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"Mi norte ha sido difundir la obra de venezolanos y latinoamericanos"

El compositor, Alfredo Rugeles / Samuel Hurtado

El compositor, Alfredo Rugeles / Samuel Hurtado

El músico, que cumplió este año tres décadas llevando la batuta, cree que es un fenómeno destacable la energía y el virtuosismo que exhiben las agrupaciones del Sistema de Orquestas

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A mediados de los años setenta se hablaba de “Alfredo Rugeles, el compositor”, porque el músico nacido en Washington en 1949 era reconocido como una figura de vanguardia, cuyas creaciones eran interpretadas no sólo por venezolanos sino también por europeos. Había estudiado dirección coral en la Fundación Schola Cantorum y en julio de 1981 recibió el título de director orquestal en la Universidad de Dusseldorf, en Alemania, lo que le permitió en febrero de 1982 comenzar sus actividades con la Sinfónica Municipal.

Rugeles, ganador del Premio Municipal en 1980, ha sido una figura fundamental en el desarrollo de la música académica en el país. Fue director del Teatro Teresa Carreño entre 1987 y 1991, año en el que se incorporó al popular proyecto de José Antonio Abreu. Ha sido un referente en la apertura del mundo sinfónico a otros ámbitos de la vida musical. Por eso, con su batuta y su sapiencia, ha acompañado a luminarias del jazz como Wynton Marsalis y Chick Corea. También ha colaborado con figuras del universo pop y agrupaciones conectadas con la raíz tradicional, como Ensamble Gurrufío y El Cuarteto. Por sobre todo eso, ha sido un defensor a ultranza de los autores contemporáneos.

—¿Qué se ha logrado en la lucha por los derechos de los compositores?
—Hay una distorsión grande ahí. Quizá porque los que figuran en el glamour y el marketing son los directores y los solistas, se ha relegado a los compositores. No existirían orquestas sin ellos. No existiría una película, o una pieza de danza, sin música. He luchado por ellos a través del Festival Latinoamericano. Tratamos de que se les reconozcan los derechos de ejecución, que es lo que se les debe pagar por el uso de una obra. Pero aquí no se ha entendido eso todavía. Se paga muchas veces a compositores extranjeros porque si no la pieza no se hace, pero cuando es venezolano es como si se le estuviera haciendo un favor.

—La música contemporánea no resulta tan atractiva para el público. ¿Qué aprendizajes le han dejado 17 ediciones del Festival Latinoamericano al respecto?
—Hemos tenido cada vez más público. La música, con el tiempo, se ha ido liberando de lo dogmático. En las décadas de los setenta, ochenta y parte de los noventa era muy disonante, aleatoria y atonal. Ahora el compositor tiende a ser más flexible y melódico. Se ha liberado del dogma y eso ha acercado más al público. Hay quien sigue haciendo ese tipo de música, lo cual es válido. Pero tenemos una apertura a todos los estilos, algunas veces más cercanos a la raíz folklórica, como lo que hacen Paul Desenne y Raimundo Pineda, por citar algunos. Mi norte ha sido difundir la obra de venezolanos y latinoamericanos.

—Y fuera del festival, ¿cómo ve esa difusión?
—Entiendo que las orquestas del Sistema, cuando viajan, han llevado música venezolana. Siempre es lo tradicional y nacionalista, lo cual no está mal. Pero sí desearía que se pasara a los creadores recientes. No obstante, creo que la gira más reciente de Gustavo Dudamel con la Simón Bolívar incluyó una obra de Juan Carlos Núñez y otra del argentino Esteban Benzecry, y eso podría cambiar el panorama. Hay que hacer a Tchaikovsky y Mahler, pero pienso que, como latinoamericanos, lo mejor que podemos llevar es lo de acá.

—Se ha generado un furor por los directores…
—Sí, que no lo tuvimos nosotros, por cierto –sonríe–.

—Exacto. ¿Cómo ve, con una óptica menos apasionada, a las nuevas generaciones?
—El boom de Dudamel ha sido fascinante. Yo lo conocí desde chiquito. Él tocaba en la orquesta y yo lo dirigía. Lo vi crecer como violinista y luego como director. Ha sido vertiginoso lo que ha logrado. Mucha gente criticó que se fuera a trabajar a Suecia y a Los Ángeles, lo cual no tiene ningún sentido, porque, si él logró eso, es por su calidad. No fue por cara bonita ni por el apoyo del maestro Abreu. Tiene unas cualidades extraordinarias. Por supuesto que le faltan horas de vuelo, como a todos, pero él aprende muy rápido. Ha sido la figura descollante de esa generación. Hay una diferencia notable entre él y otros. Y detrás viene una estela. Están Christian Vásquez, Diego Matheuz, Manuel López, Joshua Dos Santos… Ser director orquestal es una carrera difícil porque nunca se termina de estudiar.

—¿Dónde cree que está la sabiduría de un director?
—¡Precisamente ahí! En estudiar, en prepararse lo mejor posible y conocer a fondo la obra que se va a dirigir. Que el gesto y la expresión les puedan transmitir a los músicos el verdadero sentido de la obra. Lo que uno hace al interpretar es recomponer las piezas. La partitura sola no suena. No es como un cuadro, que vemos acabado.

—¿Cómo evaluaría la gestión del Teresa Carreño en los últimos años?
—Una de las cosas que resiento es que no se han hecho suficientes óperas. Sí se han presentado, pero en menor cuantía. Cuando estábamos allí, y antes, cuando estuvo Eduardo Marturet, se hacían seis o siete óperas al año. Eso generaba una fuente de trabajo para los cantantes. Actualmente se hacen una o dos. En aquel momento no teníamos voces para ciertos personajes, pero ahora hay muchas posibilidades. Lo otro es que la Sinfónica de Venezuela ya prácticamente no toca en la Ríos Reyna del Teresa Carreño, que es su sede, porque siempre está ocupada. Entonces han optado por tocar en el Teatro de Chacao. Si una orquesta merece reconocimiento, es esa, que es la primera.

—¿Cómo se ha sentido al frente de orquestas juveniles?
—¡Muy bien! Hace poco hice un concierto con la Simón Bolívar, la que dirige usualmente Gustavo Dudamel. Ellos tienen una energía impresionante y muchas ganas de tocar. Todas las orquestas del Sistema coinciden en esa actitud, en eso de sentarse al filo de la silla y no estar recostado. En las tradicionales, en Europa por ejemplo, muchas veces se toca correctamente, pero no hay feeling.

Academia, tradición y rock

El apoyo de Rugeles a los autores no se queda en palabras. Desde 1990, junto con su esposa, la compositora Diana Arismendi, ha realizado 17 ediciones del Festival Latinoamericano de Música, que ha sido una vitrina para nuevas piezas y un espacio de intercambio para los compositores del país con creadores que visitan Venezuela desde otras latitudes.

El sábado dirigió un concierto que fue en la misma línea. En la sala Simón Bolívar del Centro de Acción Social por la Música se interpretaron piezas que pertenecen a creadores como Inocente Carreño. El repertorio incluyó una del propio Rugeles y obras de Luis Ernesto Gómez y José Agustín Sánchez.

El domingo Rugeles dirigirá, en el Aula Magna de la UCV, la Sinfónica de Venezuela. Será un concierto de Ensamble Gurrufío y Brasilianos, el quinteto del mandolinista carioca Hamilton de Holanda. Luego participará en un homenaje a Pink Floyd y viajará a México. Al regreso conducirá el Ensamble Latinoamericano de Música Contemporánea Simón Bolívar.



Samuel Hurtado