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Bombas verdes que generan vida

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Un movimiento verde transforma las tierras áridas de las ciudades en espacios vegetales lanzando bolas de tierra, arcilla y simientes

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Si uno de nuestros saltos evolutivos como civilización ocurrió cuando el ser humano comenzó a cultivar la tierra en lugar de recolectar sus frutos de manera itinerante, ahora se está gestando otro que involucra la agricultura urbana, a mucha menor escala pero más espectacular: la de las denominadas “bombas verdes”.

Es una pequeña revolución pacífica impulsada por los llamados “articultores”, o artistas-agricultores, que arrojan bolas de tierra, arcilla y simientes en espacios verdes abandonados para devolverles el verdor.

El movimiento de “articultores” (www.articultores.net), cuyo lema es “arte + huertas + comunidad” lo impulsa Judith Villamayor, una artista argentina que trabajaba en esculturas sembradas y figuras hechas con semillas, cereales y alimentos.

Dos de sus fuentes de inspiración son los activistas estadounidenses Green Guerrillas (guerrillas verdes) que transformaron suelos abandonados en jardines en la ciudad de Nueva York en la década de 1970, y el más reciente movimiento británico Guerrilla Gardening (guerrilleros de jardinería), que buscaba embellecer espacios abandonados en Londres.

Para llenar de belleza y vegetales comestibles los terrenos desatendidos, Villamayor y otros participantes de la denominada “guerrilla huerta”, aplican una idea del fallecido biólogo y agricultor japonés Masanobu Fukuoka: unas bolas de arcilla y tierra que contienen semillas de hortalizas que brotan con la lluvia.

Este grupo convoca a reuniones donde los voluntarios aprenden a elaborar y también confeccionan las “bombas de semillas”, que se dejan dos días en reposo para que se sequen antes de ser arrojadas.

Estas “bombas” (seed bombs, en inglés) son arrojadas en terrenos baldíos donde no se puede acceder de otra forma, y en espacios públicos o privados, siempre a la luz del día, para que los vecinos conozcan su actividad y sigan cuidando y cosechando lo sembrado, si así lo desean.

“Son bolitas de tierra, arcilla y semillas, de unos dos centímetros de diámetro, amasadas con agua y que se dejan orear en un lugar donde no le de el sol directo, para que no se quiebren”, explica Villamayor.

“La tierra será el primer alimento de los brotes. La función de la arcilla es endurecerla un poco para que ningún roedor o pájaro se la lleve y que, al deshacerse con las lluvias, vaya armando una especie de “camita” donde la tierra rica no se escurra muy lejos de esos brotes y pueda contener la humedad durante más tiempo”, señala. Según Villamayor no se debe usar arcilla refractaria, porque no se disolverá con la lluvia.

Para elaborar las bolas de cultivo, los “articultores” sugieren usar semillas de huerta, porque tienen un ciclo corto de vida. Las más adecuadas son las acelgas, espinacas, remolachas, frijoles, maíz, girasol y amaranto. “Usando este tipo de semillas ayudamos a concienciar a la gente sobre la necesidad de consumir alimentos que se produzcan cerca de casa y esto se logra, además, mediante unos vegetales tan bellos como las plantas ornamentales de jardín”, sugiere Villamayor.

“No nos involucramos en el seguimiento y uso de lo sembrado y nuestro objetivo es que los propios vecinos “ataquen” su propia zona residencial, y lo usen de la manera que acuerden.  Solo somos un nexo de integración, y estímulo a nuevos proyectos”, señala la coordinadora del movimiento.