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Juan Iribarren: Las salas alternativas llevan la batuta del arte contemporáneo

El artista plástico Juan Iribarren / Manuel Sardá

El artista plástico Juan Iribarren / Manuel Sardá

El pintor sólo pudo traer 8 de las 25 obras que llevó a Sao Paulo, dadas las limitaciones del circuito expositivo, pero reconoce el esfuerzo que hacen las instituciones independientes por mostrar arte

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Juan Iribarren es un artista venezolano que vive en Nueva York desde hace más de 20 años. Acostumbra visitar el país una vez al año. En esta ocasión lo hace para participar en la muestra Nuevos vínculos, que pone al alcance del espectador venezolano parte de lo que su compatriota, el curador Luis Pérez-Oramas, llevó el año pasado a la Bienal de Sao Paulo.

Sentado en los jardines de la Hacienda La Trinidad, donde presenta un híbrido entre pintura y fotografía, cuenta que en esta oportunidad tuvo que desoír a quienes le aconsejaban, con la mano en el corazón, no viajar a su país natal. También conversa sobre las dificultades que implica traer una exhibición itinerante a Caracas.

–¿Cómo llegó a la Bienal de Sao Paulo?

–Fui invitado por el curador Luis Pérez-Oramas, él había estado en mi taller previamente y estaba interesado en un conjunto de óleos y fotografías. Lo que estamos viendo acá en la Hacienda La Trinidad es una selección. En Sao Paulo tuve un espacio importante, de 200 metros cuadrados, con más de 25 obras. Acá hay más limitaciones, menos espacio, y sólo pude traer 8 piezas de las que se exhibieron en la bienal.

–¿Cuán válido es mostrar pintura en una bienal de arte contemporáneo?

­­­­–Eso habrá que preguntárselo al curador, pero yo como artista contemporáneo creo que todavía hay mucho qué decir en la pintura y hay muchos creadores trabajando este medio. En el caso de Pérez-Oramas, creo que le interesaba mucho la yuxtaposición entre pintura y fotografía que propongo.

–El viernes se celebró el Día del Artista Plástico. La fecha siempre pone de relieve que en todas las generaciones existe la pulsión de pintar, dibujar o hacer videoarte, aunque el mundo esté saturado de imágenes, y por otro lado, que vivir del arte es cada vez más difícil.

–Puedo hablar sólo de mi caso. Creo que para mí era inevitable convertirme en artista plástico, era el área que mantenía mi interés, que me generaba curiosidad, deseos de investigar, de inventar y descubrir. El momento de pintar es el que me hace sentir más realizado.

–¿Vive de su trabajo?

–Sí. Di clases por muchos años. Hace un año me retiré de la esfera académica. En este momento me ha sido posible vivir del arte.

­–¿Ha tenido la oportunidad de ver algunas de las exposiciones que presentan por estos días los museos y galerías del país?

–Me interesa mucho hacerlo. Lamentablemente he estado ocupado con el montaje de esta muestra desde que me bajé del avión. Pero quiero ir a la Sala Mendoza y al Centro de Arte Los Galpones. Espacios como estos y como la Hacienda La Trinidad me parecen indispensables en estos momentos y me gusta mucho la idea de que se unan para hacer exposiciones en conjunto. Es increíble que a pesar de la situación que vive el país se pudiera concretar una serie de muestras como Nuevos vínculos, que implica traer proyectos itinerantes y a varios artistas extranjeros.

–¿Le parece que la ciudad sigue conservando espacios importantes como la Feria Iberoamericana de Arte de Caracas, algunos museos?

–Los museos, la verdad, no sé. Prefiero no emitir opiniones porque no estoy al tanto de lo que sucede en ellos. Me parecen más interesantes las iniciativas de las salas independientes. Pienso que las salas alternativas y las fundaciones llevan la batuta del arte contemporáneo venezolano, por lo menos en estos momentos.

–Actualmente hay muchas limitaciones para dedicarse al arte en Caracas. El costo de tener un taller es elevado, la ciudad carece de salas e incluso escasean algunos materiales. El que quiera hacer lo que realmente le place en el campo creativo y expositivo, ¿se tiene que mudar?

–No lo sé. Mi caso es diferente, porque he vivido en Estados Unidos desde que estaba en bachillerato y no conozco de primera mano la realidad nacional. El mío no es el caso típico de los artistas que han emigrado. Un artista de Nueva York te puede decir exactamente lo mismo que uno de Caracas, que es cuesta arriba exponer. Sin embargo, allá hay una cantidad de galerías y espacios de arte que suplen las carencias; en Caracas las salas son muy limitadas. En una ciudad o la otra, el principal problema que afronta un creador es el de insertarse en un lenguaje, sentir que es válido lo que hace en el ámbito de la contemporaneidad. El segundo problema es de qué se vive mientras esto sucede, el reto de mantenerse y hacer la obra es lo más difícil para los artistas venezolanos.

–¿Las bienales siguen siendo un espacio legítimo para confrontar arte o son una excusa para vender souvenirs?

–Nunca había estado en la Bienal de Sao Paulo y me pareció que es un espacio espectacular. Creo que Pérez-Oramas se sintió libre de hacer lo que realmente deseaba sin necesidad de apoyarse en las galerías poderosas ni en el mercado de arte contemporáneo tan fuerte que hay en Brasil.

–¿Son políticas las propuestas que se llevan a un país como ese?

–Hay arte político, pero sólo de manera parcial. A mí me llamó la atención la fortísima herencia geométrica. Hay una cosa diferente allá, una manera más juguetona de ver la abstracción, más de color. En Venezuela somos más de estructura, de la propuesta óptica y el constructivismo.

–¿La crisis que vive el país contribuye a enriquecer los lenguajes, de manera paradójica?

–Yo diría que sí. Se está experimentando más. Es una reacción a la crisis, pero también a la globalización. Lo bueno de esta época es que la comunicación es más fácil, y el arte se alimenta de lo que pasa en el resto del mundo. También hay un porcentaje de arte que se basa en la reacción política. La verdad es que todo arte es político, pero en este momento hay un número importante de artistas contemporáneos que trata el tema de frente. Aunque hay limitaciones, pienso que los creadores y los galeristas hacen lo que tienen que hacer y presentan el trabajo de la mejor manera posible.

El arte ayuda a reenfocar la vida

Cuando a Juan Iribarren le preguntan qué aporta el arte a una sociedad con tantas carencias como la venezolana, en la que miles de niños y adolescentes abandonan el sistema educativo para dedicarse a actividades más productivas desde el punto de vista económico, es enfático: “Puede que haya gente que piense que el arte es prescindible o que hay necesidades más importantes, pero la verdad es que ayuda a reenfocar la vida y eso se ve reflejado en la sociedad. En el exterior Venezuela es reconocida como un país con una tradición artística importante, que ha dado grandes nombres como los de Armando Reverón, Jesús Soto, Alejandro Otero y Carlos Cruz-Diez. Hay tantos factores que hacen que esos nombres perduren a lo largo de la historia. Me he dedicado a la docencia durante muchos años en Estados Unidos y sé que no se puede enseñar a nadie a ser artista, pero sí sembrar la semilla, la inquietud, poner a pensar y a trabajar a los estudiantes, y eso es algo que las instituciones tienen que tomar en cuenta”.