• Caracas (Venezuela)

Escenas

Al instante

El musical en Venezuela: una década de riesgos y aciertos

EL violinista sobre el tejado, dirigida por Michel Hausmann, abonó el camino para a realización de musicales | foto: Raúl Romero

El género cobró fuerza en el país gracias a la apuesta de Palo de Agua por presentar obras como El violinista sobre el tejado y Jesucristo superestrella. Desde entonces, los nuevos rostros de la escena nacional no han parado de producir estos espectáculos

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La estampa de Broadway nunca había sido tan fuerte en Venezuela como hasta ahora.

Hace 10 años obras como El violinista sobre el tejado (2005) y Jesucristo superestrella (2007),  producidas por Palo de Agua, abonaron el camino para que hoy nuevos creadores intenten hacer del musical un género constante y con público en la escena nacional.

Si bien hace 40 años eran pocas las producciones en sala, entre ellas, Godspell (1972) de Levy Rossell, La jaula de las locas (1976) de Jorge Palacios y La historia de un caballo (1986) de Carlos Jiménez, fue en 2005 cuando los musicales empezaron a asomarse en las carteleras luego de que Michel Hausmann y Salomón Lerner emprendieran una ruta a contracorriente.

“Nosotros apostamos por ir versus una tendencia de poca inversión, pequeñas escenografías y dificultades políticas”, dice Hausmann, el director, al recordar el momento en el que la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho, subsidiada por el Estado, se negó a participar en El violinista sobre el tejado una semana antes del estreno por ser una obra judía. El presidente Hugo Chávez acababa de expulsar al embajador de Israel en Caracas, Shlomo Cohen, tras romper relaciones con su país.

A estas obras le siguieron Los productores (2008), La novicia rebelde (2012), Anita la huerfanita (2012), Chicago (2013), Godspell (2013), Despertar de primavera (2015) y Casi normal (2015).

“En aquel momento no pudimos continuar por problemas políticos y hoy en día las dificultades son económicas”, dice Hausmann desde Nueva York, donde reside desde hace más de 5 años y produce espectáculos. Afirma que en Venezuela los artistas buscan soluciones creativas para poder lograr los proyectos.

En palabras del director Luis Fernández (Chicago y Despertar de primavera) lo primero es torear la etapa de presupuestos, "que en Venezuela siempre está plagada de imprevistos”.

Los derechos de autor de obras como El violinista sobre el tejado o Chicago, estrenadas en el Aula Magna de la UCV y el Teatro Teresa Carreño, pueden llegar a costar 50.000 dólares. Entre las más económicas está Godspell, en 3.000 dólares, precio similar a otras obras de teatro no musicales. El monto varía de acuerdo con la capacidad de la sala donde se presentará, el precio promedio de la entrada y de lo famosa que sea la obra.

En total, toda la producción de un espectáculo puede llegar a costar entre 80.000 y 200.000 dólares. “Hay aportes de patrocinantes e intercambios que suelen reducir costos, pero como muchas cosas deben comprarse afuera, la producción se dolariza”, indica Fernández.

Además, por proponer “obras importadas”, a los productores se les niegan salas del Circuito de Teatro Nacional, como la Ríos Reyna del Teresa Carreño con aforo de 2.500 personas. Tampoco es una opción el Aula Magna de la UCV, con capacidad para 2.713 personas, porque aumentaría el pago por derechos. Ahora se ven en la sala de conciertos del Centro Cultural BOD o el Teatro de Chacao con 241 y 528 butacas, respectivamente.

Armando Álvarez, director de Godspell, asegura que aún los musicales son montajes esporádicos con un tiempo de exposición corto, pues las temporadas solo duran tres semanas. En muchos casos, este tiempo no alcanza para recuperar la inversión y deben abrir más funciones.

Pese a todo, los creadores coinciden en que en la última década los musicales han tenido mayor reconocimiento, algo que no se había visto en la escena nacional. Y el aplauso del público también empuja a los productores a asumir el riesgo: “El espectador acude cada vez con mayor curiosidad en busca de este género”, afirma Claudia Salazar, de Clas Producciones.

