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La producción se triplicó gracias a la Ley del Cine

Fachada de La Villa del Cine | Foto: Alexandra Blanco

Fachada de La Villa del Cine | Foto: Alexandra Blanco

El notable aumento de largometrajes venezolanos a partir de 2006 fue el logro más notable del séptimo arte durante el gobierno de Chávez, más allá del escaso éxito de títulos estrictamente apegados a la ideología oficial como Zamora, El Caracazo y Comando X

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Hugo Chávez fue un presidente cinematográfico. Se codeó con el ala más izquierdista de Hollywood: Sean Penn, Oliver Stone, Tim Robbins o Danny Glover. En el programa Aló, Presidente se refirió con frecuencia a sus trasnochos de videos caseros, durante su gestión se estrenó la Cinecittà venezolana, la Villa del Cine, y se presentó una función a todo dar en el Teatro Teresa Carreño de la simbólica Zamora (2009) del director Román Chalbaud. La enumeración parece marcada por un profundo sello ideológico, aunque toda gestión política es una historia de sombras y luces. Y si hubo un sector cultural con claroscuros entre 1999 y 2013 fue el séptimo arte.

Al lado de Sean Penn o Román Chalbaud, aparece un rostro de más bajo perfil pero clave en la gestión cinematográfica del chavismo: Juan Carlos Lossada, presidente en tres períodos distintos, a partir de 2003, del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía, extraña institución dentro de la administración pública porque ha sobrevivido con su nombre intacto a pesar de que se creó en 1994. Pero no sólo por eso. “No podemos ser mezquinos, más allá de la posición política que tengamos, y en el caso del CNAC las cosas se han hecho bien. Afortunadamente es un instituto que depende del Estado pero se maneja con mucha participación del sector privado y los gremios cinematográficos. Para mí, es una rareza dentro del Gobierno”, concluye Alejandro Bellame, director de El rumor de las piedras (2011) y ex presidente de la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos.

“El CNAC dirigido por Lossada es un ejemplo que deberían tener en cuenta muchas instituciones del Estado, debido a la dinámica que allí se ha generado entre el sector público y el privado, que se han encontrado con todas sus contradicciones inherentes”, defiende Carlos Azpúrua, el realizador de la famosa Amaneció de golpe (1998). “A pesar de que el proceso revolucionario ha tendido a eliminar los institutos autónomos, con el CNAC siempre se entendió y se respetó la diversidad que caracteriza al sector cinematográfico. Un negocio, hay que decirlo, profundamente perverso, debido al desequilibrio que ocasiona la producción de Hollywood, aunque ese es otro tema. Le preguntaría a cualquier cineasta de la oposición si se le han cercenado sus libertades en los temas de las películas que han introducido ante el CNAC”, agrega.

“Falsificación de la verdad”. No todo ha sido rosa. En 1998, la Venezuelan Film Commission, iniciativa del CNAC de la cuarta república para atraer a productores extranjeros a potenciales locaciones cinematográficas del país, fue considerada por la publicación Advertising Age International entre las 16 empresas más importantes del mercadeo mundial, con ingresos de hasta 2,6 millones de dólares. “Todo eso se vino abajo”, reconoció en febrero de 2003 Maurice Reyna, que antecedió a Lossada al frente del CNAC entre 2000 y aquel año. La inversión foránea dejó de ser tan bienvenida.

Otros episodios turbios incluyeron la exclusión de Secuestro express (de 2005, el segundo filme nacional más visto en los años de Chávez como presidente y el cuarto de todos los tiempos) como precandidata al Oscar: el entonces vicepresidente José Vicente Rangel la consideró “una falsificación de la verdad”. O la ruptura de relaciones en 2007 del ex ministro de la Cultura, Farruco Sesto, con la ANAC y Caveprol (gremios de directores y productores), debido a un comunicado en el que se criticó que se entregaran 17,6 millones de dólares a Danny Glover para una película sobre el prócer haitiano François Toussaint-Louverture de la que en 2013 todavía no se sabe nada.

Por no hablar del cuestionamiento que hizo el propio Sesto a la presencia de Fabiola Colmenares (“un personaje menor del fascismo criollo”, la consideró), luego política opositora, dentro del reparto de Miranda regresa (2007), un filme de la Villa del Cine, institución que se inauguró en Guarenas en junio de 2006 y que generalmente ha manejado un presupuesto superior al del CNAC. En un plano más anecdótico, en 2003 Chávez criticó el “cine venezolano de burdel y groserías” en presencia de Chalbaud, el realizador de nada menos que El pez que fuma (1977).

