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“Los noticieros están más interesantes que las telenovelas”

Delia Fiallo | Foto: Archivo

Delia Fiallo | Foto: Archivo

La escritora cubana de 91 años de edad recuerda a Venezuela como el país que le dio mayores satisfacciones a su carrera, en la que fue sumando éxitos con títulos como Lucecita, Cristal, Kassandra y Esmeralda

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A Delia Fiallo no le gusta escribir en computadora. Una vez lo intentó. Le parece que son frías y silenciosas. Necesita el ruido de la máquina de escribir para mantenerse despierta durante la madrugada, momento que considera ideal para que el corazón de sus personajes empiece a latir sobre las páginas en blanco.

Durante sus inicios como escritora de telenovelas tecleaba incesantemente. Las cinco veces que dio a luz salió de su estudio al hospital y allí seguía inventando grandes historias bautizadas con nombre de mujer: Kassandra, Lucecita, La Zulianita, La señorita Elena, Leonela, Esmeralda y Cristal, telenovelas que nacieron en Miami y se criaron en Venezuela.

“Por eso no le puedo negar una entrevista a los venezolanos. Allí alcancé la época dorada de mi carrera”, cuenta por teléfono la madre de la telenovela latinoamericana, “aunque ya creo que soy la abuela”, dice.

Todas sus respuestas finalizan con una dulce carcajada. A sus 91 años de edad el buen humor es lo que la mantiene lúcida. Fechas, nombres exactos y anécdotas puntuales no se le escapan.

En su casa en Miami se mantiene activa con nuevos proyectos. Adaptará la trama de Cristal al cine de la mano del director uruguayo Martín Sastre. También la convertirá en un libro, como piensa hacerlo con Esmeralda, Kassandra, Leonela. Redacta cuentos infantiles, registra sus conferencias. “Y empecé a escribir mis memorias, porque tengo a mis hijas detrás de mí con un látigo”.

Su esposo Bernardo Pascual, de 94 años, ha sido el galán de su vida durante 63 años de matrimonio. “Él fue quien rechazó el primer libreto que escribí en 1952. Era director de una radio en la que me contrataron para dialogar noticias. Pensaba que era un gordo feo, con pelos en las orejas, y resulta que era el hombre más bello del mundo. Fue amor a primera vista”.

I need atention” decía el pullover con el que su marido le pasaba en frente cada vez que la escritora estaba tecleando en la máquina. “¿Cuándo voy a vivir?, me preguntaba. En 1985 empecé a disfrutar de la vida. Viajamos mucho. Empecé a sembrar plantas en el jardín, cuidar a mi familia y a mis animalitos”.

Con sus nuevos proyectos volvió a retomar el ritmo de antes. “Me levanto y me pongo a trabajar duro. No paro”.

—¿Qué ha sido más difícil: adaptar sus telenovelas al cine o la literatura?

—Yo soy muy celosa de lo mío. Esas novelas eran tan largas que duraban un año o 200 capítulos. Me ha costado ceñir esas historias a los libros y con la película es peor.

—Siendo tan celosa de su trabajo. ¿Por qué quiere llevar Cristal al cine con Martín Sastre?

—Él dirigió Miss Tacuarembó, un filme en el que la protagonista soñaba ser como el personaje de Jeannette Rodríguez en Cristal. Ella también aparece en la película, un musical muy bien hecho. Me reuní con él y le propuse hacer la historia en cine. Se le iluminaron los ojos.

—¿Cómo va el proyecto?

—Estamos en los inicios, pues yo no conozco el guion cinematográfico, no me gusta hacer algo de lo que no tengo conocimiento. Así que creamos un concurso para escoger el mejor guion. Todavía no hemos publicado las bases y ya hay gente enviando propuestas.

—¿Esos guiones los envían por correo electrónico?¿Cómo se lleva con la tecnología?

—Yo no sé apretar un botón de esos aparatos. El celular lo llevo en la cartera como medida de precaución y siento que me van a localizar donde quiera que yo esté. Me compraron una tablet y tengo un Facebook privado. Se me llenó con 5.000 amiguitos y tuvieron que abrir otro público. Lo reviso al final del día y leo cosas tan lindas, que siento que valieron la pena todos los sacrificios de noches enteras sin dormir.

—¿La ayudaba alguien a crear las historias de sus telenovelas?

—No tenía equipo de dialoguistas. La única persona que me echó una mano en toda la carrera fue Ana Mercedes Escámez, una venezolana con mucho sabor. Nos compenetramos muy bien. Escribíamos el capítulo entre ella y yo, y a veces no distinguía cual había hecho cada una.

—¿Ve televisión? ¿Qué piensa de las telenovelas que se producen actualmente?

—Las telenovelas de hoy son violentas, con drogas y sexo, no me llaman la atención. Muchas tratan el tema del narcotráfico, una realidad que existe pero que es ajena y desagradable para mí. No es sano que la violencia entre a los hogares a través de la pantalla cuando la familia está reunida. Los noticieros están más interesantes que las telenovelas.

