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La polarización dividió el ámbito de las artes visuales

Museo de Arquitectura / Williams Marrero

El Museo de Arquitectura fue inaugurado el año pasado / Williams Marrero

Los 14 años del gobierno de Hugo Chávez tuvieron sus bemoles para museos, galerías y salas alternativas. Los más afectados fueron los artistas, que debieron sortear la politización de los museos, a los que no sustituyó el circuito privado

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Aunque no todo es blanco y negro en el ámbito de las artes visuales, el balance de la gestión durante los últimos 14 años no puede ser calificado de positivo. La polarización se convirtió en un huésped habitual en los museos, alteró las nóminas, se coló en los salones y en las galerías e incidió en la formación de los artistas. Muchos de ellos tuvieron que escoger entre trabajar para las instancias oficiales, para el mercado o incluso asociarse para crear sus propios espacios independientes.

Si bien reconocen que se avanzó en la creación de infraestructura, como la nueva sede de la Galería de Arte Nacional y el Museo de Arquitectura, y que existen museos itinerantes como el de Fotografía y el de Arte Popular, los expertos consideran que la politización hizo mella en el sector. “Estos años resultaron profundamente negativos para el arte. Al comienzo del régimen, con la gestión de Alejandro Armas en el Consejo Nacional de Cultura, hubo un cierto respeto, y en la actualidad, con el ministro Pedro Calzadilla, ha habido una apertura en instituciones como la GAN y el Museo de Arte Contemporáneo, pero es mucho lo que se ha perdido”, indica el crítico Perán Erminy.

Si Erminy tuviera que ubicar un punto de quiebre, ese sería enero de 2001, cuando el entonces presidente Hugo Chávez despidió durante su programa dominical a Sofía Imber y María Elena Ramos, quienes hasta la fecha habían estado al frente del Museo de Arte Contemporáneo y la Fundación Museo de Bellas Artes. “Es algo imposible de olvidar, porque se hizo en tono de burla. A ella y a los otros funcionarios les dijeron que quedaban ponchaos. Cuando yo vi eso me sentí agredido”, expresa.

En ello coincide el artista Rolando Peña, que califica de irrespetuoso ese capítulo. “Fue algo sin sentido y sin ninguna justificación. Sofía Imber había armado un museo extraordinario. Manejaba muchas cosas a favor de los artistas plásticos y su institución se había beneficiado de la descentralización emprendida durante la gestión de José Antonio Abreu como ministro de Cultura, en el período de Carlos Andrés Pérez. Se trabajaba con una libertad que luego fue limitada para dirigir los museos desde el Gobierno”.

 

Lo público y lo privado. Con las nuevas autoridades llegaron los cambios de dirección. En 2004 se creó la Fundación Museos Nacionales, para centralizar las competencias, constituir nuevos museos e integrar a sus filas a diversas instituciones autónomas como el Museo de Coro y el Museo Soto.

Ya para entonces había surgido una división marcada entre dos escenas: la pública y la privada. Las salas expositivas del Estado recortaban el presupuesto, suprimían las grandes individuales y editaban menos publicaciones. La Sala Mendoza perdió su sede. Surgieron el Centro de Arte Los Galpones y la Hacienda La Trinidad. Algunas galerías y espacios alternativos comenzaron a asumir con mayor fuerza el papel de legitimadores, mientras el mercado se debatía entre diversificarse o deprimirse. “Las cosas empezaron a separarse hasta un punto en que se llegó a hablar de una política de exclusión, que se sufrió en unos museos que abandonaron las grandes muestras y el programa de compras de obras de arte. Fue una década sombría”, señala la galerista Ana Josefína Vicentini.

La integrante del comité organizador de la Feria Iberoamericana de Arte de Caracas asegura que los más afectados han sido los artistas, pues en todos estos años no hubo una política de acompañamiento sólida que abarcara desde la formación de nuevos talentos en las escuelas de arte hasta garantizarles a los grandes maestros de la plástica un retiro digno. “Creo que al surgir esa división tan grande entre la labor de museos y la de las galerías, ha habido una política conjunta para apoyar a los artistas emergentes y a los creadores ya maduros. Esa ha sido una de las cosas más difíciles que ha presentado el panorama plástico en el país. También hay que decir que esta fue una década en la que los artistas tuvieron poca relevancia nacional y poca promoción internacional por parte del Estado”.

