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“El teatro sirve para darte cuenta de que no estás solo”

Lupe Gehrenbeck, actriz venezolana / Jonathan Manzano

Lupe Gehrenbeck, actriz venezolana / Jonathan Manzano

Aunque la dramaturga vive en el exterior desde hace muchos años, Venezuela le duele y siempre está en sus textos. “Llevo mi país donde vaya”

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“Creo que nací con el teatro adentro”, afirma Lupe Gehrenbeck. Desde la primera frase que suelta, la dramaturga muestra la pasión que siente por lo que hace. Su verbo está lleno de sentimiento, el mismo que profesa por el país que desde hace años no habita, pero que la sigue inspirando para crear sus piezas. “Me conmueve nuestra resistencia, me duele la injusticia, el deterioro, la muerte”.

Escribió su primera obra cuando estaba en sexto grado. En ese entonces, además, la protagonizó, diseñó el vestuario, compuso y ejecutó la música. Algo similar ocurrió años después, en la década de los ochenta, cuando dejaron de interesarle los proyectos que le ofrecían como actriz y creó un cabaret en el que ella misma sería la estrella. En esa ocasión colaboraron en las melodías figuras como Eduardo Marturet y Alberto Slezinger. “No podía estar mejor acompañada. Pero cuando estaba lista para estrenar no me podía creer lo que había hecho. Cómo había sido yo tan soberbia para imaginar que el público vendría a ver una obra escrita y actuada por mí. Me sentía ridículamente engreída, inmerecidamente expuesta. Pero agoté las entradas en cada función. Después de eso no he dejado de escribir un solo día”.

Son suyas obras como ¿Quieres venir a mi piñata?, Las niñas de Santa Fe, Gregor Mac Gregor y El ángel de la guarda, en las que ha hablado de la sociedad en la que creció y que ya no existe más. “Siempre he escrito sobre mi país. Porque somos lo que somos por el lugar donde nacemos, donde vivimos. Eso nos constituye de manera indeleble”.

—¿Cómo escribe sobre un país desde la distancia?
—No escribo desde la distancia. Escribo desde mi trópico, mi casa. En todo caso, me llevo mi país donde vaya.
—¿Cómo se imagina la voz que les da a sus personajes?
—Los veo en la calle, se me parecen a alguna historia, trato de imaginar sus vidas y los olvido. O los imagino cuando estoy sola, como surgidos de la nada, de mis ganas de contar. Tal vez algunos se parecen a gente que conozco. En principio hacen lo que yo les digo y hablan como yo; pero después se van soltando y son ellos los que me sugieren destinos. Suena misterioso pero así sucede, como la magia.
—¿Cómo recibe el extranjero las piezas sobre esta Venezuela?
—Las historias sobre el país, como las de cualquier otro, cuando son verdad trascienden las fronteras. Eso es lo que pasa con las historias que hablan desde adentro: se vuelven universales. Es así como los de aquí entienden a los de allá y viceversa; en lo humano, todos sabemos de lo que hablamos.
—¿De qué considera fundamental hablar en estos momentos?
—De lo que nos pasa, como siempre. De lo que nos angustia, lo que nos inquieta. La función de catarsis que tiene el teatro, que lo define desde sus orígenes, no ha cambiado ni un poquito. Por el contrario, es justamente esa eficiencia por lo que el teatro florece en tiempos difíciles, cuando nadie se lo explica. Porque es ahí cuando más lo necesitamos.
—¿Han cambiado sus inquietudes a la hora de escribir?
—Cambian con los días, conmigo, con el país.
—¿Qué conoce de la situación teatral actual del país?
—Me maravilla la cantidad de buen teatro que se está haciendo. Si algo habla de nuestra capacidad de resiliencia en este momento es lo sorprendentemente abultada que es nuestra cartelera.
—¿Qué experiencias en dramaturgia le han permitido en el exterior?
—No es que me permiten, las oportunidades las pintan calvas y las tomo por asalto. He hecho algunos montajes por mi propia cuenta y riesgo en París, Nueva York, Buenos Aires, Barcelona, Montreal y Londres. Aunque debo decir que si algo me han permitido, y que me honra hasta los huesos, es que desde noviembre me invitaron a ser miembro vitalicio de la Directors Unit of the Actors Studio.
—¿Cómo es su proceso de creación?
—Sabroso, continuo. Inquietante a ratos, muy angustioso a veces. Pero, en general, cuando una historia me empieza a revolotear es una felicidad. Y qué decir cuando llega a puerto. Porque, para los que hacemos teatro, la creación termina cuando baja el telón y el público aplaude. Es un momento de consagración indescriptible. Un momento en que te haces uno con los otros, una exaltación de lo humano cómplice.
—¿Cree en el teatro como poder transformador?
—Absolutamente. Porque a partir de la catarsis se sanan las heridas y se comprende mejor el futuro. El teatro sirve para darte cuenta de que no estás solo, de que hay otros que piensan y sienten como tú, que no estás equivocado. Y a partir de esa seguridad, se prende la luz, todo parece más claro.


El verbo de Lupe en Caracas

Dos textos de Lupe Gehrenbeck están en cartelera: Ni que nos vayamos nos podemos ir y Cruz de Mayo. El primero se presenta por segunda temporada en el Trasnocho Cultural y el segundo es un collage dramático basado en la figura materna que se estrenó en el Centro Cultural BOD.

“Me inspiró la ternura que me produce el matriarcado venezolano. Quise hablar de las madres, jefes de familia, timón de hogar. Porque madre solo hay una, las mejores hallacas son las de mi mamá… Y escribí una obra de madres en ausencia. Lo que importa, más que la sangre, es el sentido de pertenencia, la comunidad, la familia que haces con tus vecinos, con tu barrio, con la que llegas al amor a todo riesgo”, dice.

Ambas propuestas son dirigidas por Oswaldo Maccio. Sobre el hecho de ver sus palabras en acción, Gehrenbeck afirma: “Debo confesar que siento cierto pudor cada vez que me enfrento con el modo en que otro creador le dio carne a mis letras. Nunca es como lo imaginé y eso me regala otra visión posible. Me siento muy afortunada por eso”.