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La vuelta al Táchira a través de la música

Los niños aprenden el lenguaje de los instrumentos tradicionales en los pueblos más apartados

Los niños aprenden el lenguaje de los instrumentos tradicionales en los pueblos más apartados

El sistema de orquestas ha desplazado su red de formación hasta la mayoría de los municipios del estado occidental

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En algunos pueblos tachirenses todavía se baila al ritmo del "Pato bombiao". Existe una resistencia a que desaparezcan los ritmos tradicionales, sobre todo en las aldeas más alejadas del occidente venezolano, donde la cadencia folklórica es sinónimo de identidad. 

Pasa en Llano Grande, un caserío situado en lo alto de una montaña, donde la música es la médula educativa para un grupo de 130 niños, que se expresan a través de los acordes del cuatro, la guitarra y la mandolina. Un proyecto impulsado por el sistema de orquestas nacional, que desde hace poco más de dos años ha cambiado por completo la dinámica de los campesinos de la zona. 

"Al principio comencé con 2 alumnos que querían tocar cuatro", cuenta Jhonny Rodríguez, un joven de Palmira que recorre 10 kilómetros todos los días para dar clases en la aldea. "Luego aparecieron 10 chamos, después 15 y me vi en la necesidad de expandir esto. Abrí la cátedra de cuatro, más tarde la de mandolina y en octubre del año pasado la de guitarra. La distancia no desmotiva a los niños, no les importa venir de las aldeas más lejanas. La música es disciplina. Es la posibilidad real de abrirse un camino en la vida". 

El ejemplo de Llano Grande es parte de la meta que se ha planteado alcanzar este año el sistema de orquestas. La idea es llegar a todos los municipios del país, a través de una red de núcleos y módulos que solo en Táchira beneficia a más de 25.000 niños y jóvenes. 

Dentro de este plan se encuentra la Escuela José Velandia, que está ubicada en la localidad de Michelena. Es una de las privilegiadas que desarrolla el proyecto Simón Bolívar. Las clases de lenguaje musical tienen su horario dentro del programa de educación inicial que se imparte de primero a sexto grado. "El objetivo es trasladar la estructura de la práctica orquestal como una herramienta adicional de formación. Trabajar en conjunto con los maestros y la comunidad", dice Gaudy Sánchez, uno de los jóvenes directivos del sistema de orquestas en el estado. 

El proyecto Simón Bolívar se entrelaza con el programa Alma Llanera, que en esencia consiste en trasladar los mismos códigos de la práctica orquestal sinfónica a los instrumentos tradicionales. 

El proyecto se imparte en 416 núcleos del país, adonde han llegado 60.000 niños y jóvenes. 

Es precisamente en el núcleo de Palmira donde se ha gestado uno de los movimientos más importantes de rescate folklórico en el país: un grupo de músicos se ha preocupado por llevar a partituras las manifestaciones típicas de la región. Un proceso que también implica los arreglos para ensambles y orquestas, que en este momento superan las 600 obras escritas. 

De esas partituras parten las lecciones musicales que reciben los muchachos de San Pedro del Río, un pueblo determinado por su clima caluroso y la tranquilidad de sus calles de piedra. Los más pequeños del sistema de orquesta ven clases en los calabozos de la sede de la policía municipal. 

Las celdas fueron adaptadas como salones desde hace dos años "porque eran espacios ociosos, que pocas veces se ocupaban", señala Sánchez. 

La semana pasada, una procesión de autobuses blancos agitó la calma de los habitantes de San Pedro del Río. 

200 niños de la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela, de entre 7 y 12 años de edad, tomaron por asalto posadas, restaurantes, bodegas, patios, escuelas y tiendas en el primer seminario que se realiza en el occidente del país. 

Desde el domingo hasta el martes se internaron con sus profesores en largos talleres de capacitación, como parte de los meses de preparación previos a una residencia que tendrán en julio de este año en Milán. 

En la plaza Bolívar del pueblo, frente a un gran samán de güere, la sección de metales improvisaba "Llorarás" de Oscar D’León, mientras los violinistas ensayaban el cuarto movimiento de la Sinfonía N° 4 de Tchaikovsky. El espíritu de una orquesta formada por niños de entre 6 y 11 años de edad, el próximo gran hit que dará la cara por el país que sale de las filas del sistema de orquestas.