—¿Qué elementos debe conservar una telenovela?

—Una temática en la que mucha gente se vea reflejada. Deben centrarse en conflictos familiares: la esposa engañada, el hijo que no estudia, la niña que se enamora de un sinvergüenza, eso emociona. Los sentimientos nunca cambian en ninguna parte de mundo, no importa la cultura ni la época. Por eso el género es tan exitoso y mis novelas han alcanzado a 2.000 millones de personas.

—¿Los productores le tienen temor a la cursilería?

—Tienen el pudor del melodrama. Se le ha quitado el derecho a la mujer de soñar frente a la televisión, de encontrar un poco de ilusión en su vida con las cosas que no tiene en la realidad. A la mujer no le interesan los narcos, las armas de fuego, la tortura ni los muertos.

—Pero las narconovelas son exitosas…

—¿Están en primer lugar con cuánto? ¿18 o 20 puntos? Cuando yo estaba en 30 o 35 puntos de rating me preocupaba. Por otra parte, las telenovelas turcas están reconquistando el género. Tienen romanticismo, sentimientos bellos, cosas que superan al ser humano.

—¿Cómo se aprende a escribir telenovelas?

—Esto no se aprende, no se estudia, con esto se nace. Cuando yo era jovencita, uno de los entretenimientos del pueblo era ir a la estación del tren para ver a la gente partir hacia la ciudad. Yo miraba los rostros de aquellas personas y me imaginaba sus historias.

—¿Siempre quiso dedicarse a esto?

—Yo quería ser veterinaria. Pero era la hija única a la que mamá le hacía sus bucles en el pelo para exhibirla en el portal. Era muy sobreprotegida. Mi madre me decía que tenía que estudiar una carrera de adorno. Vivimos en varios pueblos de campo, por eso no hice amigas íntimas, era muy solitaria. Me refugié en la lectura y luego estudié Filosofía y Letras.

—¿Todo está escrito?

—La primera preocupación mía cuando empezaba un proyecto era pensar que ya todo estaba escrito. Eso me obligaba a la búsqueda de un ángulo diferente. Me apoyé usando distintos ambientes y generaba conflictos asociados con eso: en los llanos venezolanos recreé Esmeralda, en el circo Kassandra y en el mar, María la del mar.

—¿Escribía por encargo?

—Yo siempre escribí contratada por el canal, no a pedido. Hacía una novela con ciertos capítulos de adelanto, 15 o 20, pero como también era madre, me iba retrasando. Escribía dando tetero porque la novela estaba al aire. Como no había ni fax ni email, tenía que dictar el capítulo por teléfono. A veces salía al aeropuerto y le daba el libreto a alguien con buena cara que viajara de Miami a Caracas. Una vez se lo di a alguien de la competencia y nunca llegó.

—¿Se enamoraba de sus personajes?

—Mis protagonistas eran ideales, un ejemplo a seguir. Me escapaba mucho en los personajes secundarios, los de carácter. Pero también todas esas protagonistas que luchaban por superarse y verse realizadas tienen un detallito de mí.

—¿Qué recuerda de Venezuela?¿Ve alguna de las telenovelas que se producen aquí?

—Recuerdo tantas cosas lindas. Las telenovelas de allá no se están pasando acá. En mi época pusimos a Venezuela a la cabeza de la industria del entretenimiento mundial. Me preguntaban: ¿Cómo una cubana radicada en Miami va a escribir telenovelas venezolanas? “Ese es mi problema”, contestaba. Me puse a leer mucha literatura venezolana, la prensa, me sentaba en los parques a oír a la gente e hice un diccionario de giros idiomáticos.

—¿Cuándo fue la última vez que vino a Venezuela?

—Antes de Chávez, después no volví más. Sinceramente, los cubanos tenemos un olfato especial para ciertas cosas.

—¿Cómo sería una telenovela ambientada en la Venezuela actual?

—Estoy tan desconectada de la situación, que no quiero opinar sin saber completamente lo que pudiera pasar. Si yo escribiera una novela venezolana reflejaría la realidad. No pude hacerlo en Cuba. Estuve acusada de hacer contrarrevolución en mis novelas, y a punto de caer presa. Desde ese momento me dije que si no tenía libertad para expresarme no iba a escribir lo que ellos quisieran.

—¿Su vida es una telenovela?

—Mi vida es muy interesante. Tengo una gotita de sangre de José Martí en las venas. Debajo de mi cama estuvieron escondidas las armas que usaron para darle el golpe de Estado a Batista. Mi exilio, el empezar con cinco hijos en un país en el que no manejas el idioma. Hay cosas de novela.

—¿Cómo se imagina el capítulo final de su vida?

—Todos tenemos que irnos en algún momento. Ojalá Dios me dé tiempo para hacer todo lo que me falta. Me iré tranquila porque me siento realizada. Quiero que me recuerden como una persona que amó mucho.