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La arquitecta que le rehúye a la fama

La arquitecta Lu Wenyu

La arquitecta Lu Wenyu

Lu Wenyu rechazó, en 2012, compartir el Premio Pritzker que recayó en su marido y socio Wang Shu

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“Soy como una planta. Nací y crecí en el mismo sitio. Salí de China por primera vez a los 37 años de edad. Hasta entonces, no sabía cómo era el mundo. Pero cuando lo vi lo que me sorprendió fue que en todas partes descubría similitudes con mi ciudad, Hangzhou. Estaba en las calles italianas. Hoy la he vuelto a ver en las de Segovia”.

La arquitecta Lu Wenyu (1966) dio a finales de septiembre una charla en el Hay Festival, un evento sobre arte y literatura en Segovia (España). Por primera vez fue ella quien habló en público. Y lo hizo con tanta consistencia y pasión que parecía que llevara toda la vida haciéndolo. En realidad lleva 12 años dando clases. Con su marido y galardonado con el Premio Pritzker, Wang Shu, fundó en 1998 el estudio Amateur Architecture. Y tres años después la escuela de arquitectura de su ciudad, en el este de China.

“Con un edificio puedes hacer poco. Dar clases era la única manera de multiplicar el impacto de lo que nos parece fundamental: no destrozar China. La globalización comenzó hace siglos, pero debería ser suma y no destrucción. En mi país las antiguas aldeas son destrozadas, por eso abogamos por trabajar con los restos, por construir a partir de esa destrucción”, indicó.

Autores del Museo de Ningbo, construido en parte con los restos de otros edificios, llevan 25 años juntos: “Nos hemos convertido en uno”. Y aunque juntos trabajan en su pequeño estudio y fundaron la escuela de arquitectura de esa ciudad solo él recibió el Pritzker el año pasado. “Wang Shu no lo encontraba justo. E insistió en compartirlo, pero no quise”. Y da dos razones. La primera: “Quiero una vida y prefiero pasarla con mi hijo. En China pierdes la vida si te haces famoso. Allí no aceptaría ninguna entrevista. Y en un país de lengua inglesa tampoco”, explica después de asegurar que esta era su primera entrevista.

La segunda es que su arquitectura es la que siempre ha querido hacer su esposo. “Yo realmente quería ser bióloga, no soy una arquitecta vocacional, soy una convencida”.

—¿Construir a partir de la destrucción es entonces idea de su marido?

Sí, pero la he hecho mía. Y espero que mucha más gente la haga suya. Tiene sentido. No la sigo a ciegas.

Pero lo que es mejor para su vida podría no ser tan bueno para muchas arquitectas del mundo. “Puede que eso no las haga felices. Soy consciente de que ahora en China hay más arquitectas que arquitectos, mientras que cuando yo comencé solo 10% de los profesionales de esa carrera eran mujeres. Pero debo ser justa con lo que creo”.

Con todo, sí aceptó en 2011 el Premio Schelling que comparte con su marido. “Sabía que no cambiaría mi vida”, dice con una sonrisa. “Soy feliz de hacer la arquitectura que creo que ayuda a que nuestros pueblos y ciudades sean mejores. Estoy convencida de que hablar de ello despierta interés en otras personas, pero no quiero ser famosa”.