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“Un teatro reflexivo a mí me resulta aburridísimo, yo apelo a lo emocional”

A 2,50 la cuba libre ganó el premio Quetzal de Ónix como la obra venezolana más representada en el exterior | Cortesía Ibrahim Guerra

A 2,50 la cuba libre ganó el premio Quetzal de Ónix como la obra venezolana más representada en el exterior | Cortesía Ibrahim Guerra

Una de las obras hiperrealistas del autor y productor, La última noche de Fedora, está en cartelera

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Una reproducción fotográfica de la realidad. Esa puede ser una manera de hablar del hiperrealismo, estilo que se cultivó en la pintura a finales de los años sesenta. Pero para Ibrahim Guerra también tiene espacio en el teatro. El productor, dramaturgo y director venezolano se desarrolló en esta tendencia con A 2,50 la cuba libre; escrita en 1980 y estrenada dos años después en el Ateneo de Caracas, ganadora del premio mexicano Quetzal de Ónix como la obra venezolana más representada en el exterior.

Trabajó también el género con La última noche de Fedora, que transcurre en un bar gay y se conduce entre los espectadores para hablar de un mundo de intrigas y maquillaje. El montaje está en cartelera y se presenta todos los miércoles en la Sala Show Hipocampo del centro comercial Chacaíto, y el 15 y 29 de agosto en el restaurante Telo Café Club, en Plaza Venezuela.

“El teatro hiperrealista es aquel que no ocurre frente al espectador sino con él. Es un hecho verdadero y el público es un testigo de excepción. Yo creo que mientras más comprometido está el autor con el hecho, con lo que narra y cómo lo plantea, resulta más incisivo y directo. El asistente, más allá de una poética, se enfrenta a realidades”, afirma Guerra, que confiesa: “Yo como que me quedé en Gustavo Ott”, cuando se le pregunta sobre los nuevos dramaturgos y el movimiento creador en el país.    


—¿Cuál es el universo en el que le gusta hurgar como autor?

—Lo que más me interesa es la miseria con la que a veces nos comportamos y lo ruin que resultamos los seres humanos cuando sólo nos mueven intereses personales. Creo que mis obras parten de este principio, o terminan en él.

—¿Qué lo llevó a escribir A 2,50 la cuba libre y qué representa para usted?

—Yo soy de barrio. Crecí en un barrio de Caracas: El Cementerio. Debía escribir sobre mí mismo, sobre lo que más me inquietaba de la vida, y en el barrio fui testigo de muchas de las miserias expuestas en la obra. Ahora encuentras en la cartelera mundial mucho plagios de A 2,50; sin embargo, muchas no parten de una verdad, sino de una forma etílica de hacer teatro. No es la idea. Esas divierten; la mía, adicionalmente, angustia.

—¿Qué opina sobre el hecho de que sus obras sean catalogadas como “teatro comercial”?

—Si fuese así, estaría feliz. Todo teatro que interesa al público es comercial, si es que se entiende como tal el que la gente paga por ver y asiste masivamente. Uno de mis primeros espectáculos fue La casa de Bernarda Alba y en esa época algunos comentaron que yo había comercializado a Lorca. Lástima que lo decían por ofender y no como un valiosísimo reconocimiento de lo que es el teatro en su esencia más natural y auténtica. A mí me han dicho de todo, que A 2,50 tiene éxito porque la hacen actrices de televisión; un horror que se refieran de esa manera tan peyorativa. El resentimiento es obvio. Otras veces me han dicho que soy oportunista porque monto a César Rengifo, que era comunista y vivo en un país comunista. —¿Dónde cree que radica la popularidad de estas obras "comerciales"?

—Lo difícil es al revés, que la obra tenga éxito sin las fórmulas acostumbradas para la risa fácil y la recreación banal. No conozco a un solo productor o director teatral que monte una pieza pensando en el vacío de sala o en el fracaso. ¿Los habrá? No lo piensan, pero lo consiguen. No creo en el teatro histórico. Yo no hago teatro para que le guste a la gente, lo hago para que me guste a mí. Me informo, me educo a través de lo que hago. Para eso trabajo. Es mi forma de aprender a vivir.

—¿Cree que las propuestas teatrales deben apuntar solo a un contenido reflexivo o más de entretenimiento?

—Un teatro reflexivo a mí me resulta aburridísimo, yo apelo a lo emocional. En las tragedias griegas la gente no reflexionaba: pataleaba, gritaba, moría junto con los héroes trágicos. Fue después que empezamos a buscar visos y razones políticas a Medea. Ella era una bicha que sacrificó a sus hijos por salvaguardar el amor de su marido. ¡Dime tú!