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El misterio de las lagunas, alas de ángel en la cartelera

El violín, instrumento privilegiado en manos de niños y ancianos | Foto: Archivo

El violín, instrumento privilegiado en manos de niños y ancianos | Foto: Archivo

La película de Atahualpa Lichy se detiene en parajes a los que los libros sólo pueden llegar en “bibliomula”

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Debajo del lecho donde reposa su cuerpo envejecido pero vigoroso está dispuesta la cama para cuando sus funciones se apaguen. Una anciana planifica amorosamente su despedida. “Es bonito tener todo preparado”, se complace. Dentro de la cajita de madera, su urna (la llama cama, también, y es uno más entre los escuetos muebles), ha colocado todo lo necesario para el viaje: una almohada rellena con flores y ramitas, dos vestidos con sus respectivos fondos, una mortaja, escapularios y un rosario. Quiere estar completamente tapada cuando sus familiares y vecinos le recen, que nadie le fisgonee el rostro exangüe. “Ya me han visto mucho”, razona. Cuando El misterio de las lagunas la exhibe en los cines de la gran capital, sus deseos se han cumplido.

Es un milagro que el documental El misterio de las lagunas (fragmentos andinos) del director venezolano Atahualpa Lichy haya convivido durante más de cuatro semanas en la cartelera junto a filmes como la última parte de la saga Crepúsculo, la entrega número 23 del agente 007 o los estrenos navideños de animación digital que han requerido procesadores de 100 trillones de bytes de memoria. En Caracas, actualmente se proyecta en Cinex Centro Plaza.

En convivencia con algunas señalizaciones de modernidad (una gorra del equipo Barcelona, unos anteojos deportivos de sol de imitación, un parapente), la película de Lichy recoge tradiciones de pueblos merideños aislados por la orografía: la separación de los granos del dorado trigo con la ayuda de las pisadas de los caballos, las toneladas de pólvora y batallas de utilería que festejan a San Benito y dejan unos cuantos dedos ensangrentados a sus trabuqueros de rostros embetunados –“si tenemos fe en San Benito, nunca es peligroso”, asegura uno de ellos–, el melancólico caos musical de la Paradura del Niño. Siempre con el violín como instrumento privilegiado: en una de las estampas del filme, la hoja de un árbol del bosque húmedo andino es más grande que el torso de un anciano que arranca confesiones a las cuerdas. También aparecen iniciativas comunitarias como la “bibliomula”: el transporte de unos pocos libros, recibidos con fruición por niños que viven adonde sólo se puede llegar en lomos de animal.

Algunas de las tradiciones son herencias, pasadas por la criba del sincretismo, de las poblaciones que vivieron en aquellos desniveles antes de que llegaran los españoles: el respeto místico por las pequeñas lagunas de los páramos, a las que hay ofrecer el primer producto de cada cosecha (como el chimó, antes de ser estrenado en los dientes negros), y el culto por los cadáveres de niños a los que se les encajan alitas de ángeles. Hay caballeros de aspecto inmemorial que parecen sacados de las páginas de García Márquez, detenidos en el tiempo aunque vigorosos y tonificados por el aire y los caminos de piedras: uno de ellos, que aparenta a lo sumo 50 años de edad, confiesa tener 103 y lamenta, en voz casi ininteligible: “No tengo sueldo del Gobierno”. Lichy, experimentado documentalista y autor del largometraje de ficción amazónica Río negro (1990), recibió por el filme los premios al Mejor Guión en el Festival Internacional de San Juan (Argentina) y el Margot Benacerraf en la mención Documental del festival Elco Oriente 2012, entre otros. La fotografía es de Gerard Uzcátegui y José Manuel Romero y la música de Rafael Salazar, con voces como las de Iván Pérez Rossi, Francisco Pacheco y Cecilia Todd.