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“El teatro no debe ser panfletario ni adoctrinar al espectador”

La guionista Karin Valecillos / Leonardo Noguera

La guionista Karin Valecillos / Leonardo Noguera

La guionista Karin Valecillos asegura que se debe escribir sobre los temas que nos angustian como sociedad para hallarles soluciones. “En la medida en que nos sensibilicemos podemos exigir un cambio”, afirma

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Karin Valecillos es uno de los nombres que resuenan en la dramaturgia nacional, un ámbito dominado por figuras como José Ignacio Cabrujas, Isaac Chocrón, Gustavo Ott y Rodolfo Santana. Comenzó su carrera en el teatro desde la vida universitaria, gracias a unos talleres de narrativa. Trabajó con el Grupo Actoral 80 y allí se destacó en la escritura de piezas infantiles como Isabel sueña con orquídeas, ganadora de varios premios. Luego, junto con Jesús Carreño y Giovanny García, fundó Tumbarrancho Teatro, agrupación con la que indaga en las necesidades de su generación y con la que ha presentado obras como Lo que Kurt Cobain se llevó y Vino la reina. “Siempre sentimos la urgencia de reflexionar sobre nosotros, cómo vemos el mundo, la política, el país y el pasado”, dice la autora caraqueña de 35 años de edad.

Jazmines en el Lídice, que se presenta en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural, y Laik a viryin, que forma parte El Piquete –que ofrece funciones en La Caja de Fósforos de Bello Monte–, son los montajes que ubican su nombre en la cartelera teatral actual. El primero habla de la ausencia; reúne en escena a un grupo de mujeres que han perdido a sus hijos y esposos a causa de la inseguridad en el país. Ellas lloran, viajan a través de los recuerdos, pero también celebran la vida como un homenaje a la lucha diaria. El segundo montaje, que integra un proyecto de obras presentadas por jóvenes directores y escritores, cuenta la historia de una mujer que abandona su pueblo en busca de una vida maravillosa como la de Madonna en los Estados Unidos; lleva como tema de fondo la felicidad.

Pero Valecillos también ha llevado sus ideas a la televisión. Trabajó en RCTV durante siete años. Vivió en Argentina, a donde viajó para realizar unos talleres de guión cinematográfico y recibió clases de escritores como Hans Garrino y Patricio Vega. Además, es una de las creadoras de la serie Niñas mal, que transmitió MTV Latinoamérica en 2010 y muestra la rebeldía y los conflictos de tres jóvenes de la alta sociedad.

La autora integra actualmente el grupo de dialoguistas de la nueva telenovela de Ibsen Martínez,  una coproducción entre Televen y Cadena Tres de México, distribuida por Telemundo. “Para mí la televisión es el placer de poder vivir de la escritura. Además de que me encanta. Hay gente que le tiene prejuicio, pero me gusta que es un medio que tiene un alcance con el que no cuentan el teatro ni el cine. Es un contacto directo con el espectador. La cercanía que se establece es una cosa muy interesante, creo que desaprovechada”.  

–¿Cuáles son aquellos temas que la motivan a escribir?

–La idea de confrontarnos como nación. Si hay algo que nos ha llamado la atención es que, al revisar nuestra historia y reflexionar sobre hechos del pasado, como cuando hicimos Vino la reina, uno se da cuenta de que el país es como un círculo vicioso y entonces uno se pregunta: “¿Cómo es que no aprendemos?”. Nos interesa mostrar esta situación a las generaciones actuales y a las que vienen para ver si confrontándonos podemos crecer como sociedad. En general somos un país muy evasivo, muchas veces adolescente, porque nos cuesta asumir responsabilidades. Y desde la escritura siempre nos ha inquietado eso: aprender de los errores, si se puede.

–Se ha tergiversado la idea de teatro político, ¿eso de qué manera afecta las artes escénicas?

–Se ha confundido lo político con ideología, que es otra cosa. Todo teatro surge de la manifestación de un pensamiento y de una postura. Cuando tú escribes una pieza o trabajas un tema en específico, estás mostrando un punto de vista. A mí me parece importante que cada persona tenga su opinión y la exprese; en eso consiste la libertad del artista y del creador. Pero el teatro no debe ser panfletario ni adoctrinar al espectador. No puedes decirle a la gente cómo pensar.

–Con la pieza Jazmines en el Lídice toca un tema álgido: la muerte a causa de la violencia en el país. ¿Por qué llevarlo al teatro?

