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Carl Zitelmann, director de cine La maniática simplicidad

Allí, en una casa austera, con poco más que posters de películas de culto en las paredes, el director de cine Carl Zitelmann ve acucioso los filmes que lo inspiran para ponerse tras las cámaras cada vez que puede

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Un vacío en la casa que todavía no ha pactado con su dueño. Unos límites deshabitados que aún no concilian un encuentro. Una austeridad minuciosa y calculada. “Soy bastante ordenado. Soy bien matemático en ese sentido”, confiesa en su hablar calibrado el director de cine Carl Zitelmann. Es una casa con un gesto irresoluto. Una casa que aún no se reacomoda a un nuevo habitar, como la de un hombre que dejó una mudanza a medias. Es una casa que no termina de ser la casa de su dueño, así ya tenga algo más de un año viviendo en ella. Algo sobra, algo falta. “Yo siempre tiendo a la simplicidad. No soy una persona que coleccione cosas. Nunca lo he sido”.

En las paredes que suben la escalera unos posters de sus películas de culto: Jaws de Steven Spielberg, C’era una volta il west de Sergio Leone y el de Vértigo de Alfred Hitchcock. Esos afiches que son parte del repertorio personal del cine que le gusta. “Son afiches que me han ido regalando, algunos los he guardado y otros los he ido montando”, cuenta Zitelmann. En su casa pareciera que hubiese un maniático manejo del espacio. Todo luce estricto, organizado, en exactitud. “En la fórmula en la que vivo como director me gusta que cada objeto tenga su espacio para respirar y para ser admirado”.

Otra de las paredes, en las afueras de su cuarto, tiene unas reproducciones de Banksy, el controvertido artista británico del grafiti que ha infiltrado sagaz su obra tanto en el Moma en Nueva York como en el Tate en Londres. Una de las copias que guinda en su casa da señas del hombre mordaz, reflexivo y contestatario que pocos anticipan en Zitelmann si no lo conocen bien. Es el famoso gorila con un cartel en el pecho que dice “Laugh now, but one day we’ll be in charge”, que sale en la reproducción de la conocida obra de Banksy. “La compre en Portobello”, asoma el director.

Los tesoros de Zitelmann no son muchos, pero son valiosos: el bajo que compró a los 18 años y que aún toca cuando se reúne con los panas, la litografía que cuelga sobre su cama de un artista pop neoyorquino que era de su padre, un pequeño skywalker como piloto de batalla como culto a Star Wars –“La visión que tengo como director es la que tengo de mi influencia de cuando era niño y adolescente”–, su poltrona en la que ve todas las películas que quiere, un libro de cine en su mesita de noche y el pequeño peluche de Dogbert en la otra –“Es un personaje sarcástico de una de mis tiras cómicas favoritas y me identifico con él”–, un libro de hitos trascendentales de la historia de la música desde los ochenta hasta hoy que le regalaron sus amigos Oswaldo Graziani y Valerie Lollet. “Para mí lo más importante de mis objetos es que me recuerdan una etapa de mi vida y hoy me inspiran de otra manera”, desliza Zitelmann.

En la austeridad, en su breve reservorio personal, están unas memorias, unas emociones, que en la inspiración algún día, de algún modo, él vuelve imágenes.

Los objetos

Como el del caballero rojo

El pequeño triplano escarlata Fokker Dr 1 forma parte del inventario de objetos que atesora Zitelmann en su casa. “Tengo una pasión por la aviación de la Primera Guerra Mundial”. Esta es una copia, como el que usaba Manfred Von Richthofen, el conocido Barón Rojo. “Lo compré en una juguetería en Londres”.

Una 8 ml

Una de las pequeñas reliquias de Carl Zitelmann es esta cámara 8 ml marca Rosko que funciona a pilas. Un objeto que representa su pasión por las posibilidades del discurso cinematográfico. “Me la regaló mi director de arte José Ignacio Otero. A mí me encanta el trabajo en celuloide. Esta cámara da una textura que me encanta”.

La legión de la fe

Al lado de su cama, en una de las mesitas de noche, el director de cine tiene su trío protector. “Representan mi lado espiritual: una figura de San Judas Tadeo que me regaló mi madre, San Pancracio que me conseguí abandonado en el apartamento de mis tíos en Puerto Cabello y un buda taiwanés que me regaló un amigo cuando me fui a vivir afuera”, da señas Zitelmann.

El arma de un gentleman

El paraguas verde de bastón todavía lo conserva de sus días de recién graduado. “Lo tengo desde que era ingeniero y vivía en Altamira y trabajaba en La Castellana, y en días de lluvia siempre lo llevaba. Lo compre en Saks en Nueva York”.

La silla de la TV

De espaldas a la cama y frente a la TV, muy cerca de la pantalla –“Porque el televisor no es muy grande”, explica– está una poltrona como recuerdo familiar que Zitelmann usa a diario. “Era de mi padre. Es una pieza bastante antigua de plumas de ganso que es cómoda y me gusta”.

Fan siempre

Como un juguete de culto, la nave AT-AT Walker de La Guerra de las Galaxias está entre los tesoros que conserva desde su infancia como todo un apasionado de la saga de Star Wars. “Lo tengo desde que tenía cinco años que fue cuando salió El imperio contraataca”.

Un poco de Lichtenstein

En una de las paredes del cuarto está montado un afiche de la obra Whaam! de Roy Lichtenstein, uno de sus artistas contemporáneos que son referencia para Zitelmann. “Es mi artista favorito en cuanto a arte moderno. El original está en el Tate en Londres y allí me compré este. Su trabajo está influenciado por la estética de los comics de los cincuenta y yo soy un fanático de los comics”.

Fetichista yo

“Este álbum era de una colección de música folk alemana, música erótica de los sesenta que tenía mi padre. Me parece superinteresante la estética del álbum así como la música que es muy kitsch”.