el sondeo de Datanálisis, 71% de los venezolanos consideran que el actual presidente podría ser removido si se realizara un referendo revocatorio.

Ante un panorama tan sombrío, miembros del oficialismo tanto político como militar están conscientes de que distanciarse del actual régimen constituye la única forma de mantener un peso político en la Venezuela post-madurista, sin que esto implique, cabe destacar, propiciar acciones contrarias a la Constitución.

En realidad, quienes violan constantemente la carta magna son los actuales jerarcas venezolanos.

La violan cuando mantienen al Tribunal Supremo de Justicia y al Consejo Nacional Electoral como vulgares apéndices del Poder Ejecutivo. La violan cuando les suprimen competencias y confiscan recursos a las alcaldías y gobernaciones ganadas por la oposición.

La viola directamente Nicolás Maduro cuando usurpa el ámbito del Poder Judicial al declarar a propósito de Leopoldo López: “Yo dije va a una cárcel y así fue”. Usurpa de nuevo dicho ámbito cuando, reaccionando ante las sanciones propuestas por el Congreso estadounidense contra personeros de su régimen, y en momentos en que su admirado régimen castrista acuerda con Estados Unidos liberar a más de 50 prisioneros políticos,[4] se empecina en su actitud y afirma que Leopoldo López seguirá en prisión.

Los chavistas lúcidos observan con preocupación la gravedad de esos desmanes, la situación caótica de la economía de Venezuela, el descrédito de su diplomacia y, a final de cuentas, la insostenibilidad del régimen madurista.

No es de extrañar, pues, que para sobrevivir políticamente se estén planteando la utilidad de sumarse a la lucha en pro del rescate de la democracia – como lo hiciera Juan Carlos en España – haciendo uso por supuesto de las vías constitucionales.