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El Versalles de Putin

El mundo tendrá la oportunidad de conocer de primera mano uno de los símbolos arquitectónicos de la nueva Rusia en septiembre durante la cumbre del G20

El mundo tendrá la oportunidad de conocer de primera mano uno de los símbolos arquitectónicos de la nueva Rusia en septiembre durante la cumbre del G20

Una estructura barroca con 200 hectáreas de jardines, estanques con nenúfares, fuentes esculpidas en piedra y canales a orillas del golfo de Finlandia es uno de los símbolos arquitectónicos de la nueva Rusia

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A medio camino entre la antigua capital imperial, San Petersburgo, y el palacio de Peterhoff, que es el mejor ejemplo del derroche zarista que desató la Revolución Bolchevique, se encuentra la residencia marítima del presidente ruso, Vladimir Putin.

El Kremlin –una fortaleza en Moscú– es su lugar de trabajo, pero cuando regresa a San Petersburgo, su patria chica, Putin se hospeda en este palacio que mira al Báltico.

El mundo tendrá la oportunidad de conocer de primera mano uno de los símbolos arquitectónicos de la nueva Rusia en septiembre durante la cumbre del G20.

“El Presidente nos visita de vez en cuando”, asegura Inna Gógolina, jefa del departamento histórico del palacio. Rodeado por un verdor lujuriante en verano, cuando azota el crudo invierno ruso el hielo congela el alma de sus visitantes.

El megalómano Pedro I, el Grande –el primer emperador ruso– concibió este paraje como su lugar de descanso después de que Rusia derrotó a Suecia y se aseguró una salida al mar Báltico en el año 1715.

Debía ser una especie de ventana palaciega a Occidente, símbolo de la irrupción de una nueva potencia europea. No obstante, de la noche a la mañana abandonó la idea original y el proyecto cayó en el olvido hasta que lo retomó, a finales del siglo XVIII, el príncipe Constantino, hijo de Pablo I (1807).

Desde entonces y hasta el fusilamiento de la familia imperial en 1918, el Palacio de Constantino acogió a zares, príncipes y sus familias. Destruido casi completamente durante la Segunda Guerra Mundial, las nuevas autoridades soviéticas lo reconstruyeron y le dieron uso civil y militar.

Con el advenimiento de la Rusia democrática, el palacio fue prácticamente abandonado y, a la llegada al poder de Putin en enero de 2000, estaba en ruinas. De no mediar la intervención de destacadas figuras de la cultura de San Petersburgo, la antigua residencia zarista se habría derrumbado, y la lengua de mar del golfo de Finlandia, inundado sus antaño románticos jardines.

Dicho y hecho. Putin dio el visto bueno a la reconstrucción y, en apenas 18 meses y con la ayuda de viejos planos, pinturas, fotografías, varios miles de trabajadores y aproximadamente 300 millones de dólares, el Palacio de Constantino recuperó el esplendor perdido. Justo a tiempo para celebrar el 300 aniversario de San Petersburgo, en 2003.

Gusto imperial

También conocido como Strelna, la localidad adyacente, la residencia barroca es ahora un palacio de congresos y uno de los destinos preferidos de los turistas. El Palacio de Constantino rezuma lujo zarista por los cuatro costados.

Precisamente, los dirigentes mundiales celebrarán el 5 y 6 de septiembre sus reuniones en la Sala de Mármol, que incluye frisos, dinteles y columnas de mármol de cuatro colores diferentes. Esa habitación formaba parte del diseño original del palacio, obra del italiano Nicolo Michetti.

La Sala Celeste, la más grande del edificio, es un claro homenaje al gusto imperial por el azul claro, a imagen y semejanza del Palacio de Invierno de San Petersburgo, actual Museo del Hermitage.

Los restauradores se han permitido alguna licencia con respecto al plan maestro del siglo XVIII, como es el caso de la Sala de Troya, que incluye un mural sobre la historia de la legendaria ciudad rival de Esparta y episodios de la vida de figuras como Héctor, Paris o la mismísima Elena de Troya, de quien se dice que era la mujer más bella de la antigüedad.

El palacio, presidido por una estatua ecuestre de Pedro I, incluye varias sorpresas: una agradable para el paladar y otra menos reconfortante para los que se hospedan entre sus cuatro paredes.

El inmueble cuenta con unas grutas que albergan miles de botellas de los vinos preferidos por los zares Alejandro II y Nicolás I, e incluso champaña de tiempos de Catalina la Grande. Esas bodegas están regentadas por un sumiller que organiza degustaciones especiales para los invitados.

No obstante, el secreto mejor guardado del palacio es el del fantasma del príncipe Constantino que, supuestamente, deambula a sus anchas por el palacio. Entre los estudiantes de la Academia de la Armada soviética circulaban historias sobre un jinete que cabalgaba a lomos de un caballo blanco por sus habitaciones. En 1985 los estudiantes afirmaron haber visto sobre el palacio una misteriosa bandera a rayas, incidente que hasta llamó la atención del temido KGB.

El palacio de congresos incluye también una Villa Consular con 20 palacetes de 1.200 metros cuadrados cada uno, equipados con sauna, piscina y gimnasio, para invitados de alto nivel; un pabellón de reuniones situado en la Isla de Pedro, donde se hospedó en su momento el príncipe Felipe de España; y un hotel de lujo, La Estrella del Báltico.

Aunque se puede llegar por carretera y por aire –existe un helipuerto–, el mejor medio de transporte es en barco, ya que los transbordadores pueden atracar a escasa distancia del palacio, no en vano uno de los canales ha sido dragado para facilitar esta tarea y tiene una profundidad de 3,5 metros.