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El teatro vuelve a la plaza y resiste con los telones arriba

Actores, directores y productores de teatro se presentaron al aire libre para hacer lo que saben: representar las realidades | Foto Williams Marrero

Actores, directores y productores de teatro se presentaron al aire libre para hacer lo que saben: representar las realidades | Foto Williams Marrero

Una decena de intervenciones mostraron, con metáforas de la dramaturgia nacional, las diversas caras de la crisis política como un mecanismo para protestar por los sucesos violentos de las últimas tres semanas

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La resistencia cultural es un trabajo que, aunque algunos intenten llamar la atención con ciertos gestos heroicos, casi siempre pasa inadvertido. Nadie ve al escritor ocupado en pergeñar ideas en hojas blancas al son de las cacerolas, al profesor que estira la quincena para comprar libros, al periodista que busca noticias aunque no tenga medios dónde publicarlas o al artista plástico que destila sus dolores patrios en fantasías coloristas.

Pero cuando se trata del teatro, la fuerza de la representación golpea al colectivo. Y a eso es a lo que apostaron un grupo de actores, directores, guionistas y productores ayer en la plaza Los Palos Grandes –y el lunes en la plaza El Calvario de Baruta– cuando llevaron una decena de piezas, entre monólogos y dramas, con las cuales dejaron claro dos cosas: que la utilidad de de la dramaturgia es servir de espejo de las miserias sociales y que nunca como en épocas de crisis es crucial cumplir el archiconocido mandato de que “la función debe continuar”.

La iniciativa a la que luego se unieron media centena de personalidades del sector provino de los directores José Tomás Angola y Javier Vidal, así como del productor Gustavo Gil, quienes se propusieron organizarse para articular un mensaje unido del sector teatral contra los hechos violentos ocurridos en el país desde el 12 de febrero. Su actuación incluyó un manifiesto y la convocatoria abierta a cualquier grupo o individuo que quiera presentar el fragmento de alguna pieza teatral con el propósito de hacer reflexionar a la gente sobre la crisis que atraviesa Venezuela. “Aquí hay desde estudiantes de Unearte, hasta actores y directores consagrados”, indicó Angola antes de señalar que los fragmentos que se vieron pertenecen a obras clásicas, modernas y otras de entretenimiento, que no fueron revisadas ni editadas por nadie porque el objetivo es también luchar contra la censura.
 
Próceres, dictadores y apátridas. Ayer, el gesto de protesta se trataba de cómo desde la dramaturgia y la actuación se critica lo que Angola llama “el teatro que hace el gobierno”, de cómo el arte aprende a sortear la censura y de cómo el teatro pone la luz cenital sobre las miserias individuales insertas en el gran drama social que lleva a cuestas la crisis del país.

Por eso el envejecido Simón Bolívar encarnado por el actor Alexander Rivera se cuestionaba sobre las conclusiones de la gesta independentista. “Yo soñaba con una gloria llamada patria que se fue desintegrando en una mueca”, dijo citando el texto de la obra Longaniza de Néstor Caballero. Y un dictadorzuelo tropical salido del drama del cubano Alberto Pedro Torriente titulado El banquete infinito –y llevado a las tablas en 2012 por Teatro K– daba un airado discurso que, al referirse al laberinto que es el poder, hinca la uña en la tragedia de Venezuela. “El cabecilla me intenta confundir, pero ayer mismo me fue impuesto este tributo por los que hoy agitan sus pelvis colectivas sanguinariamente y sin ningún pudor ciudadano”, dijo el personaje interpretado por Jesús Hernández. “Sentado fui sobre esa silla por primera vez, como quien dice, hace unos instantes estamos padeciendo un golpe de Estado. ¿Es que no se han dado cuenta? Pero no abdicaré, porque para el pueblo, aunque no lo sepa, esta es su voluntad: que su jerarca continúe. Lo que pasa es que están confundidos con el sonar inclemente de los tambores. No. De los tambores no, de sus tripas. De esas tripas vacías, que la demagogia del cabecilla tenebroso de este ordinario jubileo tropical ha jurado llenar de carne roja en 24 horas. No abdicaré”.

Y antes de que Nitu Pérez Osuna interpretara el monólogo de una ama de casa que se niega a emigrar escrito por Iraida Tapia y Violeta Alemán, el actor Francisco Obando dio vida a un político de principios del siglo XX y extrajo otro pedazo de la historia de Venezuela, nación a la cual identificó como una “que depende de las palabras por falta de palabra”. Representaba a un personaje de la obra Actos ilícitos de Javier Vidal, que a su vez interpretó Los Navegaos de Isaac Chocrón.

No en balde la tragedia griega es la madre de la ficción en Occidente. Porque a pesar de que la tarde había comenzado con un grupo de padres e hijos disfrazados en lo que parecía una tregua en medio de las protestas que han proliferado en la urbanización, el ambiente empezó a resemantizarse a partir de la palabra teatral. Quizá por la fuerza expresiva de gestos como estos, ya desde épocas de Shakespeare –en su obra Como gustéis– se afirmaba que “el mundo entero es un teatro”.