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La vocación autoritaria de construir en pretérito una nueva religión

El candidato a la reelección Hugo Chávez durante su recorrido en Charallave | Foto: David Fernández / EFE

Hugo Chávez | Foto: David Fernández / EFE

Al reestructurar los mitos más arraigados en la consciencia histórica venezolana y reformular los símbolos patrios de la nación, la revolución impulsada por Hugo Chávez reactúa el pasado bélico de la Independencia y propone un nuevo héroe emancipador

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La Revolución Bolivariana, el legado central de la gestión del presidente fallecido Hugo Chávez Fías, supuso la reestructuración de los mitos más arraigados en la identidad nacional con el objetivo de reescribir la historia para consolidarse como proyecto fundamental del Estado venezolano. Nada dejó intacto el movimiento político que en su primer acto trascendente, la redacción de la Constitución de 1999, le cambió el nombre a la República de Venezuela, agregándole la denominación “Bolivariana” y homologándola con el proyecto que tiene 14 años dirigiendo el destino del país y cuya marca constante ha sido la vinculación de su discurso con la gesta independentista del siglo XIX.

No se detuvo allí, sin embargo, su vocación de reescribir la historia. Cuando en 2005 la Asamblea Nacional quedó completamente en manos de diputados del partido de Gobierno –a consecuencia de la negativa de la oposición a participar en las elecciones parlamentarias por un supuesto fraude–, se cristalizaron cambios radicales en los asideros simbólicos de la venezolanidad, a la par que se fue fortaleciendo el autoritarismo del mandatario. Para el historiador Tomás Straka, el chavismo no es el primer movimiento político que rebautiza lo ya existente para dar una sensación de cambio, pues esa fue la misma estrategia que usó Antonio Guzmán Blanco en el siglo XIX. Añade que la historia se utiliza como instrumento de legitimación del presente al intentar imponer al orden actual como la consumación de un destino preestablecido. De allí la obsesión del oficialismo con el discurso sobre el pasado.

La hipótesis de Ana Teresa Torres al respecto incluye la impronta castrense. En La herencia de la tribu (Alfa, 2009), explica que el mesianismo militar del chavismo proviene de dos mitos fundamentales de la república: el bolivarianismo y el de la patria heroica, que resultaron de la consagración del ejército libertador como creador y defensor de las libertades nacionales. En ese texto fundamental para entender el uso que ha hecho el gobierno de Chávez de la historia escribe: “La Revolución Bolivariana, en tanto surge de una época situada doscientos años atrás, y al mismo tiempo pretende la instauración de un orden nuevo, todo ello dentro de las valoraciones e ideas inspiradas en la Independencia, reactúa y reencarna el pasado, y en esa medida nace de un profundo deseo nostálgico de recuperar una gloria perdida”.

 

La vulnerabilidad del símbolo. El 9 de marzo de 2006, la Asamblea Nacional aprobó la reforma de la Ley de Bandera Nacional, Himno Nacional y Escudo de Armas. En el pabellón tricolor se agregó una estrella, la octava, para honrar la participación de la provincia de Guayana en la Independencia, en atención a un decreto de Simón Bolívar de 1817. En el escudo se aumentaron de 20 a 24 las espigas, en representación de los estados del país, y se le añadió también, en uno de los cuarteles del arco, una flecha y un machete, como ejercicio de inclusión de la ascendencia amerindia y africana de los venezolanos en los símbolos patrios. Adicionalmente, se cambió la posición del caballo blanco para que quedara mirando de derecha a izquierda. “Es así el caballo libre [y] brioso; trotando hacia la izquierda [y] representando el retorno de Bolívar”, dijo Chávez en una cadena por esos días.

La antropóloga Michaelle Ascencio señala que con esos cambios el jefe del Estado tocó peligrosamente la médula de la identidad. La profesora de la Universidad Central de Venezuela explica que los símbolos relacionan a las personas con pensamientos abstractos, como la idea de país en el caso de los símbolos patrios: “Los símbolos son sagrados, por eso uno se siente vulnerable cuando se meten con ellos. Los símbolos son fundadores de la identidad; compartidos proveen al individuo de una cultura común y una identidad grupal. Permiten reconocer y reconocerse. Son vínculos que si se rompen causan en la persona una sensación de pérdida y aislamiento”.

 

El pasado como futuro. El traslado de los documentos de Simón Bolívar y Francisco de Miranda al Archivo General de la Nación en 2010 –justo cuando se conmemoraban 200 años del inicio del proceso de Independencia en Venezuela– se leyó también como un ejercicio de reescritura del pasado. “El Presidente de la República se está llevando los originales del evangelio del culto al héroe, y estos, en las manos del nuevo profeta, son susceptibles de cualquier interpretación. Ya no se trata de un problema histórico sino de uno religioso; tampoco de enfrentar a la Academia con el Archivo General de la Nación, sino de trasladar los originales de las sagradas escrituras a la nueva iglesia cuyo pontífice es Chávez”, dijo Elías Pino Iturrieta, que entonces era el presidente de la junta directiva de la Academia Nacional de la Historia, organización que hasta la fecha cuidaba de los documentos.

He allí la perspectiva que introduce el chavismo al discurso de la historia venezolana tradicional: la de elevarla a una religión, no sólo tratando de vincular la imagen de Bolívar con Dios, sino sumándole a Chávez como parte de la trinidad. No en balde sobre el socialismo del siglo XXI, a pesar de ser una doctrina política de difícil definición, lo único que está claro es su vinculación con la teología de la liberación.

La decisión de embalsamar el cuerpo del Presidente fallecido, anunciada ayer por Nicolás Maduro, parece obedecer a esa manera de pensar. Simón Alberto Consalvi, historiador y diplomático, advierte que ello implica que Chávez se convertirá en un personaje que estará siempre presente en la prédica política: “Da la impresión de que no pueden desprenderse de él, tampoco pensar ni actuar por sí mismos”. Agrega que como parte del ejercicio de unificar la imagen de Chávez con la de Bolívar –que desde hace años es el centro de la teología de la venezolanidad–, su cadáver no ha recibido los honores de un jefe del Estado sino los de un miembro de las Fuerzas Armadas, porque de lo contrario lo velarían sin el atavío de comandante en jefe, y en el salón Elíptico de Miraflores. “Ahora, cuando lo embalsamen, Chávez tendrá puesto el uniforme de militar, y así quedará para la posteridad”, dice, antes de señalar que hay que poner atención al uso que se le dará al mausoleo de Bolívar. En su opinión, la edificación podría terminar albergando ambos cuerpos en el futuro, porque deberían transcurrir 25 años para enterrar al Presidente fallecido en el Panteón, si se cumple lo que exige la ley.

De esa manera, uniendo el pasado y el futuro en un solo discurso, Hugo Chávez parece haber cumplido su más grande aspiración: acceder a la inmortalidad, como antes lo hizo el Libertador