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El caos escondido

El galerista Fernando Zubillaga/ Williams Marrero

El galerista Fernando Zubillaga/ Williams Marrero

En una estrecha y asfixiante oficina que queda detrás de su galería, en la anarquía y el desgano, entre ringleras de cuadros y obras embaladas, el marchand de arte planifica cada mes una nueva exposición

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Una caja de Marlboro arrugada como en un gesto de desespero. Unos cuadros recostados de otros con desgano como en el depositario de muchas curadurías. La luz apenas entra en esa estrecha oficina de atrás que hace conturbar el ansia. Hay estantes con afiches y libros mal barajados. Pilas de obras embaladas en papel burbuja. Una botella de vino vacía y medio desnuda, dentro de una bolsa de plástico. “Este caos se debe a que en parte recibo muchas de las obras de los artistas que expongo en la galería. Pero sí soy desordenado, aunque me gustaría ser más organizado”, suelta en su verbo perezoso el galerista Fernando Zubillaga.

Allí, en esa oficina escondida, el hombre fastidiado, pero que se esfuerza con torpeza en ser amable, gasta horas solitarias en bocanadas de incertidumbres. Desde la voracidad cada cigarrillo se consume en sus dedos antes de una exposición como en ese tiempo que se vuelve infinito en cada una de sus muestras. En la zozobra de un espacio que no alcanza, cuelgan detrás de su computadora tres obras en venta de los Pizzani: una de Lucía y dos de Jorge, que según Zubillaga pertenecen “a dos momentos distintos”. También tiene otra obra de Jorge Pizzani que es una excepción. “Jorge no cree en el arte elaborado con objetos encontrados, sólo cree en la pintura. Y esta obra la hizo en la tapa de un circuito eléctrico y recrea una especie de Quijote. Y me gusta la idea de pensar en Jorge Pizzani como el Quijote de la pintura”.

No es un hombre de reservorios. El inventario que hay en su oficina es un resumen del trabajo, pero también del olvido y el abandono. “Tengo un desapego bastante grande por los objetos. A lo que quizás me apego es a las obras de arte. Pero no tengo una colección de obras de arte. Me gustaría contar con una, la que tengo todavía no la puedo llamar colección”, dice Zubillaga con esa cadencia pesarosa aún en el anhelo de la confesión. Son pocos los objetos que lo han acompañado por mucho tiempo, más allá de los libros, está un par de mesas de Mies Van Der Rohe y cuatro sillas de Charles Eames que reposan en su casa, así como la lámpara de bisagras que tiene cerca de su mesa de trabajo de su galería y que es de sus días en Nueva York. 

Desde esa calma que contiene en cada respiración Fernando Zubillaga cuenta que aprecia el arte a su modo. “Algunas obras las recuesto en la pared o coloco en una mesa. Las exhibo como creo yo que mejor luzcan. Pero hay piezas que cuelgo porque se ven mejor guindadas”, rezuma su credo. “Mis objetos tienen que ver más con lo emocional, con la memoria, con un recuerdo. La belleza está en todo y uno puede conseguirla si se fija bien”. En la oficina de atrás de su galería, entre papeles y obras de arte, en un desastre que tiene su razón, está la también la belleza, pero revuelta en el caos.                    

El vicio nunca acaba

Allí, al lado de su computadora, está un cenicero de diseño que le regaló su amigo, el artista plástico Pepe López. “En una ocasión teníamos una especie de misión de encontrar el cenicero mejor diseñado. Yo le regalé uno a él y él me regaló éste a mí. Fumo muchísimo. Una de mis metas es dejar de fumar este año”, dice Zubillaga.

Témpera abstracta

Una pequeña obra abstracta, hecha por su hija Margarita, es de las pinturas que guarda con afecto Fernando Zubillaga en su oficina. “Vino a la galería, había témpera y la puse a pintar y, al terminar este cuadrito, me lo regaló”.

Bendito trío

En un pequeño altar improvisado armado al descuido, también al lado de su computadora, el galerista tiene una estampita del Sagrado Corazón de Jesús. “Era de una obra del artista Luis Salazar. Mi mamá siempre ha sido muy devota y me lo inculcó”. Al lado de ella otras dos estampitas que le han regalado: una de la Inmaculada y otra de san Judas Tadeo.

Diamante de acuarela

Como una gema de papel, la obra de Carlos Julio Molina (DJ 13) de un diamante que se refleja, está colgada en las paredes de la oficina de la galería de Fernando Zubillaga. “Forma parte de la serie Botín. Me gusta mucho la soltura no muy precisa de cómo está hecha esta obra”.

El clavo vulnerable

Con afecto el galerista Fernando Zubillaga conserva la fragilidad figurativa de un pequeño clavo de vidrio. “Me parece una obra bellísima. Me lo regaló una artista que quiero muchísimo que se llama Dulce Gómez. Me gusta el contrasentido de este clavo de vidrio. La obra es en sí una contradicción”.

Páginas de Muniz

El libro del artista brasilero Vik Muniz es uno de los objetos imprescindibles de Zubillaga. “Luego de ver la exposición de Muniz en la galería de Brent Sikkema en Nueva York, el galerista me regaló este libro. Me gusta el trabajo de Muniz y su forma de pensar en el arte”.

La lámpara de siempre

Hay objetos de poco valor que con el tiempo se vuelven otros afectos. Como la lámpara de escritorio que tiene Fernando Zubillaga en la oficina de su galería. “Tiene 10 años conmigo. Cuando vivía en Nueva York, mi apartamento tenía sólo 2 bombillos, me hacía falta una lámpara y fui a comprar una. Y desde entonces está conmigo. Me encariñé a ella. Son de esos objetos que no valen nada que terminan volviéndose importantes”.

 Fetichista yo

“Esta obra se llama Lips y es de la primera exposición que hizo Lucía Pizzani en mi galería. Me parece una obra importante. Está hecha con los labios de distintas personas. Me gusta muchísimo y aunque no es mía, tiene un par de años conmigo”.