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“El marxismo no permite la rebelión y el artista es un rebelde”

Carlos Cruz Diez inauguró recientemente la Cromoestructura Kenex, en el edificio Kenex Plaza / CORTESÍA ARTICRUZ, PANAMÁ

Carlos Cruz Diez inauguró recientemente la Cromoestructura Kenex, en el edificio Kenex Plaza / CORTESÍA ARTICRUZ, PANAMÁ

A los 92 años de edad, Carlos Cruz-Diez quiere seguir trabajando en su discurso plástico. Dice que a Caracas la llenaría de alegría y a Venezuela, de esperanza

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“Ciudad de Panamá es como Maracaibo”, dice por teléfono Carlos Cruz-Diez entre risas. “Hace mucho calor, pero también mucho frío por la cantidad de aires acondicionados que hay en todos los lugares en los que entras”, se apresura en agregar. Por momentos baja el ritmo, pero nunca su entusiasmo ni su afecto.

Es justo en Panamá donde inauguró recientemente la Cromoestructura Kenex, en el edificio Kenex Plaza, obra en la que plasma su preocupación por integrar el arte y la arquitectura. O, más bien, el arte y la ciudad.

En ese sentido, a Caracas le regalaría alegría, pero no más arte. “Es una de las ciudades con más obras en el mundo. Están allí pero no se informa a la gente. Al caraqueño hay que hacerle tomar conciencia. Ahí está la Ciudad Universitaria, hay piezas de Alejandro Otero, de Jesús Soto y de otros artistas importantes”, señala.

A Venezuela la pintaría con los colores de la esperanza, aunque en los últimos años el país se ha teñido con los de su Cromointerferencia de color aditivo, el piso del aeropuerto de Maiquetía.

Sin proponérselo, en 1974 diseñó la pieza que se convirtió en el símbolo de la diáspora venezolana. Es un espacio para el tránsito que puede ser de ida, pero también de vuelta. 

“Yo jamás imaginé que una de mis obras iba a adquirir ese significado. Pero dentro de lo dramático que puede ser para un país la partida de sus habitantes, ese piso también puede ser el símbolo del retorno. Sin embargo, y a pesar de lo que ahora representa, es muy bonito que una obra de arte se convierta en símbolo de un país. Son muy pocos los casos, como el de El grito de Edvard Munch, que es un símbolo de Noruega. Para mí es conmovedor”, expresa.

Mientras tanto, no se atreve a opinar de la actualidad del país. “Tengo muchos años fuera de Venezuela. Desde fuera se ve extremadamente complejo”, se excusa. Asegura que no entiende lo que sucede. “Lo que señala la prensa, la gente, es terrible. La crisis es complicada. Marcos Pérez Jiménez y Carlos Andrés Pérez salieron del poder por una situación menos delicada de la que hay ahora. Pero hay quienes dicen que el modelo funciona. Entonces hay algo que yo no entiendo. Por menos de lo que se ve ahora llegaron al poder los adecos y los copeyanos luego de la dictadura”, afirma.

Sobre las instituciones. Carlos Cruz-Diez ve con buenos ojos la gestión del museo que lleva su nombre, que en 2016 cumple 18 años y en donde se inauguró en diciembre la muestra Atrapando el color, que incluye piezas –las Duchas cromáticas– cedidas por él en 2013. Asegura que la institución ha tenido una actividad positiva y que el equipo que allí trabaja tiene vocación, voluntad y entusiasmo.

Sin embargo, es consciente de otra realidad: importantes exponentes del arte contemporáneo se han quedado fuera de las colecciones de la Fundación Museos Nacionales porque su obra es crítica, contestataria.

“Lo que sucede es que el marxismo no permite la rebelión y el artista es rebelde en su lenguaje, en su discurso”, opina. Indica también que esta ideología es un mecanismo estático y que un artista no está dentro de los parámetros de ese pensamiento porque quiere cambiar todo.

“El arte comprometido políticamente limita la creación, las alternativas y hasta su concepto porque el arte es invención, es libertad, y no puede estar sometido a un discurso ni a una doctrina política”, añade.

Afirma que en el país se ha desarrollado una gran actividad cultural en los últimos años. “Es en los momentos de crisis cuando se desarrolla el arte. Eso es algo muy positivo. El arte es un refugio a los problemas cotidianos”.

A los 92 años de edad considera que le falta mucho por hacer. Quiere seguir trabajando en su discurso, en darle densidad a su lenguaje. Cree que ese debe ser siempre el objetivo de todos los artistas. También es consciente de que el arte y los creadores están cambiando.

“El artista, como lo conocemos, no será el mismo porque las posibilidades de soporte que se le han presentado para decir, para trabajar, son inmensas. Todo lo que vivimos supone un soporte maravilloso para la construcción de nuevos discursos plásticos. Hay creadores que han abierto un camino para otro tipo de arte y hay jóvenes que han dado respuesta novedosas a cuestiones plásticas”.

Aunque tiene una extensa y reconocida carrera, a Cruz-Diez le interesa más que lo recuerden solo como un ser humano. “Me gustaría permanecer en la memoria de la gente como un hombre emotivo, cariñoso, que trató de brindar alegría, información a los otros, desde el afecto y desde el color”.

Arte e integración

La preocupación de Carlos Cruz-Diez por llevar el arte a la gente ha marcado gran parte de su carrera. Ha intervenido importantes espacios como el edificio Covington & Burling, en Washington, y las caminerías del Marlins Park, en Miami.

“He buscado llevar mi obra a la calle para el disfrute masivo. El soporte calle es el más importante. Las ciudades se han vuelto inhumanas, agresivas en sus códigos. Esa ha sido mi insistencia desde hace décadas. Esto da alegría, optimismo, placer, asombro”. Recientemente, el artista inauguró el Faena House en Miami y el Kenex Plaza en Panamá.

Además, en Espace Expression en Miami, Cruz-Diez muestra su obra gráfica. “Es la base de mi investigación, que al principio era el color fuera del soporte, hacia el espacio. Y una de las posibilidades que me ha dado la gráfica es desarrollar ese concepto”.