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La otra tierra de Alfonso Montilla

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Hay humor, misterio y una soterrada y sólida erudición que hace de La otra tierra (Alfonso Montilla Valera, 1932) una lectura apasionada y en cierta medida novedosa para nuestra cuentística. El forastero toca a la puerta en una desolada tarde del páramo andino y pregunta por Alejo Baptista. La mujer fantasmal que lo atiende dice: yo soy lo único que aquí queda de Alejo Baptista y dando una vuelta como fantasma en bóveda se hundió al fondo del pasadizo.

Encuentro que este breve texto con el que se inicia La otra tierra es un relato magnífico que abre al lector de este libro las puertas que conducen a la aventura que alimenta los cinco cuentos restantes.

Nunca se sabe cómo surgen las ideas, personajes o situaciones de los relatos o de las novelas. Puede que permanezcan al acecho durante el arco de una vida y, de pronto, inesperada e inopinadamente dan un salto y escapan por las ventanas de la imaginación y en otros casos saltan simplemente y caen en las páginas del libro a punto de ser editado. ¡Nadie lo sabe a ciencia cierta!

Estoy por creer que los relatos de Alfonso Montilla han estado agazapados en su mente durante largos años porque forman parte indisoluble de su propia memoria y arrastran todo el misterio y el magnetismo de los deseos ocultos y de las transfiguraciones que produce el paso de la neblina por las altas montañas y el silencio  denso y particular, igual al de la muerte,  que emana de su interior.

A Alfonso Montilla se le debe el nombre de Sardio que él encontró en la sardónica del Apocalipsis y con ese nombre un grupo de escritores renovó la literatura venezolana en los años cincuenta del pasado siglo. De igual manera estuvo junto a Carlos Contramaestre en Salamanca en el momento en el que se escribió por primera vez el nombre de El techo de la ballena, que va a significar años mas tarde uno de los movimientos contestatarios más irreverentes y explosivos que haya conocido América Latina.

Ahora, después de haber incursionado con éxito en la poesía y publicado Alquimia del corazón, Alfonso se enfrenta a la cuentística con un lenguaje limpio, culto y certero que arrastra consigo una rica experiencia de vida y la memoria de personajes y situaciones que podrían pertenecer por derecho propio a la mágica realidad de lo imaginado pero también a la irrealidad  de lo vivido porque ¿Dónde está el límite? ¿Dónde se encuentra la línea divisoria entre lo real y lo maravilloso? Si se quiere, Alfonso hace suya la frase de André Breton: “¡Amo los fantasmas que entran por la puerta a pleno mediodía!” aludiendo a la circunstancia de que lo verdaderamente real es la propia irrealidad. Sus personajes acceden a la convocatoria y se hacen presentes a través de un vino que siempre busca la luz y una misteriosa mujer nacida en España, en Santa Cruz de Mudela. Luego, en torno a la muerte de un solitario zamuro en el valle de Santa Rita, en Mendoza Fría, Alfonso presenta a Jaime Terán, caballero formado en Londres, conocedor de Wagner y casado con Lizabett quien en la hacienda escribe un libro sobre su vida entre melancolías y animales y el relato suyo, al igual que el del propio Alfonso, navegan entre las aguas de una espléndida corriente de alta cultura: Coleridge, los lejanos rumores de Cornualles y los atuendos morales de Tristán en el teatro de Bayreuth mientras discurre el río Momboy, hay húmedas rancherías camino de Mendoza Fría y baten las alas negras de un silencioso zamuro llamado Napoleón que recuerda al cuervo de Edgar Allan Poe.

Para el alemán y su hija Crimilda que huyen de las atrocidades del nazismo arrastrando una cultura que hace referencias a Leibniz y Holderlin, la otra tierra es la Colonia Tovar y allí se entrecruzan jinetes en corceles negros, techumbres de tejas rojas y las errantes fantasías de Schumann, Weber y los evanescentes “Nocturnos” de Chopin.

Somos la otra tierra. En ella se confunden la aventura del pensamiento y de la imaginación; la cultura humanística y el olor vegetal de las montañas andinas, el humor que no trata de ocultar a un país bajo la dictadura militar de Pérez Jiménez. Y es como si bajo la dureza militar surgiéramos detrás del anciano que arrea una hilera de chivos y al preguntársele para dónde los lleva contesta “¡Yo no voy, pero los chivos sí van para el sol y el cuchillo!”