• Caracas (Venezuela)

Eugenio Guerrero

Al instante

El pilar límite de la barbarie

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La relaciones humanas y el orden social que de ella emerge nos describen hechos tan relevantes que sin estos no podríamos dotar de sentido nuestra percepción del mundo. El hombre civilizado, en incesantes intentos de limitar el poder arbitrario y la trasgresión, con el propósito vital de acorralar -con éxito- la imposición e instrumentalización violenta para fines ajenos –lo que llamaríamos esclavitud-, recurrió evolutivamente a la propiedad plural: un orden espontáneo que sirve a la diversa pluralidad de metas y fines de los individuos.

La propiedad no sólo nace de la búsqueda de una relación instrumental de carácter material con el entorno; de evitar lo que Garrett Hardin en 1968 llamó La Tragedia de los Comunes, en resumen: es la situación donde en inexistencia de propiedad privada, todos pueden utilizar el recurso el cual termina depredado porque no existe la opción de excluir a las personas de su uso y, como es de todos y a la vez de nadie en específico, ninguno tiene la motivación de cuidarlo, defenderlo y mejorarlo –sin dejar pasar el hecho que esta institución se manifiesta, también, por la imposibilidad de usos sincrónicos: el uso del mismo bien con fines contrarios uno del otro, y al mismo tiempo; o en el momento de la apropiación originaria donde las personas mezclan su trabajo y creatividad en lo que denomina la antropología cultural “dominios privados” para el disfrute pacífico (el importante principio de no-agresión); o finalmente, (entre muchas otras características importantes) la distribución voluntaria de propietarios fraccionándola con otros individuos convirtiéndose estos en copropietarios. La descripción y afirmación jurídica del “uso, goce, disfrute y disposición” de lo que es propio de nuestro dominio.

Las implicaciones que nuestra propiedad juega en el entorno de convivencia va también más allá de lo anterior (que es de vital importancia). El asunto donde afirmamos que no puede hablarse de justicia sin propiedad. La propiedad no sólo otorga los derechos antes escritos sino que por medio de ellos limita,  -en un orden moral civilizado- el comportamiento instintivo, las pasiones primitivas del ser humano; lleva a quienes participan en tal civilización a que “restrinjan y limiten”, en palabras de David Hume, las pasiones por la apropiación indebida por lo costoso que resulta la sentencia social que los propietarios hacen al infractor; el “sacrificio de nuestra pasiones” primarias para mantener la convivencia y la preservación de la humanidad. Con miras a evitar el latrocinio, los propietarios cumplen reglas claras que la tradición y experiencia establece a través de los siglos y que pueden permitir a cada miembro por medio de la división del trabajo, conocimiento y el complejo proceso de mercado, perseguir sus metas propias con el nivel de certidumbre apropiado.

Establecido lo anterior, es difícil que tales normas civilizadas se cumplan si la base argumental de la política y sus políticos – luego la ciudadana- es contraria a la renombrada piedra angular de la civilización misma: la propiedad. Como la humanidad no está determinada y su constitución institucional es frágil, la libertad –que es el salto previo para que haya propiedad y justicia posteriormente– peligra en el seno de una formación cultural –típica de nuestras sociedades– propensa al estatismo. La veneración a un ente más parecido a un espectro que con supuesto ropaje de “legitimidad”, penetra en los cimientos de nuestros dominios privados para ir despedazando nuestras libertades. La propiedad garantiza nuestra Libertad por el simple hecho que edifica un eje para el disfrute de nuestra intimidad, reduce la capacidad moral del gobierno en influir en nuestras decisiones y comportamientos, nos hace independientes, además nos protege de la agresión estatal: es el entorpecimiento institucional a la coacción, venga de donde venga.

Por estas razones el socialismo y su programa inhumano desprecian tanto los derechos de propiedad. Tener que lidiar con individuos que están dispuestos a defender la propiedad de sí mismos –cada ser es dueño de sí– y la de su entorno material es un ciclópeo obstáculo al dictador y sus pretensiones totalitarias. La negación visceral al aceptar que la sociedad contractual y su entorno moral es naturalmente un enorme espacio donde millones de seres humanos desiguales, diversos, con distintos proyectos, personalidades y sueños convergen entre sí  generando una cooperación no planificada, esa anarquía que se autoregula que nombraba Whilhem Rokpe, la Gran Sociedad que describe Friedrich von Hayek, o la Sociedad Abierta que analiza también en profundidad Karl Popper; les complica cualquier proyecto jerárquico de control total encauzado a la sumisión y la destrucción de la autonomía del ser.

Nuestra responsabilidad ciudadana es desconfiar de aquellos que en su torpedo propagandístico prometen atentar contra la propiedad privada, tanto de los medios de producción, como la que es testigo de nuestra formación ciudadana en familia y en la que nos aparatamos para disfrutar de nuestra soledad e intimidad. La charlatanería excusada en un nueva “liberación” lo que busca es hacernos esclavos de los caprichos de una elite que no soporta la disidencia y la discrepancia que tan natural a los asuntos humanos es.

Por eso no debemos extrañarnos que los saqueos que hoy en día padece nuestra nación, no es más que el fruto de esta cultura del irrespeto y el abuso impuesta por los socialistas, campeones del robo institucionalizado. Esos que quietos no se quedan hasta que el último grumo de algodón salga del bolsillo del contribuyente. Cuando ya terminan con gran parte del dinero de los demás, invitan a que sus víctimas en lugar de acusarlos por tal magno violento desfalco, acaben con lo que les queda a sus vecinos, a los comerciantes, que el día de ayer eran los amigos que con trabajo duro les proporcionaban variedad de productos a cambio del dinero en una transacción voluntaria y libre. Por esto mismo no hay doctrina política más antisocial que el socialismo: sus resultados terminan fraccionando a la sociedad, haciendo enemigos a los que hasta ayer eran amigos; colocando al robo una justificación, a la invasión un sentido de “justicia” y al terror en las calles una excusa política revolucionaria para exterminar a quien era hasta hace pocos meses o años, un ciudadano más igual ante la ley.

Ya Montesquieu, en su clásico, hizo mención en diversas secciones al efecto civilizador que tiene la propiedad y el comercio, el cómo de la barbarie se pasa a un estadio pacífico de convivencia por medio de los intercambios libres y voluntarios: “El comercio es una cura para los prejuicios más destructivos; por ello es casi una regla general, que dondequiera que encontremos tratos agradables, ahí está el comercio prosperando; y donde quiera que haya comercio ahí nos encontraremos con los modales más agradables”. No es un un hecho casual que en naciones donde se promueven iracundas actitudes en contra la propiedad y el comercio,su civilización y convivencia peligran, de manifiesto lo pone la profunda crisis moral que enfrenta lo que queda de coexistencia en nuestro país. Al contrario, vemos cómo en las naciones donde los derechos de propiedad son respetados la innovación y el progreso son causa-efecto del despegue por la senda triunfo.

Un muerto y 60 detenidos por saqueo en San Félix, no es más que el titular y noticia consecuencia de lo anterior, uno de cientos silenciosos sucesos que lo mismo ejemplifican y que en un ámbito de muchos constata lo pernicioso del actuar de un régimen que trasgrede, persigue y se opone al arbotante que conecta a la humanidad con la moral civilizada: ¡la propiedad privada! Aquel pilar límite de la barbarie. 

 *Miembro de Cedice Joven