–Siento que cuando algo nos angustia más hay que hablar de eso. Es como si le dijeran a la comunidad judía que deje de hablar del Holocausto porque la gente quiere divertirse. No. Se habla de eso hasta siempre. Mantenerlo presente hace que podamos actuar. Me preocupa cuando dicen que se van a omitir opiniones sobre la inseguridad. En el caso de Jazmines en el Lídice se ha tocado el tema siempre desde lo humano, desde cómo esas mujeres encuentran un camino para salir adelante. En la medida en que nos sensibilicemos y dejemos de ver números podemos exigir un cambio no sólo de las autoridades sino de nosotros mismos.

–En contraposición a este montaje, en la cartelera abundan los que apuntan más al entretenimiento. ¿Considera que la dramaturgia se ha vuelto evasiva?

–Pienso como Joan Manuel Serrat: ha de haber gente pa’ todo. Y lo maravilloso es esa diversidad. Lo que no puede haber es un solo tipo de teatro ni puede haber mal teatro. El tema del “teatro comercial” es muy discutible: José Ignacio Cabrujas es el escritor más comercial de este país; la gente agota las entradas para ver una obra suya. Pero si hay un autor reflexivo, profundo e interesante es él. Creo que independientemente de lo que hagas, el teatro tiene que honrar al espectador, no puede subestimarlo. Por otro lado, siento que surge una generación muy importante de gente joven que hace cosas interesantes, que trabaja sin miedo y sin victimizarse. Eso equilibra la balanza.

–Se habla de maestros como Cabrujas, Chocrón, Chalbaud, Ott y Santana o de clásicos extranjeros como Shakespeare, Ibsen y Strindberg. ¿Por qué no se escuchan los nuevos nombres?

–Es difícil, sobre todo porque el trabajo del escritor es muy solitario, aunque en mi caso tengo un grupo que me respalda y eso hace que mi nombre suene más. Nunca esperé que alguien viniera y me dijera que quería montar una obra mía. Es muy complicado ese engranaje: conseguir a alguien que escriba o que el autor encuentre a un grupo que monte sus piezas. En mi caso se dio a la brava.

–¿Cuál es el principal freno para esa conexión?

–Es un tema de difusión: no se edita. Tú como director quieres montar algo y vas a una librería y lo que vas a conseguir es Cabrujas, Chocrón y Chalbaud. Es difícil, porque la dramaturgia no se considera literatura. Lo ideal sería que pudiéramos realizar antologías, que haya más medios de publicación. Hay que tocar muchas puertas para que la dramaturgia sea conocida.

–¿Cree que en Venezuela se subestima el trabajo de los nuevos escritores?

–A mi parecer los dramaturgos que siguen trabajando son muy respetados, como Elio Palencia, que tiene dramaturgia consistente y cercana al país. La verdad es que los maestros siempre han arropado a las nuevas generaciones, pero depende más de nosotros darnos a conocer. No puedes esperar a que alguien te llame.

–¿La dramaturgia nacional recibe estímulo suficiente?

–Siento que hacen falta talleres, actividades, más espacios de encuentro no sólo de dramaturgos sino también de guionistas de cine. Este es un trabajo muy solitario y el reto es poder encontrarse, porque es la única manera de que tus ideas puedan comunicar, que es finalmente tu objetivo.  

Cambios

Hermandad  cinematográfica

La agrupación a la que pertenece la escritora Karin Valecillos, Tumbarrancho Teatro, tiene un nuevo hermano, como ella lo denomina: Tumbarrancho Films, una productora con la que quieren llevar a la gran pantalla piezas como Sobrevivientes, que toca el tema de la masacre de El Amparo; y Vino la reina, que narra cómo coincidieron la visita al país del grupo Queen y la muerte de Rómulo Betancourt a comienzos de los años ochenta.  Han afrontado trámites burocráticos y han tenido que armar la maquinaria necesaria. Pero eso no implica que piensen abandonar las tablas. “Es entrar en un código distinto y ha sido un proceso de aprendizaje. Uno siempre se queja del teatro y cuando llegamos al mundo del cine nos dimos cuenta de que montar obras es más fácil. En un encuentro de guionistas en México nos contaron que Ingmar Bergman decía: ‘¿Quieren saltar del cielo del teatro al infierno del cine?’ Y nosotros dimos ese salto. Pero ahí estamos. Hay que optar al CNAC y ellos tienen sus fechas, por eso no podemos definir cuándo lo vamos a hacer. En ese sentido el teatro es más noble”.  


FOTO Leonardo Noguera






mcastillo@el-nacional.com