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La vida mantuana

María Fernanda Di Giacobbe, chef | Omar Veliz

María Fernanda Di Giacobbe, chef | Omar Veliz

En la serenidad de una casa que se abre como en un gran abrazo al jardín, entre libros de arte y del cacao, la chef venezolana corteja sus días con flores que corta del patio y mesas sencillas en su solemnidad

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Allí, en la cocina, entre algunos libros de buena mesa, está firme un san Benito. “Cocina sin san Benito no tiene comida”, dice en la melodía de su voz la chef María Fernanda Di Giacobbe. En esos días de afanes y ceremonias, de manteles y copas servidas, saca a lucir alegre y festiva el rescate de su vajilla familiar. Unos platos de la abuela Aurora o unas tazas de la tía Consuelo en los que comparte con gusto su buena sazón. Esas porcelanas del compartir que ella conserva muy bien tanto como sus libros de arte, de literatura y del cacao son parte de sus tesoros. “Me gustan las cosas que se usan a diario: las copas, los platos, los cubiertos, la mesa con mantel, floreros con flores. Para mí la vida está en los detalles sencillos y cotidianos”.

A la entrada de la casa una máquina de coser antigua en el borde de la puerta. Las paredes exhiben algunas obras hechas por ella misma como una con corchos de botellas de vino. En el jardín, ese en el que las tumbergias caen en cascada desde una pérgola, el pequeño estanque reposa manso cubierto de flores de agua y la caña fístola pavonea todo su amarillo en las ramas, allí está una muestra de una de las pasiones reservadas de Di Giacobbe que es la escultura. Dos obras de maxiformato que ha diseñado desde el reciclaje. Una de ellas es como el esqueleto de un gran mundo que se balancea y que hizo con vigas de construcción. “Yo creo en el reciclaje de las cosas. Me asusta la basura, por eso me gusta realizar esculturas con desechos”.

En esa casa como remanso, con su sofá, muy cerca de la chimenea con la leña ennegrecida después de una noche de frío, con vista al verdor y rodeada de sus afectos que se traducen en una lata en donde guardaban la manteca del cacao o los pequeños animales de artesanía que colecciona, Di Giaccobe habita la calma lejos de los agites de una Caracas furiosa. “Me gusta el tiempo que le robamos a la ciudad, por ejemplo, cuando me pongo a cortar unas flores del jardín. Yo creo que hay que cambiar el rumbo. Me acompaño de objetos que evocan la paz, de disfrutar las pequeñas cosas de la vida. Me gusta el hecho de reconocer la belleza y compartirla”, cuenta Di Giacobbe con esa sonrisa plácida e imperturbable de las voluntades ajenas a las premuras.

Su inventario de objetos lo cuida tanto como lo comparte. Porque es una mujer amable, de los gestos cotidianos y sinceros y de los placeres de festín. Reconoce que ya no colecciona como antes, pero confiesa que sí está atada a la emoción de sus pequeños tesoros. “Me encantaría decir que no soy de apegos, pero no es verdad. Soy como un samán con mucha raíz. No me es fácil ni mudarme ni dejar las cosas. Me gusta acá, la alegría, el sol, la sonrisa de la gente tanto como la naturaleza de mi país”. Como ese follaje verde de este terruño que contempla desde su casa cuando se toma su cafecito cada mañana.

Mundo de papel

Como un tesoro de papel, entre su colección de mapas, tiene este planisferio italiano elaborado en 1375. “Me gustan los mapas antiguos porque dan una concepción de cómo podía ser la tierra. También los libros que tienen que ver con la cosmogonía y que expliquen, ya sea en pemón, wayúu, griego o romano el origen del universo”.  
 
Naguará de gato

En un viaje en carretera Venezuela adentro, la chef María Fernanda Di Giacobbe se trajo un gato tallado en madera por el que siente especial afecto. “Está hecho desde la forma de la raíz de un árbol por un niño como de 7 años, hijo de artesanos, de Quebrada Seca, en el estado Lara. Este gato es mi conexión con el arte autóctono y con la infancia”.

Pocito de vida

Como en una alegoría a la existencia que brota desde la naturaleza bendita de nuestra tierra la chef en esta vasijita de gres de la escultora María Pont da refugio en noble gesto a un puñadito de semillas de caña fístola. “Para mí esto es como una pimpina que contiene la vida”.
 
Pececito nipón

Desde que vio al pececito tallado en madera en un mercado de Kioto, Japón, sabía que tenía que llevárselo a casa. “Son objetos que te escogen”, cuenta Di Giacobbe. “Este pez es un botón de los que se usaban en los vestidos de los emperadores y de la nobleza japonesa”.
 
Jesús frente al jardín

Sobre un mueble de la sala atestado de libros de arte y literatura, reposa, mirando al jardín, la imagen antigua y envejecida de un Corazón de Jesús de principios de siglo pasado que custodia la casa. “Debe tener como 100 años. Se lo regalaron a mi abuela el día de su boda”, reconoce María Fernanda Di Giacobbe.
 
De concha de coco

En la evocación de la Venezuela mantuana tiene este coco chocolatero, especie de taza de concha de coco con base y asas de plata diseñada por Alicia Armand. “Acá el chocolate se mantiene caliente. Este tipo de objetos en la Colonia llegaron a ser muy importantes y va mucho con mi pasión por el cacao venezolano”.
 
Flores en casa
Siempre está en la sala este florero azul con algunas flores recién cortadas del jardín o que le regala algún vecino. “Debe ser una pieza muy económica de época, pero para mí es una pieza muy bella”, dice la chef.

Fetichista yo

“Me encanta coleccionar vajillas, muchas las he rescatado de mi propia familia y me gusta utilizarlas porque para mí no son para tenerlas guardadas. Esta jarrita de Bavaria era de mi mamá. En mi casa siempre fue muy importante la mesa. Lo único que se hacía era trabajar como locos, poner la mesa y sentarse a comer”.