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El rescate antropológico

En su taller en San Martín está rodeado de maravillas de culto que él mismo ha recuperado del abandono: desde radios antiguos hasta soldaditos de juguete

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Casi al centro, sobre ese piso con manchas y gotas de pintura como una obra del tiempo y el accidente, un lote de baldes con brochas y pinceles abandonados en el remojo. Los nuevos lienzos, algunos aún sin terminar, cuelgan de las paredes en el acecho constante, en ese desafío diario que hace que el pintor Starsky Brines los mire para examinar si necesitan otro gesto, otro manotazo de color.

“A mis pinturas necesito verlas juntas, cómo se confrontan, para saber si una grita más y una grita menos”, da señas de su proceso. Más allá cinco obras de la artista plástico Erika Ordosgoitti junto a unos bocetos a propio pulso. En una pared contigua cuelga un pequeño contingente de ferretería: tijeras, tirros, seguetas, rollos de alambre, una escuadra de madera, un martillo. En el medio de ese caos un cuadro de Juan González Bolívar, fotos de Rafael Serrano, un cuadro de José Vívenes, una obra Carlos Enríquez González. “Me gusta coleccionar arte”, reconoce.

En ese taller tiene un reservorio infinito de objetos porque Brines es un coleccionista irreductible, un acumulador de lo insólito o inimaginable. Allí tiene desde la sirena de una ambulancia, el esqueleto de un semáforo hasta carretillas de mercado. “Con mis objetos tengo una necesidad de aprehensión. A mí el desarraigo me causó dolor e incertidumbre y quizás mis objetos empezaron a llenar ese espacio”, desliza desde la nostalgia el artista en recuerdo de aquellos días que abandonó Maturín. En una mesa hay una confusión de libros, fotografías, recortes, borradores. En los merodeos unos potes abiertos con la pintura seca. En un pequeño mueble de madera tiene escrita la frase: “Cuando pinto no pinto”. Más allá una caja de enfermería con municiones de pasteles dentro. “Como artista quiero tener objetos con memoria e historia, por eso siempre estoy coleccionando cosas”.

Desde ese rescate logra salvar tesoros de la miseria y el abandono. “No me da pena revisar un basurero. Soy rescatista de cosas, me parece hasta poético”, cuenta convencido. “Lo mío es una antropología urbana”. Y en esos apegos junta objetos de forma aleatoria, pero sensible. En sus estantes es difícil hacer un inventario visual de todo lo que allí hay. Es fácil perderse en la curiosidad y el asombro. Entre libros de Montejo y de Pessoa, entre carritos de juguete, están sus pequeñas maravillas. “Yo sé todo lo que tengo acá. Fui muy ordenado en un momento de mi vida, pero ahora tengo otra consciencia del orden, tengo más libertad. Ya no quiero obsesionarme con el orden”, cuenta como una proclama personal.

Allí, en ese búnker, es donde pasa los días con los trazos al lienzo, esos días largos que se vuelven noches. “En este taller el tiempo se me pasa rapidísimo, el tiempo se me acaba tanto que el hambre molesta y estorba. Estar en mi taller es una obsesión, amo este espacio, pero a veces también necesito salir de acá”, cuenta en desahogo el artista. “Hay un misterio en los objetos de los que me he hecho rodear, en algunos casos puede ser una intención plástica, una relación conceptual, un gusto”, reconoce en confesión. Esos objetos que lo acompañan, que son a veces la inspiración de una obra o parte de la obra misma. “Todo artista tiene que tener cosas del mundo”, asoma. Como su colección de las pequeñas maravillas que dan vida a su taller, ese que se ha vuelto su pequeño lugar en el mundo.


Los objetos

El conejito siniestro

No recuerda cómo llegó a su taller, pero si hace memoria sólo le da a pensar que no sabe desde cuándo ha estado con él. El conejito de juguete está siempre en alguna esquina entre pinceles y pinturas. “Llegó solo acá. No sé de dónde salió. Me gusta por la metáfora de: “eres un conejo, eres una presa”. Es absurdo y siniestro, y siempre se mimetiza entre todo lo que hay en el taller”, cuenta Brines.


La bombilla roja

Allí, arriba de una de las puertas del taller, está la luz de una ambulancia como otra de esas curiosidades de culto. “Tiene que ver con ese punto rojo, con los códigos visuales que uso. Es hermoso y fuerte”, da cuentas el pintor. La bombilla de la sirena de la ambulancia está apagada, sin la intermitencia de su peligrosa estridencia. “Tiene que ver también con la violencia como un retrato de nuestra ciudad”.


De Mickey a Chaplin

Una foto de Chaplin, otra de Mickey Mouse, un carro rojo son los recortes de ese collage que hizo de niño cuando contaba con 8 años y que cuelga de una de las paredes del taller. “Este collage lo conseguí con el tiempo, nunca lo usé como un antecedente en mi obra, pero es revelador porque se podía identificar mi búsqueda y lo que siempre me ha interesado”, avala Brines.


La trompita colorada

Una de las obras que guarda con más afecto Starsky Brines es ésta que pertenece a su primera individual en 2006. “Este cuadro fue un atrevimiento en su momento, es muy minimalista, el punto rojo es la síntesis de la trompa de una vaca, que hacía la imagen más polisémica, pero para mí fue importante para identificar la obra”, aduce el artista.


El libro donde todo comenzó

Ese libro de fotografía titulado The way life was, que cambió a un señor en la Escuela Reverón por tres “telas” porque no tenía plata, tiene manchas de pinturas y frases sueltas de propio pulso e inspiración como: “El otro día me emocioné y pinté”. En él comenzó a intervenir las imágenes que ha sido parte de su obra. “Lo empecé a hacer cuando trabajaba en la serie Bestiario Urbano”, recuerda Brines.


El Fiat verde

De varios carritos de juguete que se pierden en las repisas de los estantes está este Fiat verde 2300s que compró en una quincalla cercana a su taller en San Martín. “Nunca lo tuve de niño y creo que todo se trata de eso un poco”, confiesa nostálgico Brines. “Mis objetos son a veces la intención de mi obra porque puedo pintarlos, replantearlos”, cuenta.


Mi amigo Juan

Parte de la fantástica colección de objetos de Brines que han sido importantes para su obra se la ha comprado a Juan Vicente. “Mi amigo Juan está solo, vive en las calles y llena su soledad con los objetos que recolecta”, razona Brines. Este cuadro es un homenaje a ese personaje de sus afectos y sus pinturas. “Lo admiro y valoro mucho, por eso este cuadro es mi apología al loco Juan”, sentencia el artista.


Fetichista yo

“Esta es una máscara de soldadura que intervine y expuse en la Galería de Arte Nacional. Me la regaló mi amigo Juan. Es parte de los objetos que me rodean en el taller. Para mí tiene vida propia. Cuando alguien se la pone tiene demasiada fuerza. La encuentro totalmente siniestra”