La aprobación de la reforma parcial de la Ley de Cinematografía Nacional en septiembre de 2005, en cuya elaboración participó de manera conjunta el oficialismo y la oposición (justo antes de las elecciones parlamentarias de las que el último sector se retiró), es un logro clave en la era de Chávez. “Fue un cambio fundamental. Se estableció un piso económico sólido, en la medida en que hoy compras una entrada para ir al cine y un porcentaje de lo que pagas, pequeñito pero importante, va para la producción de películas venezolanas a través del fondo Fonprocine. Dejamos de estar tan expuestos al humor variable de los funcionarios que establecen presupuestos para la cultura”, señala Luis Alberto Lamata, autor de Taita Boves (2010), una de las cintas artísticamente más valiosas del período 1999-2013.

Incremento sustancial. Los números apoyan los dichos de Lamata. El presupuesto del CNAC para 2000 era de apenas 470 millones de bolívares (de los antiguos): comparativamente, el costo de un filme nacional se calculaba entonces en 300 millones. De 1999 a 2005 se estrenaron 26 películas venezolanas, con un promedio de menos de 4 al año. Desde entonces la producción se incrementó a 10 largometrajes nacionales en 2006, otros 10 en 2007, 12 en 2008, 7 en 2009, 13 en 2010, 15 en 2011 y 13 en 2012, para una media de más de 11 al año. Entre ellos, el más taquillero ha sido una producción privada con apoyo del CNAC, La hora cero (2010) de Diego Velasco, que atrajo a cerca de 942.000 espectadores (tercera de todos los tiempos).

La creación del Festival del Cine Nacional de Margarita en 2008 y de la distribuidora Amazonia Films en 2005 y la ampliación de las salas de la Fundación Cinemateca Nacional y otros circuitos alternativos (recientemente, un antiguo recinto pornográfico en el centro de Caracas, el Teatro Urdaneta, fue recuperado con el nombre de Aquiles Nazoa) son otros de los hechos que exhibió el séptimo arte durante el chavismo con Chávez. Una visión histórica rimbombante, generalmente asociada a proezas militares, cautivó el interés del fallecido presidente con títulos como Manuela Sáenz (2000), El Caracazo (2005), Miranda regresa, Zamora y un esperado estreno de 2013 que no llegó a ver concluido, El Libertador, protagonizado por la máxima estrella nacida en el país, Edgar Ramírez. Afortunadamente, también hubo espacio para que Postales de Leningrado (2007), El enemigo (2008) o Piedra, papel o tijera (2012) convivieran con ellas.

Una brecha en la Villa

Luego del estreno sin pena ni gloria de títulos como La clase (2007) y Comando X (2008), la entonces directora de la Villa del Cine, Lorena Almarza, decía tener claro el cine que interesaba hacer dentro de esa institución bandera de la gestión del ex ministro de Cultura, Farruco Sesto: “Hay una clara posición en términos políticos e ideológicos”. El cineasta Alejandro Bellame considera que, ante la escasa fortuna artística y taquillera de esas películas y otras como Zamora (2009), es evidente que la directiva de la Villa, actualmente presidida por José Antonio Varela, ha tenido que dar un paso atrás en la ideología y exhibir una producción más neutra, que incluso ha incursionado en la comedia (La pura mentira, de 2012) y el policial (Muerte en alto contraste, de 2010). “El próximo estreno de Brecha en el silencio, que me parece de muy elevada factura, es un signo muy positivo. Creo que las cosas se habrían hecho mejor en la Villa si desde el principio la cuantiosa inversión que se hizo allí se hubiera canalizado a través del CNAC. No quiero utilizar la palabra ‘propaganda’, pero sin duda su producción se enfocó como una línea estratégica del Gobierno”, agrega Bellame. “La Villa tiene que mejorar y profesionalizarse en aspectos como los guiones y el montaje. Pero los proyectos que yo he hecho dentro de ella han gozado de un clima de absoluta libertad autoral. He filmado lo que he querido, sin ninguna imposición”, contrastó Luis Alberto Lamata.