Casi normalestrenada en el Centro Cultural BOD, ha sido vista hasta el momento por 7.500 personas; La novicia rebelde, con funciones en el Teatro Teresa Carreño, por 16.000 y Jesucristo superestrella, presentada también en la Ríos Reyna, por 25.000. Aunque ninguna ha alcanzado los 198.000 espectadores que registró La jaula de las locas en el extinto Teatro Las Palmas y que mantuvo funciones continuas durante más de un año.

A pesar de que es un género incipiente en el país, el musical ha crecido gracias al apoyo de un consecuente público y a la gran necesidad de los artistas de pertenecer a la industria. Reflejo de esto son las más de 50 personas que buscan ingresar a la Escuela de Teatro Musical en Chacao, a la Compañía Lily Álvarez Sierra o la academia del Teatro de Petare de Palo de Agua.

“Los musicales son un pequeño monstruo que requiere de muchos detalles, pues confluyen en escena el trabajo de coreografía, dirección musical y artística entre otros departamentos”, asegura Salazar. Entre 40 y 200 personas integran las producciones cuya preparación suele tomarse de cuatro meses a año y medio, con un promedio de hasta 10 horas de ensayo al día.


Sello venezolano

Entre las marquesinas con nombres importados de Broadway o el West End han surgido espectáculos que, si bien no alcanzan el reconocimiento de los primeros, son acercamientos a un musical propiamente venezolano.

Tal es el caso de montajes como Orinoco (2012) de Venezuela Viva, basado en la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, Oto el Pirata (2013) de Image Producciones y ¡Vivo! (2015), producida por Carlos Rivas. Para niños pero de igual envergadura se han presentado El flautista de Hamelin (2014) de Huáscar Barradas, estrenada en el Centro Cultural BOD, y El mago de Oz (2013) de Skena, presentada en el Teatro Trasnocho. Ambas llegaron a 10.000 espectadores.

Salazar y Álvarez coinciden en que los creadores nacionales aún no comprenden la estructura de escribir un musical, en el que texto y música van de la mano. Las propuestas han priorizado la melodía o el baile.

“Lo narrativo no puede engullir lo musical o a la inversa; siempre corres el riesgo de que la obra se convierta en un discurrir de canciones sin argumento o que el texto torne lo musical en accesorio”, señala el escritor Eduardo Sánchez Rugeles, autor de ¡Vivo!, para quien el musical es un género exigente en el que hay que saber dinamizar la narrativa dentro del discurso.

En todo esto hay una verdad: ningún musical hecho en Venezuela ha tenido que utilizar equipo técnico o artístico importado. Fernández afirma con orgullo que el talento nacional supera muchas veces al de Broadway.

De estas apuestas se dieron a conocer actores como Nathalia Martínez y Johnny Sigal; y más recientemente Natalia Román, Alí Rondón y Taba Ramírez.

Marcel Rasquin, que debutó en el género como director de Casi normal, cuenta que la emoción viene con cada incorporación al proceso, tanto de personas como de elementos.

“El momento en el que empiezas a ensayar con la banda en vivo es increíble. Acercarse a lo narrativo desde la música y tener el privilegio de que todos los días se te ponga la piel de gallina es inigualable”.


CIFRA

3.000 dólares es el monto mínimo que se ha pagado por derechos de autor de un musical de Broadway. Los más costosos pueden llegar a 50.000 dólares


200 personas puede involucrar el montaje de un musical cuya preparación se toma hasta año y medio


“El espectador acude cada vez con mayor curiosidad en busca de musicales” Claudia Salazar Productora de Clas


“Acercarse a lo narrativo desde la música y tener el privilegio de que todos los días se te ponga la piel de gallina es inigualable” Marcel Rasquin Director


“Puedo asegurar que en Venezuela existe el talento capacitado para brillar en espectáculos tan exigentes. Incluso muchas veces supera al que se ve en Broadway o el West End” Luis Fernández Director

paymerich@el-nacional.com