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El último concierto de Gustavo Cerati

Fanáticas de Gustavo Cerati escriben mensajes sobre un cartel con su imagen en la Clínica ALCLA de Buenos Aires | Foto EFE

Fanáticas de Gustavo Cerati escriben mensajes sobre un cartel con su imagen en la Clínica ALCLA de Buenos Aires | Foto EFE

La despedida del exlíder de Soda Stereo, a las que asistieron 20.000 fans no solo de la nación sureña sino de otros países de Latinoamérica, incluida Venezuela, se vivió como una tragedia nacional

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A pocos metros de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires, la policía teme que el evento que va a custodiar se le pueda ir de las manos. Y es que la muerte de Gustavo Cerati se convirtió ya no solo en un asunto de interés cultural, sino estatal (al punto de que el gobierno de la presidente Cristina Fernández de Kirchner decretó dos días de duelo nacional), por lo que la asistencia a su velorio y la emotividad con la que  se vive supera, por supuesto, la dimensión de El último concierto de Soda Stereo.

Si bien el ambiente en el que se desarrolla se aproxima al del show de despedida de la mejor banda de rock latinoamericana, en esta oportunidad no hay estadio, ni escenario, ni grupo. Por lo que el público ha decidido tomar la iniciativa de rendirle tributo al artista que los ha reunido frente al Palacio Legislativo de la capital. Así que espasmódicamente se escucha “Persiana americana”, “Cuando pase el temblor” o incluso “Crimen”, todos clásicos de la autoría del otrora líder del extraordinario trío argentino. No obstante, la tristeza puede más y paran.

Mientras la cola avanza hacia la entrada del edificio en el que reposa el ataúd del músico que falleció el jueves, a los 55 años de edad, y tras pasar ya siete cuadras atestadas de gente –al correr de la madrugada se multiplicarán hasta sobrepasar las 20.000 personas– se pueden capturar y contrastar acentos de diferentes tonadas y nacionalidades (de los que los venezolanos son mayoría), cuyos dueños tratan de graficar con banderas, franelas, canciones y anécdotas las formas en las que cada idiosincrasia comprendió y asimiló la obra de Cerati. Al punto de que muchos argentinos, asombrados por la convocatoria, no se imaginaron la trascendencia y el impacto del artista fuera de estas fronteras. No obstante, al tiempo que algunos muestran su desconcierto por la manera tan abrupta e inesperada en la que murió, otros suponen que ahora no solo él sino su familia descansará luego tanto sufrimiento y optimismo. Aunque muchos también especulan sobre lo que hubiera sucedido si la decisión médica que se tomó en Caracas, cuando sufrió el ACV, hubiera sido otra.

Al momento de abrir las puertas de la Legislatura porteña, se le pide a la prensa que se ubique a los lados de la entrada, para luego dar paso al público en tandas. Antes de que el primer grupo de personas que entró al edificio lo abandone, desde arriba se escuchan sus llantos, tan perturbadores que sacuden lo más profundo de la humanidad. Al subir las escaleras, después de dejar atrás coronas florales de artistas, fans, instituciones y hasta una de la República Bolivariana de Venezuela, en el fondo se divisa el ataúd en el que yace Cerati, pero con cierto dejo chico y delgado.

Al hacer el recorrido en torno a él, a la izquierda, recostada en una columna, se encuentra la ministra de Cultura de Argentina, Teresa Parodi. Un poco más allá, la puerta entreabierta de un salón deja ver, casi a manera de panorámica, a Benito Cerati de pie y desconsolado. Su porte contrasta con el de su abuela, Lilian Clark, sentada, pues su mirada perdida, concentrada, inmutada, parece desafiante. Los acompañan otros familiares y amigos.

Al cruzar esa sección del salón, el ataúd, decorado por flores blancas sobre las que reposa una glamorosa foto en blanco y negro, se encuentra envuelto por otras coronas. Destaca la de Fito Páez, al igual que los regalos que dejaron en el piso los que ya pasaron. Luego, al frente, la salida. Ahí se podía entender el dolor de los que ya estuvieron arriba: era la última vez que se le apreciaría de alguna manera y que se le palparía, pues a partir del día siguiente pasaba a otro estado, a esa inmortalidad que solo se merecen aquellos que la labraron. Sin embargo, al salir de allí, tras la zozobra y el abrazo contenedor, los mismos que se sienten y se entregan cuando se pierde a un familiar, a un amigo o a un ser querido, la tranquilidad esperaba. Y claro: todos se habían llevado un trocito suyo. Desde ahora existía plena confianza que está allá arriba transformado en una entidad poderosa, legendaria e inmortal, a la que se le podía invocar a este pibe de barrio sin ese molesto protocolo que significa la banalidad del star system.

Mientras anuncian que el viernes será enterrado en el Cementerio de la Chacarita, donde reposan los restos del presidente Juan Domingo Perón y de Carlos Gardel, poco luego del mediodía, Charly García, Dante Spinetta, Zeta Bosio (Charly Alberti, el baterista de Soda no pudo asistir porque no consiguió pasaje para viajar) y el resto de sus colegas entran por una puerta  alternativa. Ciertamente escapan de la multitud, aunque también huyen de la tristeza, del desconcierto y de la fragilidad, porque en la cosmogonía del rock, al menos del argentino, todos tienen asegurado el pasaje de ida, pero ninguno el de la vuelta. Ya se fueron muchos en los últimos años, y eso se siente cada vez más.

Cerati, el último mohicano de la modernidad, descansa allá arriba, en el primer piso, y más allá, al tiempo que sus fans aguardan para despedirlo, en medio de memorabilias del último show en Buenos Aires de Fuerza natural, del recital con el que descubrieron a Soda Stereo y de la banda de sonido de sus vidas. Ya es medianoche y el cielo ha comenzado a llorarlo.