La polarización afectó los criterios para organizar exposiciones y salones, así como para otorgar premios o seleccionar el envío nacional de la Bienal de Venecia, afirma Erminy. “No eran transparentes, había cada vez menos lugar para la consulta pública y por ende se logró sembrar la semilla de la desconfianza. Uno va a muchas instituciones públicas, como el Iartes, esperando encontrar malas propuestas. No siempre es así”, indica el crítico.

Un caso destacado de esa especie de apartheid cultural es el de la artista Magdalena Fernández, quien junto con Pedro Morales y Javier Téllez representó al país en la Bienal de Venecia 2003. La creadora fue fuertemente criticada, pero no por la calidad de sus videoinstalaciones –que han dado la vuelta al mundo– sino por aceptar participar en una instancia cuyo jurado era nombrado por el Estado, lo que en los últimos años ha sido sinónimo de gobierno de turno.

“Hablo desde mi experiencia. Lamento mucho la polarización y mi postura ha sido dejar abiertos los vínculos y participar con ciertos límites en los diversos espacios, porque creo firmemente que el arte también tiene funciones específicas y entre ellas está contribuir a construir país, y excluirse totalmente o alejarse es negarle esta posibilidad. Sí creo que tanto las políticas culturales como las posturas radicales han menoscabado la pluralidad y las libertades”, afirma Fernández.

El artista Iván Candeo dice que no resulta sencillo hacer un balance. Piensa que los museos se han quedado cortos en la difusión del trabajo de los creadores, algo que cree también le ha ocurrido a la prensa. Sin embargo, a su juicio ese no ha sido el único problema. “Es necesario hablar de la formación del talento. Sigue habiendo jóvenes con mucha vocación, pero hay que apoyarlos. Eso no significa abrirles la puerta para que expongan, lo cual puede terminar siendo un tanto populista. El Estado debe otorgar becas, buscar la manera de que los artistas puedan tener contacto con lo foráneo”.

El panorama ha tenido sus bemoles en los últimos tiempos. El año pasado, el centenario de Gego marcó el regreso a los museos tanto del público como de las instituciones que prefirieron formar un circuito expositivo independiente. La Fundación Museos Nacionales anunció la creación de un Comité de Adquisiciones, que permitió el ingreso de nuevas piezas a las bóvedas. La Sala Mendoza, ya desde la Unimet, retomó sus actividades, incluido su premio.

 El año 2008

Si hay una instancia que se ha visto afectada por la polarización son los salones. El Pirelli, que organizaba el MAC, se despidió en 2008. Ese mismo año el Michelena –actualmente bienal– se convocó por partida doble a raíz de la toma del Ateneo de Valencia.

El escándalo de la Odalisca

Si en estos 14 años hubo un misterio en el mundo de las artes visuales fue la desaparición de la pintura Odalisca con pantalón rojo de Henri Matisse, perteneciente a la colección del Museo de Arte Contemporáneo. El hecho salió a la luz en 2003, cuando las autoridades del museo admitieron que habían descubierto que la obra que permanecía en la bóveda no era el original, sino una copia. El lienzo hurtado había sido puesto en venta en Miami meses antes, denunció el galerista Genaro Ambrosino.

El cuadro permaneció desaparecido hasta el 18 de julio de 2012, cuando fue hallado por el FBI en una operación encubierta en la cual fueron detenidos el cubano Pedro Marcuello Guzmán y la mexicana María Martha Ornelas Lazo, ambos juzgados por un tribunal estadounidense. Sus nombres no están vinculados con el mundo del arte, declaró Marianella Balbi a El Nacional el año pasado. Aunque el caso quedó cerrado el 22 de enero, cuando se leyó la sentencia, hasta la semana pasada el Instituto de Patrimonio Cultural no había proporcionado información sobre las gestiones que adelanta para repatriar la pintura, que durante el juicio era considerada evidencia. El crítico Perán Erminy cree que el Estado venezolano debe hacer una investigación más profunda, pues durante el juicio no quedó claro si el Matisse en manos de la justicia estadounidense fue hurtado de la bóveda del MAC o si se perdió en los años noventa, cuando fue prestado a un museo español.