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"Desde temprano sabía que quería ser artista"

Solveig Hoogesteijn, cineasta y directora

Solveig Hoogesteijn, cineasta y directora

Ha dedicado su vida al cine y una de sus películas más importantes es Macu, la mujer del policía . Se considera una persona atrevida y optimista

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Cuando los padres de Solveig Hoogesteijn ­de origen alemán y holandés­ decidieron mudarse a Caracas sólo había pasado un año del nacimiento de su hija en Suecia. Creció en San Bernardino rodeada de dos realidades: su tradicional casa europea, donde la pintura, los libros y los idiomas se convertían en el día a día, y el criollo hogar de sus vecinos del que recuerda inmensos altares de culto a los santos, muchos animales y criadas que pilaban el maíz para preparar las arepas del desayuno. Luego cursó dos años de Letras en la Universidad Central de Venezuela y obtuvo una beca para estudiar Cine en Alemania.

--¿Cómo nació su interés por el arte? --A la casa llegaban de visita muchos amigos artistas y siempre me dio la impresión de que eran personas más felices que los demás. Eran exuberantes, expresaban sus ideas, disfrutaban la conversación, la comida, la bebida y la amistad. Cuando empecé a tener conciencia propia también reconocí que lo que perdura a través de la historia es, justamente, el arte y todas sus expresiones. Si hoy en día veo una pintura renacentista todavía la disfruto. Desde temprano, sin saber cuál sería la rama a la que me dedicaría, sabía que quería ser artista.

--¿Cuál ha sido la experiencia más importante como directora de cine? --Siempre el rodaje es lo más importante. Tengo experiencias especiales como mi primer largo: El mar del tiempo perdido. Tuve poco dinero y la incapacidad de pagarles a los técnicos. Así que me tocó hacerlos partícipes de la película e irme con ellos a Río Seco, un pueblo en Paraguaná, estado Falcón. Ahí dormimos en chinchorros. No había agua potable. Pero hicimos una película que, mal que bien, ganó cuatro premios internacionales. La mística que acompañó el rodaje de esa película fue extraordinaria. También Manoa fue muy interesante. Fuimos un equipo de siete personas que viajamos por todo el país e hicimos un largometraje que me llevó hasta Cannes. Una gran experiencia por la inteligencia de su diseño de producción fue Macu, la mujer del policía. Los exteriores los filmamos en el barrio Chapellín e integramos a la comunidad en el trabajo.

--¿Con cuál de todos sus filmes se identifica más? --Es una pregunta difícil. Es como preguntarle a una madre con cuál de sus hijos se identifica más. Manoa es tal vez mi ejercicio más libre. Macu dramatúrgicamente es más interesante y la filosofía de Maroa es la más madura. No tengo en realidad una preferencia. Todas han sido etapas y experiencias, aunque siempre está allí la preocupación por interpretar nuestra realidad.

--¿En qué se inspira para escribir historias para cine? --Es tan complejo como la vida. Puedo leer un poema, un cuento o un artículo de prensa, que son la primera semilla.

Las fuentes de inspiración son muchas y en cada película son diversas. En Maroa fue el sistema de orquestas como fenómeno y la pregunta de base fue cómo es que un niño que crece en un barrio oyendo guaracha, hip-hop o salsa puede engancharse con Mozart. Ahí está el misterio, más que en ese milagro de una organización en la cual los maestros son los grandes héroes, además de su fundador, el maestro Abreu.

--¿Qué es lo que más disfruta de ser la coordinadora de proyectos del Trasnocho Cultural? --Es muy diverso. Puedo ver buen cine, ayudo en la escogencia de las obras de teatro, coordino todas las actividades... Es decir, si en la librería se exponen unas fotos, tengo que cuidar que no adquiera características de una galería para que no se solape con la sala Tac. Tal vez lo más interesante es haber reunido a un grupo de gente que no sólo son excelentes profesionales, sino que se dedican con alma e inteligencia a lo que hacen. Eso permite tener un abanico amplio de oferta al público. Nuestra meta fue construir un nuevo modelo gerencial de un centro cultural, que viva sólo del ingreso del público.

Viviendo una realidad. Aunque Hoogesteijn identifica a Venezuela como su país, extraña la modernidad que se respiraba en Caracas años atrás. Actualmente, está divorciada de su segundo esposo y tiene un hijo.

--¿Qué rasgos de su personalidad deben atribuirse a la nacionalidad sueca? --Soy atrevida y optimista, pero hay una pequeña desubicación. A pesar de todos los años que he vivido aquí y de que este país es con el que me identifico, todavía me sorprendo y digo: "Aún no conozco al venezolano", porque la historia colectiva nos trae fenómenos que para mí son difíciles de comprender y de aceptar. Creo que si bien he tenido la valentía de abrirme al venezolano, hasta llegar a gustarme mucho su idiosincrasia, también me he dado cuenta de que desprecio ciertos rasgos. Es una situación difícil porque todo ser humano desea pertenecer, pero siempre prevalece una mirada distinta que marcó muchas decisiones en mi vida.

--¿Qué significa Caracas para usted? --Caracas, tan querida y a veces tan detestada. Los caraqueños siempre terminamos diciendo: "Ay, pero tenemos el Ávila". Y eso es verdad porque esa montaña tiene esos árboles maravillosos. En los sesenta y setenta fue una ciudad de una hermosura mundial. Su arquitectura, sus avenidas, su calidad de vida eran enormes.

Aquí se vivía en una verdadera modernidad. La falta de respeto a esa historia y el deterioro de las edificaciones inducen a la violencia.

--Si pudiera ponerle a Caracas algo de otra ciudad, ¿qué sería? --La amabilidad de Munich, Hamburgo, Madrid o Sevilla.

--¿Y a qué sitios de la capital disfruta ir? --A Colinas de Bello Monte por la vista, al Ávila y a Chacao a caminar, y al centro. Me gustan las veladas íntimas en casa de mis amigos y me encanta venir al Trasnocho, porque aquí me siento segura y siempre hay algo que hacer.